<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-3973655090997291327</id><updated>2012-01-25T06:53:13.882-08:00</updated><category term='ANTOLOGÍA DE CUENTOS'/><category term='CONVOCATORIAS'/><category term='Juan Carlos Onetti'/><category term='HISTORIA DE LA MUJER DESPEDAZADA'/><category term='Bienvenido'/><category term='Bob'/><category term='DE LAS TRES MANZANAS Y DEL NEGRO RIHÁN'/><category term='Anton Chejov'/><category term='La muerte de un funcionario público'/><category term='Guy de Maupassant'/><category term='Las mil y una noches'/><category term='LA UNIVERSIDAD DE SAN BUENAVENTURA CALI'/><category term='Horas penosas'/><category term='Jan Potocki'/><category term='Franz Kafka'/><category term='Una mujer amaestrada'/><category term='La Universidad de Córdoba'/><category term='Edgar Allan Poe'/><category term='Lu Sin'/><category term='Juan José Arreola'/><category term='Thomas Mann'/><title type='text'>ANTOLOGÍA DE CUENTOS PARA EL TALLER</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>TALLER DE ESCRITURA CREATIVA PAGINAS DE AGUA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07758999953209390024</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='31' src='http://2.bp.blogspot.com/_QFJBCx5ImXA/SWznYtYNTAI/AAAAAAAAAQI/D66tS9GPwAg/S220/TALLERPAGINASDEAGUA.JPG'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>18</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3973655090997291327.post-8892235862445743377</id><published>2011-08-21T18:30:00.000-07:00</published><updated>2011-08-21T18:32:17.709-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La muerte de un funcionario público'/><title type='text'>La muerte de un funcionario público</title><content type='html'>Antón Pávlovich Chéjov&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El gallardo alguacil Iván Dmitrievitch Tcherviakof se hallaba en la segunda fila de butacas y veía a través de los gemelos Las Campanas de Corneville. Miraba y se sentía del todo feliz..., cuando, de repente... -en los cuentos ocurre muy a menudo el «de repente»; los autores tienen razón: la vida está llena de improvisos-, de repente su cara se contrajo, guiñó los ojos, su respiración se detuvo..., apartó los gemelos de los ojos, bajó la cabeza y... ¡pchi!, estornudó. Como usted sabe, todo esto no está vedado a nadie en ningún lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los aldeanos, los jefes de Policía y hasta los consejeros de Estado estornudan a veces. Todos estornudan..., a consecuencia de lo cual Tcherviakof no hubo de turbarse; secó su cara con el pañuelo y, como persona amable que es, miró en derredor suyo, para enterarse de si había molestado a alguien con su estornudo. Pero entonces no tuvo más remedio que turbarse. Vio que un viejecito, sentado en la primera fila, delante de él, se limpiaba cuidadosamente el cuello y la calva con su guante y murmuraba algo. En aquel viejecito, Tcherviakof reconoció al consejero del Estado Brischalof, que servía en el Ministerio de Comunicaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Le he salpicado probablemente -pensó Tcherviakof-; no es mi jefe; pero de todos modos resulta un fastidio...; hay que excusarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tcherviakof tosió, se echó hacia delante y cuchicheó en la oreja del consejero:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Dispénseme, excelencia, le he salpicado...; fue involuntariamente...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No es nada..., no es nada...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Por amor de Dios! Dispénseme. Es que yo...; yo no me lo esperaba...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Esté usted quieto. ¡Déjeme escuchar!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tcherviakof, avergonzado, sonrió ingenuamente y fijó sus miradas en la escena. Miraba; pero no sentía ya la misma felicidad: estaba molesto e intranquilo. En el entreacto se acercó a Brischalof, se paseó un ratito al lado suyo y, por fin, dominando su timidez, murmuró:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Excelencia, le he salpicado... Hágame el favor de perdonarme... Fue involuntariamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No siga usted! Lo he olvidado, y usted siempre vuelve a lo mismo -contestó su excelencia moviendo con impaciencia los hombros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Lo ha olvidado; mas en sus ojos se lee la molestia -pensó Tcherviakof mirando al general con desconfianza-; no quiere ni hablarme... Hay que explicarle que fue involuntariamente..., que es la ley de la Naturaleza; si no, pensará que lo hice a propósito, que escupí. ¡Si no lo piensa ahora, lo puede pensar algún día!..."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al volver a casa, Tcherviakof refirió a su mujer su descortesía. Mas le pareció que su esposa tomó el acontecimiento con demasiada ligereza; desde luego, ella se asustó; pero cuando supo que Brischalof no era su «jefe», se calmó y dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo mejor es que vayas a presentarle tus excusas; si no, puede pensar que no conoces el trato social.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Precisamente! Yo le pedí perdón; pero lo acogió de un modo tan extraño...; no dijo ni una palabra razonable...; es que, en realidad, no había ni tiempo para ello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente, Tcherviakof vistió su nuevo uniforme, se cortó el pelo y se fue a casa de Brischalof a disculparse de lo ocurrido. Entrando en la sala de espera, vio muchos solicitantes y al propio consejero que personalmente recibía las peticiones. Después de haber interrogado a varios de los visitantes, se acercó a Tcherviakof.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Usted recordará, excelencia, que ayer en el teatro de la Arcadia... -así empezó su relación el alguacil -yo estornudé y le salpiqué involuntariamente. Dispen...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Qué sandez!... ¡Esto es increíble!... ¿Qué desea usted?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y dicho esto, el consejero se volvió hacia la persona siguiente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"¡No quiere hablarme! -pensó Tcherviakof palideciendo-. Es señal de que está enfadado... Esto no puede quedar así...; tengo que explicarle..."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando el general acabó su recepción y pasó a su gabinete, Tcherviakof se adelantó otra vez y balbuceó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Excelencia! Me atrevo a molestarle otra vez; crea usted que me arrepiento infinito... No lo hice adrede; usted mismo lo comprenderá...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El consejero torció el gesto y con impaciencia añadió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Me parece que usted se burla de mí, señor mío!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y con estas palabras desapareció detrás de la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Burlarme yo? -pensó Tcherviakof, completamente aturdido-. ¿Dónde está la burla? ¡Con su consejero del Estado; no lo comprende aún! Si lo toma así, no pediré más excusas a este fanfarrón. ¡Que el demonio se lo lleve! Le escribiré una carta, pero yo mismo no iré más! ¡Le juro que no iré a su casa!"&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A tales reflexiones se entregaba tornando a su casa. Pero, a pesar de su decisión, no le escribió carta alguna al consejero. Por más que lo pensaba, no lograba redactarla a su satisfacción, y al otro día juzgó que tenía que ir personalmente de nuevo a darle explicaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ayer vine a molestarle a vuecencia -balbuceó mientras el consejero dirigía hacia él una mirada interrogativa-; ayer vine, no en son de burla, como lo quiso vuecencia suponer. Me excusé porque estornudando hube de salpicarle... No fue por burla, créame... Y, además, ¿qué derecho tengo yo a burlarme de vuecencia? Si nos vamos a burlar todos, los unos de los otros, no habrá ningún respeto a las personas de consideración... No habrá...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Fuera! ¡Vete ya! -gritó el consejero temblando de ira.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué significa eso? -murmuró Tcherviakof inmóvil de terror.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Fuera! ¡Te digo que te vayas! -repitió el consejero, pataleando de ira.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tcherviakof sintió como si en el vientre algo se le estremeciera. Sin ver ni entender, retrocedió hasta la puerta, salió a la calle y volvió lentamente a su casa... Entrando, pasó maquinalmente a su cuarto, se acostó en el sofá, sin quitarse el uniforme, y... murió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;FIN&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3973655090997291327-8892235862445743377?l=paginasdeaguachat.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/feeds/8892235862445743377/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3973655090997291327&amp;postID=8892235862445743377&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/8892235862445743377'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/8892235862445743377'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/2011/08/la-muerte-de-un-funcionario-publico.html' title='La muerte de un funcionario público'/><author><name>Adam</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14462677790020221648</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='25' src='http://3.bp.blogspot.com/-BTlxwlwgC00/TknH1-rofPI/AAAAAAAAADM/CmTu41JBaFE/s220/gough_poe.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3973655090997291327.post-5882879180567883214</id><published>2011-08-15T18:59:00.000-07:00</published><updated>2011-08-15T18:59:55.198-07:00</updated><title type='text'>CÓMO SE SALVÓ WANG-FÔ</title><content type='html'>&lt;span class="Apple-style-span" style="border-collapse: collapse; font-family: Arial; font-size: x-small;"&gt;De&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="border-collapse: collapse; font-family: Arial; font-size: x-small;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="border-collapse: collapse; font-family: Arial; font-size: x-small;"&gt;&lt;i&gt;Cuentos orientales&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Arial; font-size: x-small;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="border-collapse: collapse;"&gt;&lt;i&gt;&lt;br /&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;El anciano pintor Wang-Fô y su dis­cípulo Ling erraban por los caminos del reino de Han.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Avanzaban lentamente pues Wang-Fô se detenía durante la noche a contemplar los astros y durante el día a mirar las libélulas. No iban muy cargados, ya que Wang-Fô amaba la imagen de las cosas y no las cosas en sí mismas, y ningún objeto del mundo le parecía digno de ser adquirido a no ser pinceles, tarros de laca y rollos de seda o de papel de arroz. Eran pobres, pues Wang-Fô trocaba sus pinturas por una ración de mijo y despreciaba las monedas de plata. Su dis­cípulo Ling, doblándose bajo el peso de un saco lleno de bocetos, encorvaba respetuosa­mente la espalda, como si llevara encima la bóveda celeste, ya que aquel saco, a los ojos de Ling, estaba lleno de montañas cubiertas de nieve, de ríos en primavera y del rostro de la luna de verano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ling no había nacido para correr los caminos al lado de un anciano que se apo­deraba de la aurora y apresaba el crepúscu­lo. Su padre era cambista de oro; su madre era la hija única de un comerciante de jade, que le había legado sus bienes maldiciéndola por no ser un hijo. Ling había crecido en una casa donde la riqueza abolía las in­seguridades. Aquella existencia, cuidadosa­mente resguardada, lo había vuelto tímido: tenía miedo de los insectos, de la tormenta y del rostro de los muertos. Cuando cum­plió quince años, su padre le escogió una es­posa, y la eligió muy bella, pues la idea de la felicidad que proporcionaba a su hijo lo con­solaba de haber llegado a la edad en que la noche sólo sirve para dormir. La esposa de Ling era frágil como un junco, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las lágrimas. Después de la boda, los padres de Ling llevaron su discreción hasta el punto de morirse, y su hijo se quedó solo en su casa pintada de cinabrio, en compañía de su joven esposa, que sonreía sin cesar, y de un ciruelo que daba flores rosas cada primavera. Ling amó a aquella mujer de corazón límpido igual que se ama a un espejo que no se empaña nunca, o a un talismán que siempre nos pro­tege. Acudía a las casas de té para seguir la moda, y favorecía moderadamente a bailari­nas y acróbatas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una noche, en una taberna, tuvo por compañero de mesa a Wang-Fô. El anciano había bebido, para ponerse en un estado que le permitiera pintar con realismo a un borra­cho; su cabeza se inclinaba hacia un lado, como si se esforzara por medir la distancia que separaba su mano de la taza. El alcohol de arroz desataba la lengua de aquel arte­sano taciturno, y aquella noche, Wang habla­ba como si el silencio fuera una pared y las palabras unos colores destinados a embadur­narla. Gracias a él, Ling conoció la belleza que reflejaban las caras de los bebedores, difuminadas por el humo de las bebidas ca­lientes, el esplendor tostado de las carnes la­midas de una forma desigual por los lengüetazos del fuego, y el exquisito color de rosa de las manchas de vino esparcidas por el manteles como pétalos marchitos. Una ráfaga de viento abrió la ventana; el aguacero pe­netró en la habitación. Wang-Fô se agachó para que Ling admirase la lívida veta del rayo y Ling, maravillado, dejó de tener miedo a las tormentas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ling pagó la cuenta del viejo pintor; como Wang-Fô no tenía ni dinero ni mora­da, le ofreció humildemente un refugio. Hi­cieron juntos el camino; Ling llevaba un farol; su luz proyectaba en los charcos inesperados destellos. Aquella noche, Ling se enteró con sorpresa de que los muros de su casa no eran rojos, como él creía, sino que tenían el color de una naranja que se empieza a pudrir. En el patio, Wang-Fô advirtió la forma deli­cada de un arbusto, en el que nadie se había fijado hasta entonces, y lo comparó a una mujer joven que dejara secar sus cabellos. En el pasillo, siguió con arrobo el andar va­cilante de una hormiga a lo largo de las grietas de la pared, y el horror que Ling sen­tía por aquellos bichitos se desvaneció. Enton­ces, comprendiendo que Wang-Fô acababa de regalarle un alma y una percepción nuevas, Ling acostó respetuosamente al anciano en la habitación donde habían muerto sus padres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hacía años que Wang-Fô soñaba con hacer el retrato de una princesa de antaño tocando el laúd bajo un sauce. Ninguna mujer le parecía lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling podía serlo, pues­to que no era una mujer. Más tarde, Wang-Fô habló de pintar a un joven príncipe ten­sando el arco al pie de un alto cedro. Ningún joven de la época actual era lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling mandó posar a su mujer bajo el ciruelo del jardín. Después, Wang-Fô la pintó vestida de hada entre las nubes del poniente, y la joven lloró, pues aquello era un presagio de muerte. Des­de que Ling prefería los retratos que le hacía Wang-Fô a ella misma, su rostro se marchi­taba como la flor que lucha con el viento o con las lluvias de verano. Una mañana la en­contraron colgada de las ramas del ciruelo rosa: las puntas de la bufanda de seda que la estrangulaba flotaban al viento mezcladas con sus cabellos; parecía aún más esbelta que de costumbre, y tan pura como las beldades que cantan los poetas de tiempos pasados. Wang-Fô la pintó por última vez, pues le gustaba ese color verdoso que adquiere el rostro de los muertos. Su discípulo Ling desleía los colores y este trabajo exigía tanta aplicación que se olvidó de verter unas lágrimas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ling vendió sucesivamente sus escla­vos, sus jades y los peces de su estanque para proporcionar al maestro tarros de tinta púr­pura que venían de Occidente. Cuando la casa estuvo vacía, se marcharon y Ling cerró tras él la puerta de su pasado. Wang-Fô estaba cansado de una ciudad en donde ya las caras no podían enseñarle ningún secreto de belleza o de fealdad, y juntos ambos, maes­tro y discípulo, vagaron por los caminos del reino de Han.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su reputación los precedía por los pue­blos, en el umbral de los castillos fortifica­dos y bajo el pórtico de los templos donde se refugian los peregrinos inquietos al llegar el crepúsculo. Se decía que Wang-Fô tenía el poder de dar vida a sus pinturas gracias a un último toque de color que añadía a los ojos. Los granjeros acudían a suplicarle que les pintase un perro guardián, y los señores que­rían que les hiciera imágenes de soldados. Los sacerdotes honraban a Wang-Fô como a un sabio; el pueblo lo temía como a un brujo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Wang se alegraba de estas diferencias de opi­niones que le permitían estudiar a su alre­dedor las expresiones de gratitud, de miedo o de veneración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ling mendigaba la comida, velaba el sueño de su maestro y aprovechaba sus éxtasis para darle masaje en los pies. Al apuntar el día, mientras el anciano seguía durmiendo, salía en busca de paisajes tímidos, escondidos detrás de los bosquecillos de juncos. Por la noche, cuando el maestro, desanimado, tiraba sus pinceles al suelo, él los recogía. Cuando Wang-Fô estaba triste y hablaba de su avan­zada edad, Ling le mostraba sonriente el tronco sólido de un viejo roble; cuando Wang-Fô estaba alegre y soltaba sus chanzas, Ling fingía escucharlo humildemente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un día, al atardecer llegaron a los arrabales de la ciudad imperial, y Ling buscó para Wang-Fô un albergue donde pasar la noche. El anciano se envolvió en sus harapos y Ling se acostó junto a él para darle calor, pues la primavera acababa de llegar y el suelo de barro estaba helado aún. Al llegar el alba, unos pesados pasos resonaron por los pasi­llos de la posada; se oyeron los susurros amedrentados del posadero y unos gritos de mando proferidos en lengua bárbara. Ling se estremeció, recordando que el día anterior había robado un pastel de arroz para la comida del maestro. No puso en du­da que venían a arrestarlo y se preguntó quién ayudaría mañana a Wang-Fô a vadear el próximo río.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entraron los soldados provistos de fa­roles. La llama, que se filtraba a través del papel de colores, ponía luces rojas y azules en sus cascos de cuero. La cuerda de un arco vibraba en su hombro, y, de repente, los más feroces rugían sin razón alguna. Pusieron su pesada mano en la nuca de Wang-Fô, quien no pudo evitar fijarse en que sus mangas no hacían juego con el color de sus abrigos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ayudado por su discípulo, Wang-Fô siguió a los soldados, tropezando por unos caminos desiguales. Los transeúntes, agrupa­dos, se mofaban de aquellos dos criminales a quienes probablemente iban a decapitar. A todas las preguntas que hacía Wang, los soldados contestaban con una mueca salvaje. Sus manos atadas le dolían y Ling, desespe­rado, miraba a su maestro sonriendo, lo que era para él una manera más tierna de llorar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegaron a la puerta del palacio impe­rial, cuyos muros color violeta se erguían en pleno día como un trozo de crepúsculo. Los soldados obligaron a Wang-Fô a franquear innumerables salas cuadradas o circulares, cuya forma simbolizaba las estaciones, los puntos cardinales, lo masculino y lo femenino, la longevidad, las prerrogativas del poder. Las puertas giraban sobre sí mismas mientras emitían una nota de música, y su disposición era tal que podía recorrerse toda la gama al atravesar el palacio de Levante a Poniente. Todo se concertaba para dar idea de un poder y de una sutileza sobrehumanas y se percibía que las más ínfimas órdenes que allí se pro­nunciaban debían de ser definitivas y terribles, como la sabiduría de los antepasados. Final­mente, el aire se enrareció; el silencio se hizo tan profundo que ni un torturado se hubiera atrevido a gritar. Un eunuco levantó una cor­tina; los soldados temblaron como mujeres, y el grupito entró en la sala en donde se hallaba el Hijo del Cielo sentado en su trono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era una sala desprovista de paredes, sostenida por unas macizas columnas de piedra azul. Florecía un jardín al otro lado de los fustes de mármol y cada una de las flores que encerraban sus bosquecillos pertenecía a una exótica especie traída de allende los mares. Pero ninguna de ellas tenía perfume, por temor a que la meditación del Dragón Ce­leste se viera turbada por los buenos olores. Por respeto al silencio en que bañaban sus pensamientos, ningún pájaro había sido ad­mitido en el interior del recinto y hasta se había expulsado de allí a las abejas. Un alto muro separaba el jardín del resto del mundo, con el fin de que el viento, que pasa sobre los perros reventados y los cadáveres de los campos de batalla, no pudiera permitirse ni rozar siquiera la manga del Emperador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Maestro Celeste se hallaba sentado en un trono de jade y sus manos estaban arrugadas como las de un viejo, aunque ape­nas tuviera veinte años. Su traje era azul, para simular el invierno, y verde, para recordar la primavera. Su rostro era hermoso, pero im­pasible como un espejo colocado a demasiada altura y que no reflejara más que los astros y el implacable cielo. A su derecha tenía al Ministro de los Placeres Perfectos y a su iz­quierda al Consejero de los Tormentos Justos. Como sus cortesanos, alineados al pie de las columnas, aguzaban el oído para recoger la menor palabra que de sus labios se escapara, había adquirido la costumbre de hablar siempre en voz baja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Dragón Celeste —dijo Wang-Fô, prosternándose—, soy viejo, soy pobre y soy débil. Tú eres como el verano; yo soy como el invierno. Tú tienes Diez Mil Vidas; yo no ten­go más que una y pronto acabará. ¿Qué te he hecho yo? Han atado mis manos que jamás te hicieron daño alguno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y tú me preguntas qué es lo que me has hecho, viejo Wang-Fô? —dijo el Em­perador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su voz era tan melodiosa que daban ganas de llorar. Levantó su mano derecha, que los reflejos del suelo de jade transforma­ban en glauca como una planta submarina, y Wang-Fô, maravillado por aquellos dedos tan largos y delgados, trató de hallar en sus recuerdos si alguna vez había hecho del Em­perador o de sus ascendientes un retrato tan mediocre que mereciese la muerte. Mas era poco probable, pues Wang-Fô hasta aquel momento, apenas había pisado la corte de los Emperadores, prefiriendo siempre las chozas de los granjeros o, en las ciudades, los arra­bales de las cortesanas y las tabernas del mue­lle en las que disputan los estibadores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Me preguntas lo que me has hecho, viejo Wang-Fô? —prosiguió el Emperador, in­clinando su cuello delgado hacia el anciano que lo escuchaba—. Voy a decírtelo. Pero como el veneno ajeno no puede entrar en nosotros, sino por nuestras nueve aberturas, para poner­te en presencia de tus culpas deberé recorrer los pasillos de mi memoria y contarte toda mi vida. Mi padre había reunido una colec­ción de tus pinturas en la estancia más es­condida del palacio, pues sustentaba la opi­nión de que los personajes de los cuadros deben ser sustraídos a las miradas de los pro­fanos, en cuya presencia no pueden bajar los ojos. En aquellas salas me educaron a mí, viejo Wang-Fô, ya que habían dispuesto una gran soledad a mi alrededor para permitirme crecer. Con objeto de evitarle a mi candor las salpicaduras humanas, habían alejado de mí las agitadas olas de mis futuros súbditos, y a nadie se le permitía pasar ante mi puerta, por miedo a que la sombra de aquel hombre o mujer se extendiera hasta mí. Los pocos y viejos servidores que se me habían concedido se mostraban lo menos posible; las horas daban vueltas en círculo; los colores de tus cuadros se reavivaban con el alba y palidecían con el crepúsculo. Por las noches, yo los contempla­ba, cuando no podía dormir, y durante diez años consecutivos estuve mirándolos todas las noches. Durante el día, sentado en una al­fombra cuyo dibujo me sabía de memoria, reposando la palma de mis manos vacías en mis rodillas de amarilla seda, soñaba con los goces que me proporcionaría el porvenir. Me imaginaba al mundo con el país de Han en medio, semejante al llano monótono y hueco de la mano surcada por las líneas fa­tales de los Cinco Ríos. A su alrededor, el mar donde nacen los monstruos y, más lejos aún, las montañas que sostienen el cielo Y para ayudarme a imaginar todas esas cosas, yo me valía de tus pinturas. Me hiciste creer que el mar se parecía a la vasta capa de agua extendida en tus telas, tan azul que una pie­dra al caer no puede por menos de con­vertirse en zafiro; que las mujeres se abrían y se cerraban como las flores, semejantes a las criaturas que avanzan, empujadas por el viento, por los senderos de tus jardines, y que los jóvenes guerreros de delgada cintura que velan en las fortalezas de las fronteras eran como flechas que podían traspasarnos el corazón. A los dieciséis años, vi abrirse las puer­tas que me separaban del mundo: subí a la terraza del palacio para mirar las nubes, pero eran menos hermosas que las de tus crepúsculos. Pedí mi litera: sacudido por los caminos, cuyo barro y piedras yo no había previsto, recorrí las provincias del imperio sin hallar tus jardines llenos de mujeres parecidas a lu­ciérnagas, aquellas mujeres que tú pintabas y cuyo cuerpo es como un jardín. Los guijarros de las orillas me asquearon de los océanos; la sangre de los ajusticiados es menos roja que la granada que se ve en tus cuadros; los parásitos que hay en los pueblos me im­piden ver la belleza de los arrozales; la carne de las mujeres vivas me repugna tanto como la carne muerta que cuelga de los ganchos en las carnicerías, y la risa soez de mis solda­dos me da náuseas. Me has mentido, Wang-Fô, viejo impostor: el mundo no es más que un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato borradas sin cesar por nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más hermoso de los reinos y yo no soy el Emperador. El único imperio sobre el que vale la pena reinar es aquel donde tú penetras, viejo Wang-Fô, por el camino de las Mil Cur­vas y de los Diez Mil Colores. Sólo tú reinas en paz sobre unas montañas cubiertas por una nieve que no puede derretirse y sobre unos campos de narcisos que nunca se marchitan. Y por eso, Wang-Fô, he buscado el suplicio que iba a reservarte, a ti cuyos sortilegios han hecho que me asquee de cuanto poseo y me han hecho desear lo que jamás podré poseer. Y para encerrarte en el único calabozo de donde no vas a poder salir he decidido que te quemen los ojos, ya que tus ojos, Wang-Fô, son las dos puertas mágicas que abren tu reino. Y puesto que tus manos son los dos caminos, divididos en diez bifurcaciones, que te llevan al corazón de tu imperio he dispues­to que te corten las manos. ¿Me has entendido, viejo Wang-Fô?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al escuchar esta sentencia, el discípulo Ling se arrancó del cinturón un cuchillo mella­do y se precipitó sobre el Emperador. Dos guardias lo apresaron. El Hijo del Cielo sonrió y añadió con un suspiro:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Y te odio también, viejo Wang-Fô, porque has sabido hacerte amar. Matad a ese perro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ling dio un salto para evitar que su sangre manchase el traje de su maestro. Uno de los soldados levantó el sable, y la cabeza de Ling se desprendió de su nuca, semejante a una flor tronchada. Los servidores se lleva­ron los restos y Wang-Fô, desesperado, admiró la hermosa mancha escarlata que la sangre de su discípulo dejaba en el pavimento de piedra verde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Emperador hizo una seña y dos eunucos limpiaron los ojos de Wang-Fô.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Óyeme, viejo Wang-Fô —dijo el Emperador—, y seca tus lágrimas, pues no es el momento de llorar. Tus ojos deben per­manecer claros, con el fin de que la poca luz que aún les queda no se empañe con tu llanto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya que no deseo tu muerte sólo por rencor, ni sólo por crueldad quiero verte sufrir. Tengo otros proyectos, viejo Wang-Fô. Poseo, entre la colección de tus obras, una pintura admi­rable en donde se reflejan las montañas, el estuario de los ríos y el mar, infinitamente reducidos, es verdad, pero con una evidencia que sobrepasa a la de los objetos mismos, como las figuras que se miran a través de una esfera. Pero esta pintura se halla inacabada, Wang-Fô, y tu obra maestra, no es más que un esbozo. Probablemente, en el momento en que la estabas pintando, sentado en un valle solitario, te fijaste en un pájaro que pa­saba, o en un niño que perseguía al pájaro. Y el pico del pájaro o las mejillas del niño te hicieron olvidar los párpados azules de las olas. No has terminado las franjas del manto del mar, ni los cabellos de algas de las rocas. Wang-Fô, quiero que dediques las horas de luz que aún te quedan a terminar esta pin­tura, que encerrará de esta suerte los últimos secretos acumulados durante tu larga vida. No me cabe duda de que tus manos, tan pró­ximas a caer, temblarán sobre la seda y el in­finito penetrará en tu obra por esos cortes de la desgracia. Ni me cabe duda de que tus ojos, tan cerca de ser aniquilados, descubrirán unas relaciones al límite de los sentidos hu­manos. Tal es mi proyecto, viejo Wang-Fô, y puedo obligarte a realizarlo. Si te niegas, antes de cegarte quemaré todas tus obras y entonces serás como un padre cuyos hijos han sido todos asesinados y destruidas sus espe­ranzas de posteridad. Piensa más bien, si quieres, que esta última orden es una conse­cuencia de mi bondad, pues sé que la tela es la única amante a quien tú has acariciado. Y ofrecerte unos pinceles, unos colores y tinta para ocupar tus últimas horas es lo mismo que darle una ramera como limosna a un hom­bre que va a morir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A una seña del dedo meñique del Em­perador, dos eunucos trajeron respetuosamen­te la pintura inacabada donde Wang-Fô había trazado la imagen del cielo y del mar. Wang-Fô se secó las lágrimas y sonrió, pues aquel apunte le recordaba su juventud. Todo en él atestiguaba una frescura del alma a la que ya Wang-Fô no podía aspirar, pero le faltaba, no obstante, algo, pues en la época en que la había pintado Wang, todavía no había con­templado lo bastante las montañas, ni las rocas que bañan en el mar sus flancos des­nudos, ni tampoco se había empapado lo su­ficiente de la tristeza del crepúsculo. Wang-Fô eligió uno de los pinceles que le presentaba un esclavo y se puso a extender, sobre el mar inacabado, amplias pinceladas de azul. Un eunuco, en cuclillas a sus pies, desleía los colores; hacía esta tarea bastante mal, y más que nunca Wang-Fô echó de menos a su dis­cípulo Ling.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Wang empezó por teñir de rosa la punta del ala de una nube posada en una montaña. Luego añadió a la superficie del mar unas pequeñas arrugas que no hacían sino acentuar la impresión de su serenidad. El pavimento de jade se iba poniendo singu­larmente húmedo, pero Wang-Fô, absorto en su pintura, no advertía que estaba trabajando sentado en el agua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La frágil embarcación, agrandada por las pinceladas del pintor, ocupaba ahora todo el primer plano del rollo de seda. El ruido acompasado de los remos se elevó de repente en la distancia, rápido y ágil como un batir de alas. El ruido se fue acercando, llenó sua­vemente toda la sala y luego cesó; unas gotas temblaban, inmóviles, suspendidas de los remos del barquero. Hacía mucho tiempo que el hierro al rojo vivo destinado a quemar los ojos de Wang se había apagado en el bra­sero del verdugo. Con el agua hasta los hom­bros, los cortesanos, inmovilizados por la eti­queta, se alzaban sobre la punta de los pies. El agua llegó por fin a nivel del corazón im­perial. El silencio era tan profundo que hu­biera podido oírse caer las lágrimas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era Ling, en efecto. Llevaba puesto su traje viejo de diario, y su manga derecha aún llevaba la huella de un enganchón que no había tenido tiempo de coser aquella ma­ñana, antes de la llegada de los soldados. Pero lucía alrededor del cuello una extraña bufanda roja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Wang-Fô le dijo dulcemente, mientr­as continuaba pintando:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Te creía muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Estando vos vivo —dijo respetuosa­mente Ling—, ¿cómo podría yo morir?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ayudó al maestro a subir a la barca. El techo de jade se reflejaba en el agua, de suerte que Ling parecía navegar por el in­terior de una gruta. Las trenzas de los cor­tesanos sumergidos ondulaban en la superficie como serpientes, y la cabeza pálida del Em­perador flotaba como un loto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Mira, discípulo mío —dijo melancó­licamente Wang-Fô—. Esos desventurados van a perecer si no lo han hecho ya. Yo no sabía que había bastante agua en el mar para ahogar a un Emperador. ¿Qué podemos hacer?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No temas, Maestro— murmuró el discípulo. Pronto se hallarán a pie enjuto, y ni siquiera recordarán haberse mojado las mangas. Tan sólo el Empera­dor conservará en su corazón un poco de amargor marino. Estas gentes no están he­chas para perderse por el interior de una pintura. Y añadió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—La mar está tranquila y el viento es favorable. Los pájaros marinos están haciendo sus nidos. Partamos, Maestro, al país de más allá de las olas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Partamos —dijo el viejo pintor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Wang-Fô cogió el timón y Ling se in­clinó sobre los remos. La cadencia de los mis­mos llenó de nuevo toda la estancia, firme y regular como el latido de un corazón. El nivel del agua iba disminuyendo insensiblemente en torno a las grandes rocas verticales que volvían a ser columnas. Muy pronto, tan sólo unos cuantos charcos brillaron en las depresio­nes del pavimento de jade. Los trajes de los cortesanos estaban secos, pero el Emperador conservaba algunos copos de espuma en la orla de su manto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El rollo de seda pintado por Wang-Fô permanecía sobre una mesita baja. Una barca ocupaba todo el primer término. Se alejaba poco a poco dejando tras ella un del­gado surco que volvía a cerrarse sobre el mar inmóvil. Ya no se distinguía el rostro de los dos hombres sentados en la barca, pero aún podía verse la bufanda roja de Ling y la barba de Wang-Fô, que flotaba al viento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La pulsación de los remos fue debili­tándose y luego cesó, borrada por la distan­cia. El Emperador, inclinado hacia delante, con la mano a modo de visera delante de los ojos, contemplaba alejarse la barca de Wang-Fô, que ya no era más que una mancha im­perceptible en la palidez del crepúsculo. Un vaho de oro se elevó, desplegándose sobre el mar. Finalmente, la barca viró en derredor a una roca que cerraba la entrada a la alta mar; cayó sobre ella la sombra del acantilado; borrose el surco de la desierta superficie y el pintor Wang-Fô y su discípulo Ling desapare­cieron para siempre en aquel mar de jade azul que Wang-Fô acababa de inventar.&amp;nbsp;MARGUERITE YOURCENAR&lt;/div&gt;&lt;div&gt;tomado de:&amp;nbsp;&lt;a href="http://www.letropolis.com.ar/2007/08/yourcenar.wang.htm"&gt;http://www.letropolis.com.ar/2007/08/yourcenar.wang.htm&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3973655090997291327-5882879180567883214?l=paginasdeaguachat.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/feeds/5882879180567883214/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3973655090997291327&amp;postID=5882879180567883214&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/5882879180567883214'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/5882879180567883214'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/2011/08/como-se-salvo-wang-fo.html' title='CÓMO SE SALVÓ WANG-FÔ'/><author><name>Adam</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14462677790020221648</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='25' src='http://3.bp.blogspot.com/-BTlxwlwgC00/TknH1-rofPI/AAAAAAAAADM/CmTu41JBaFE/s220/gough_poe.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3973655090997291327.post-8608123224064859164</id><published>2011-04-10T17:56:00.000-07:00</published><updated>2011-04-10T17:57:23.481-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Juan José Arreola'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Una mujer amaestrada'/><title type='text'>Una mujer amaestrada</title><content type='html'>Juan José Arreola&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy me detuve a contemplar este curioso espectáculo: en una plaza de las afueras, un saltimbanqui polvoriento exhibía una mujer amaestrada. Aunque la función se daba a ras del suelo y en plena calle, el hombre concedía la mayor importancia al círculo de tiza previamente trazado, según él, con permiso de las autoridades. Una y otra vez hizo retroceder a los espectadores que rebasaban los límites de esa pista improvisada. La cadena que iba de su mano izquierda al cuello de la mujer, no pasaba de ser un símbolo, ya que el menor esfuerzo habría bastado para romperla. Mucho más impresionante resultaba el látigo de seda floja que el saltimbanqui sacudía por los aires, orgulloso, pero sin lograr un chasquido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un pequeño monstruo de edad indefinida completaba el elenco. Golpeando su tamboril daba fondo musical a los actos de la mujer, que se reducían a caminar en posición erecta, a salvar algunos obstáculos de papel y a resolver cuestiones de aritmética elemental. Cada vez que una moneda rodaba por el suelo, había un breve paréntesis teatral a cargo del público. «¡ Besos!», ordenaba el saltimbanqui. «No. A ése no. Al caballero que arrojó la moneda.» La mujer no acertaba, y una media docena de individuos se dejaba besar, con los pelos de punta, entre risas y aplausos. Un guardia se acercó diciendo que aquello estaba prohibido. El domador le tendió un papel mugriento con sellos oficiales, y el policía se fue malhumorado, encogiéndose de hombros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A decir verdad, las gracias de la mujer no eran cosa del otro mundo. Pero acusaban una paciencia infinita, francamente anormal, por parte del hombre. Y el público sabe agradecer siempre tales esfuerzos. Paga por ver una pulga vestida; y no tanto por la belleza del traje, sino por el trabajo que ha costado ponérselo. Yo mismo he quedado largo rato viendo con admiración a un inválido que hacía con los pies lo que muy pocos podrían hacer con las manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Guiado por un ciego impulso de solidaridad, desatendí a la mujer y puse toda mi atención en el hombre. No cabe duda de que el tipo sufría. Mientras más difíciles eran las suertes, más trabajo le costaba disimular y reír. Cada vez que ella cometía una torpeza, el hombre temblaba angustiado. Yo comprendí que la mujer no le era del todo indiferente, y que se había encariñado con ella, tal vez en los años de su tedioso aprendizaje. Entre ambos existía una relación, íntima y degradante, que iba más allá del domador y la fiera. Quien profundice en ella, llegará indudablemente a una conclusión obscena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El público, inocente por naturaleza, no se da cuenta de nada y pierde los pormenores que saltan a la vista del observador destacado. Admira al autor de un prodigio, pero no le importan sus dolores de cabeza ni los detalles monstruosos que puede haber en su vida privada. Se atiene simplemente a los resultados, y cuando se le da gusto, no escatima su aplauso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo único que yo puedo decir con certeza es que el saltimbanqui, a juzgar por sus reacciones, se sentía orgulloso y culpable. Evidentemente, nadie podría negarle el mérito de haber amaestrado a la mujer; pero nadie tampoco podría atenuar la idea de su propia vileza. (En este punto de mi meditación, la mujer daba vueltas de carnero en una angosta alfombra de terciopelo desvaído.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El guardián del orden público se acercó nuevamente a hostilizar al saltimbanqui. Según él, estábamos entorpeciendo la circulación, el ritmo casi, de la vida normal. «¿Una mujer amaestrada? Váyanse todos ustedes al circo.» El acusado respondió otra vez con argumentos de papel sucio, que el policía leyó de lejos con asco. (La mujer, entre tanto, recogía monedas en su gorra le lentejuelas. Algunos héroes se dejaban besar; otros se apartaban modestamente, entre dignos y avergonzados.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El representante de las autoridades se fue para siempre, mediante la suscripción popular de un soborno. El saltimbanqui, fingiendo la mayor felicidad, ordenó al enano del tamboril que tocara un ritmo tropical. La mujer, que estaba preparándose para un número matemático, sacudía como pandero el ábaco de colores. Empezó a bailar con descompuestos ademanes difícilmente procaces. Su director se sentía defraudado a más no poder, ya que en el fondo de su corazón cifraba todas sus esperanzas en la cárcel. Abatido y furioso, increpaba la lentitud de la bailarina con adjetivos sangrientos. El público empezó a contagiarse de su falso entusiasmo, y quien más, quien menos, todos batían palmas y meneaban el cuerpo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para completar el efecto, y queriendo sacar de la situación el mejor partido posible, el hombre se puso a golpear a la mujer con su látigo de mentiras. Entonces me di cuenta del error que yo estaba cometiendo. Puse mis ojos en ella, sencillamente, como todos los demás. Dejé de mirarlo a él, cualquiera que fuese su tragedia. (En ese momento, las lágrimas surcaban su rostro enharinado.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Resuelto a desmentir ante todos mis ideas de compasión y de crítica, buscando en vano con los ojos la venia del saltimbanqui, y antes de que otro arrepentido me tomara la delantera, salté por encima de la línea de tiza al círculo de contorsiones y cabriolas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Azuzado por su padre, el enano del tamboril dio rienda suelta a su instrumento, en un crescendo de percusiones increíbles. Alentada por tan espontánea compañía, la mujer se superó a sí misma y obtuvo un éxito estruendoso. Yo acompasé mi ritmo con el suyo y no perdí pie ni pisada de aquel improvisado movimiento perpetuo, hasta que el niño dejó de tocar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como actitud final, nada me pareció más adecuado que caer bruscamente de rodillas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;FIN&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3973655090997291327-8608123224064859164?l=paginasdeaguachat.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/feeds/8608123224064859164/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3973655090997291327&amp;postID=8608123224064859164&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/8608123224064859164'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/8608123224064859164'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/2011/04/una-mujer-amaestrada.html' title='Una mujer amaestrada'/><author><name>TALLER DE ESCRITURA CREATIVA PAGINAS DE AGUA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07758999953209390024</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='31' src='http://2.bp.blogspot.com/_QFJBCx5ImXA/SWznYtYNTAI/AAAAAAAAAQI/D66tS9GPwAg/S220/TALLERPAGINASDEAGUA.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3973655090997291327.post-8827332079653794049</id><published>2011-04-02T17:39:00.000-07:00</published><updated>2011-04-10T17:40:48.191-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Thomas Mann'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Horas penosas'/><title type='text'>Horas penosas</title><content type='html'>Thomas Mann&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se levantó del escritorio, un mueble pequeño y frágil; se levantó como un desesperado y se dirigió con la cabeza colgante al ángulo opuesto de la habitación, donde estaba la estufa, alta y alargada como una columna. Puso las manos en los azulejos, pero se habían enfriado casi del todo, pues era ya muy pasada la medianoche, por lo que se arrimó de espaldas a la estufa, buscando un bienestar que no encontró; recogió los faldones de su bata, de cuyas solapas sobresalía colgando una descolorida pechera de encaje, y resopló con todas sus fuerzas por la nariz, para proporcionarse un poco de aire, pues, como de costumbre, estaba acatarrado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era un catarro realmente singular y fatídico, que casi nunca lo abandonaba totalmente. Tenía los párpados inflamados y los bordes de las narices completamente escocidos, y en su cabeza y en todo su cuerpo este catarro le producía el efecto de una borrachera pesada y dolorosa. ¿O era que la culpa de toda esta laxitud y pesadez la tenía la enojosa permanencia en la habitación que el médico había vuelto a imponerle, hacía unas semanas? Sólo Dios sabe si hizo bien en mandárselo. El catarro crónico y los calambres de pecho y abdomen podían tal vez hacerlo necesario. Además, en Jena reinaba un tiempo muy malo desde hacía varias semanas -sí, esto era cierto-, un tiempo miserable y abominable, que atacaba los nervios, un tiempo cruel, caliginoso y frío; y el viento de diciembre bramaba por el tubo de la estufa resonando como un eco del desierto nocturno en la tormenta, extravío y aflicción desesperada del alma. Sí, todo esto era cierto. Pero no era bueno este angosto cautiverio; no era bueno para las ideas ni para el ritmo de la sangre, del que manaban las ideas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella habitación hexagonal, desnuda, sobria e incómoda, con su techo blanqueado, bajo el que flotaba el humo del tabaco, con sus paredes empapeladas de cuadriláteros en diagonal, de las que colgaban siluetas encuadradas en marcos ovalados, y sus cuatro o cinco muebles de patas delgadas, estaba iluminada por la luz de dos velas, que ardían en el escritorio, a la cabecera del manuscrito. Cortinas rojas colgaban por encima del bastidor superior de la ventana; no eran más que trapos, retazos de indiana aprovechados y combinados simétricamente; pero eran rojos, de un rojo cálido y sonoro, y a él le gustaban y quería conservarlas siempre, porque aportaban un poco de lujuria y voluptuosidad en medio de la pobreza y austeridad absurdas de su habitación... Estaba junto a la estufa y miraba, con un parpadeo acelerado y dolorosamente forzado, hacia el otro lado de la habitación, la obra de la que había huido: este peso, este agobio, este tormento de la conciencia, este mar que había que apurar, esta misión terrible, que era su orgullo y su miseria, su cielo y su condenación. Esta obra se arrastraba, se paraba, se atascaba... ¡una y otra vez! El tiempo tenía la culpa, y su catarro y su fatiga. ¿O quizás era la obra la culpable? ¿O acaso el trabajo en sí, era una concepción desgraciada y destinada a la desesperación?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se había levantado para poner un poco de distancia entre la obra y él, pues a menudo la lejanía física del manuscrito hacía que uno se formara una idea de conjunto, una nueva visión del asunto, y pudiera tomar nuevas providencias. Sí, había casos en que, si uno se apartaba del lugar de la lucha, el sentimiento de desahogo producía un efecto entusiasmador. Y era éste un entusiasmo más inocente que el que provocaba el licor o el café negro y cargado... La jícara estaba sobre la mesita. ¿Y si ella le ayudara a salvar este obstáculo? ¡No, no, nunca más! No era únicamente el médico; hubo otra persona, un hombre de prestigio, que le había disuadido también de la bebida por prudencia: era el otro, el de allí, de Weimar, al que él quería con una amistad nostálgica. Éste era sabio. Sabía vivir y crear; no se maltrataba a sí mismo; tenía mucha consideración con su propia persona...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la casa reinaba el silencio. Sólo se oía al viento roncar allá abajo, en las callejuelas de la ciudadela, y la lluvia al repicar en las ventanas, impulsada por el viento. Todos dormían: el hostelero y los suyos, Lotte y los niños. Sólo él velaba junto a la estufa fría, mirando con angustiosos parpadeos la obra en que su insaciabilidad enfermiza no le permitía creer... Su cuello blanco sobresalía larguirucho de la camisa, y por entre el faldón de su bata aparecían sus piernas, torcidas hacia dentro. Su pelo rojizo estaba peinado hacia atrás, dejando al descubierto una frente alta y delicada -formaba sobre las sienes dos entradas, cruzadas por venas incoloras- y cubría las orejas de delgados rizos. Junto al arranque de la nariz, gruesa y aguileña, que terminaba bruscamente en una punta blanquecina, se reunían unas cejas recias, más oscuras que el pelo de la cabeza, lo cual confería a la mirada de sus ojos hundidos e irritados una expresión trágica. Obligado a respirar por la boca, abría sus delgados labios, y sus mejillas, pecosas y descoloridas por el aire enrarecido, enflaquecían y se hundían...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡No, era un fracaso, y todo era inútil! ¡El ejército! ¡El ejército hubiera tenido que ser expuesto en su obra! ¡El ejército era la base de todo! Puesto que no podía tenerlo a la vista, ¿se podía concebir un arte tan fantástico que lo impusiera a la imaginación? Y el héroe no era héroe, ¡era innoble y frío! La inspiración era falsa, la lengua era falsa, y no era más que un curso de historia árido, sin entusiasmo, prolijo y sobrio y perdido para el teatro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bien, se acabó. Una derrota. Una empresa malograda. Bancarrota. Quería explicárselo a Korner, al bueno de Korner, que creía en él, que tenía una confianza casi infantil en su genio. Se mofaría, suplicaría, pondría el grito en el cielo... su amigo le recordaría al Don Carlos, que había surgido también de dudas, fatigas y transformaciones, y que, al fin, tras toda clase de tormentos, como algo insigne a partir de entonces, demostró ser una obra gloriosa. Pero aquello fue distinto. Entonces era todavía el hombre capaz de agarrar una cosa con mano venturosa y forjarse la victoria. ¿Escrúpulos o luchas? ¡Oh, sí! Y había estado enfermo, mucho más enfermo que ahora, hambriento, prófugo. Desmembrado del mundo, oprimido y pobrísimo en lo humano. ¡Pero joven todavía, muy joven! Cada vez que se hallaba desfallecido, su espíritu se había sentido impulsado ágilmente hacia lo alto, y tras las horas de pesadumbre habían venido las de la fe y el triunfo interior. Pero éstas ya no habían vuelto, apenas si habían aparecido una vez más. Una noche de espíritu inflamado, en que uno se sentía envuelto de repente en una luz y llegaba a ser genialmente apasionado; cualquiera que fuese la noche, en que a uno le era dado disfrutar siempre de tal merced, una sola de estas noches tenía que ser pagada con una semana de tinieblas y entumecimiento. Era un hombre fatigado; aún no tenía treinta y siete años y ya estaba acabado. Ya no tenía aquella fe en el futuro, que había sido su estrella en la miseria. Así era, ésta era la verdad desesperada: los años de estrechez y nulidad, que él había tenido por años de sufrimiento y prueba, en realidad habían sido ricos y fructuosos; y ahora que gozaba de un poco de felicidad, que había salido de la piratería del espíritu y entrado en una justa legalidad y en la sociedad civil (tenía un cargo y una reputación, mujer e hijos) ahora estaba exhausto y acabado. Fracaso y descorazonamiento: era todo lo que le quedaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gimió, apretó las manos ante los ojos y echó a andar por la habitación como un animal acosado. Lo que pensó en aquellos precisos instantes era tan terrible, que no pudo permanecer en el lugar donde le vino aquel pensamiento. Se sentó en una silla junto a la pared, dejó caer sus manos juntas entre las rodillas y miró tristemente los maderos del suelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La conciencia... ¡Qué gritos tan agudos profería su conciencia! Había faltado, había pecado contra sí mismo durante todos aquellos años, contra el delicado instrumento de su cuerpo. Los excesos de su ardor juvenil, las noches pasadas en vela, los días entre el aire viciado por el humo del tabaco, excesivamente preocupado del espíritu y despreocupado del cuerpo, las borracheras con las que se estimulaba para trabajar..., todo, todo esto tomaba ahora su desquite. Y puesto que todo se vengaba, quería él porfiar con los dioses, que inculpaban e infligían luego el castigo. Había vivido como había podido, no había tenido tiempo de ser juicioso, no había tenido tiempo de ser prudente. Aquí, en este lugar del pecho, cuando respiraba, tosía, bostezaba, este dolor siempre en el mismo punto, este pequeño aviso diabólico, punzante, perforador, que no enmudecía desde que, cinco años atrás, en Erfurt, cogió aquella fiebre catarral, aquella tuberculosis pulmonar abrasadora..., ¿qué quería decir? En realidad, sabía muy bien lo que significaba... indiferente a lo que el médico pudiese o quisiese decir. No había tenido tiempo para tratarse con prudencia y miramiento, para economizar moralidad e indulgencia. Lo que quería hacer, debía hacerlo inmediatamente, hoy mismo, con rapidez... ¿Moralidad? Pero, ¿cómo fue que precisamente el pecado, la entrega a lo nocivo y consuntivo le pareciera, en último término, más moral que cualquier sabiduría y fría continencia? ¡No, no era eso lo moral: el cultivo despreciable de la buena conciencia, sino la lucha y la necesidad, la pasión y el dolor!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dolor... ¡Cómo ensanchaba su pecho esta palabra! Se desperezó, cruzó los brazos, y su mirada, bajo las cejas rojizas, muy juntas una de la otra, se animó con una hermosa lamentación. No se era todavía desdichado, no se era totalmente desdichado en tanto existía la posibilidad de dar un nombre orgulloso y noble a su desdicha. Una cosa faltaba: ¡el valor necesario para dar a su vida un nombre grande y hermoso! ¡No reducir la aflicción a aire viciado y a estreñimiento! ¡Ser lo suficiente sano como para ser patético..., para poder sobreponerse a lo corporal y no sentirlo! ¡Ser ingenuo sólo en eso, y sabio en todo lo demás! Creer, poder creer en el dolor... Pero él creía realmente en el dolor, tan intensamente, tan entrañablemente, que nada de lo que sucedía entre dolores podía ser, a consecuencia de esta fe, ni inútil ni malo... Su mirada vaciló por encima del manuscrito, y sus brazos se estrecharon con más fuerza sobre el pecho... El talento mismo, ¿no era dolor? Y si el talento que estaba allí, aquella obra fatal, le hacía sufrir, ¿no era, pues, que estaba en regla?, ¿no era ya casi una buena señal? El talento nunca había brotado todavía a borbotones, y hasta que no lo hiciera, no surgiría realmente su recelo. Sólo brotaba en ignorantes y aficionados, en los contentadizos e indoctos, que no vivían bajo el apremio y la continencia del talento. Pues el talento, señoras y señores que se sientan allá abajo en las plateas, el talento no es una cosa fácil, juguetona, no es un poder sin más ni más. En sus raíces es necesidad, un conocimiento crítico del ideal, una insaciabilidad, que no se labra su poder y no se acrecienta sin pasar por el martirio. Y para los más grandes, para los más insaciables, el talento es la disciplina más rigurosa. ¡Nada de lamentaciones! ¡Nada de vanaglorias! ¡Pensar humildemente, pacientemente, en todo lo que hay que sufrir! Y si ni un solo día de la semana, ni una sola hora del día estaba libre de sufrimiento.... ¿qué había que hacer? Menospreciar, desdeñar los agobios y los trabajos, las exigencias, las molestias, las fatigas... ¡esto era lo que hacía grande!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se levantó, abrió la cajita y tomó rapé ávidamente; cruzó las manos a la espalda y se puso a andar por la habitación con unos pasos tan impetuosos, que las llamas de las velas oscilaron con la corriente de aire que levantó... ¡Grandeza! ¡Conquista secular e inmortalidad del nombre! ¡Qué vale toda la felicidad de lo eternamente desconocidos frente a este destino? ¡Ser conocido..., conocido y amado por todos los pueblos de la tierra! ¡Charlen de egoísmo, los que no saben de la dulzura de este sueño y de esta premura! Egoísta es todo lo extraordinario en tanto sufre. ¡Tal vez ustedes mismos lo ven, ustedes que no tienen ninguna misión, que les es tan fácil estar en el mundo! Y la ambición habla: ¿ha de existir en vano el sufrimiento? ¡Él debe hacerme grande...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las aletas de su nariz estaban distendidas, su mirada era amenazadora y vaga. Su diestra había caído violenta y pesadamente en el revés de la bata, mientras que la izquierda colgaba cerrada. En sus enjutas mejillas había aparecido un rubor pasajero, una llamarada, emergida de la brasa de su egoísmo de artista, de aquella pasión por su propio Yo, que ardía inextinguiblemente en las profundidades de su ser. Conocía bien la embriaguez secreta de esta pasión. A veces necesitaba sólo contemplar su mano para llenarse de una dulzura exaltada por su propia persona, a cuyo servicio resolviera poner todas las armas del talento y del arte que le habían sido dadas. Tenía derecho a ello, nada era innoble. Pues, más profundo que este egoísmo anidaba en la conciencia el saber que estaba consumiéndose e inmolándose enteramente, a pesar de todo, al servicio de algo sublime, sin beneficio, ¡qué duda cabe!, pero obligado por una necesidad. Y en esto radicaba su ansia de emulación: en que nadie llegara a ser más grande que él, en que nadie sufriera más intensamente que él por este ideal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Nadie...! Seguía de pie, con la mano sobre los ojos y el cuerpo vuelto un poco hacia un lado, evasivo, huidizo. Pero en su corazón sentía ya el aguijón de este pensamiento inevitable, de este pensamiento hacia el otro, el luminoso, el beatífico, el sensual, el divinamente inconsciente, aquel de Weimar, al que quería con una amistad nostálgica... Y ahora de nuevo, como siempre, en profundo desasosiego, con premura y porfía, sentía nacer en sí la labor que seguía a estos pensamientos: afirmar y delimitar el propio ser y el propio arte frente a los del otro... ¿Era, entonces, él el más grande? ¿En qué? ¿Por qué? ¿Habría un sangriento "a pesar de todo" si él vencía? ¿Sería incluso su rendición una tragedia? Un dios, tal vez lo era..., un héroe, no. ¡Pero era más fácil ser un dios que un héroe...! Más fácil... ¡Para el otro era más fácil! Separar con mano sabia y afortunada el conocer y el crear: esto quería hacerlo serenamente, sin congoja, de modo pletóricamente fructuoso. Pero, si el crear era de dioses, el conocer era de héroes, ¡y era ambas cosas, dios y héroe, aquel que creaba conociendo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La voluntad de lo difícil... ¿Podía tan sólo sospecharse cuánta continencia, cuánto vencimiento de sí mismo le costaba una sola frase, un simple pensamiento? Pues, en resumidas cuentas, era ignorante y poco ilustrado, un soñador abúlico y delirante. Era más difícil escribir una carta de Julio que componer la mejor de las escenas..., ¿y no era, también por esto, casi lo más sublime...? Desde el primer impulso rítmico de arte interior hacia sustancia, materia, posibilidad de efusión, hasta el pensamiento, la imagen, la palabra, la línea..., ¡qué lucha!, ¡qué calvario! Milagros de anhelo eran sus obras: anhelo de forma, figura, límite, corporeidad, anhelo de llegar más allá, al mundo diáfano del otro, que, directamente y con boca divina, llamaba por su nombre a las cosas, inundadas de sol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, y a despecho de aquél, ¿dónde había un artista, un poeta igual que él? ¿Quién creaba, como él, de la nada, de su propio seno? ¿O había nacido en su alma una poesía que era como música, como arquetipo puro del ser, mucho antes de que tomara prestados del mundo de las apariencias el parecido y el ropaje? Historia, filosofía, pasión: medios y pretextos -nada más que eso- para algo que poco tenía que ver con ellos, que tenía su patria en profundidades arcanas. Palabras, ideas: sólo eran teclas que su arte creaba para hacer vibrar una melodía secreta... ¿Se sabía esto? La gente buena lo aplaudía por la fuerza de expresión con que él pulsaba esta o aquella cuerda. Y su palabra predilecta, su énfasis postrero, la gran campana con la que llamaba al alma a las fiestas más sublimes, seducía a muchos de ellos... Libertad... Probablemente, él entendía por libertad ni más ni menos lo mismo que ellos, cuando ellos se alborozaban. Libertad... ¿Qué significaba? ¿No sería un poco de dignidad como ciudadanos ante los tronos de los príncipes? ¿Pueden imaginarse todo lo que un espíritu se expone a decir con esta palabra? ¿Libertad de qué? ¿Libertad de qué, en último término? Tal vez, incluso de la felicidad, de la felicidad humana, esta cadena de seda, esta carga suave y dulce...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Felicidad... Sus labios temblaban. Era como si su mirada se volviera hacia dentro; y su rostro se hundió lentamente en las manos... Estaba en el dormitorio. De la lámpara manaba una luz azulina, y la cortina floreada ocultaba la ventana con sus quietos pliegues. Estaba de pie junto a la cama, se inclinó sobre la dulce cabeza que se reclinaba en la almohada... Un rizo negro se ensortijó en la mejilla, que brillaba con la palidez de las perlas, y aquellos labios infantiles se abrieron en un sueño ligero... ¡Mi mujer! ¡Querida! ¿Seguiste mi deseo y viniste a mí para ser mi felicidad? Eres tú, ¡calla! ¡Y duerme! ¡No abras ahora estas pestañas dulces, de sombras alargadas, para contemplarme tan grande y oscuro cual fui otras veces, cuando preguntabas y me buscabas! ¡Dios mío, Dios mío, cuánto te amo! Sólo a veces no puedo hallar mis sentimientos, porque a menudo estoy muy fatigado por el sufrimiento y la lucha con la tarea que mi propio Yo me impone. Y no puedo ser demasiado tuyo, no puedo ser enteramente feliz en ti, a causa de mi misión...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La besó, se separó del calor agradable de su somnolencia, miró en torno a sí y se alejó. La campana le anunció cuán entrada era ya la noche, pero era como si, a la vez, anunciara benévolamente el fin de una hora penosa. Respiró, sus labios se cerraron con firmeza; echó a andar y empuñó la pluma... ¡Nada de cavilaciones! ¡Era demasiado profundo para tener que andar con cavilaciones! ¡No bajar al caos, o por lo menos no detenerse en él! Antes bien, sacar del caos, que es la plenitud, a la luz del día todo lo que está dispuesto y maduro para adquirir forma. No cavilar: ¡trabajar! Separar, suprimir, configurar, acabar...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y aquella obra de dolor se acabó. Tal vez no era buena, pero se acabó. Y cuando estuvo acabada, he aquí que entonces también fue buena. Y de su alma, cuajada de música y de idea, forcejearon por salir nuevas obras, creaciones sonoras y rutilantes cuya forma divina permitía vislumbrar la patria eterna, del mismo modo que en la concha marina silba el mar del que ha sido extraída.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;FIN&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3973655090997291327-8827332079653794049?l=paginasdeaguachat.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/feeds/8827332079653794049/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3973655090997291327&amp;postID=8827332079653794049&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/8827332079653794049'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/8827332079653794049'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/2011/04/horas-penosas.html' title='Horas penosas'/><author><name>TALLER DE ESCRITURA CREATIVA PAGINAS DE AGUA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07758999953209390024</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='31' src='http://2.bp.blogspot.com/_QFJBCx5ImXA/SWznYtYNTAI/AAAAAAAAAQI/D66tS9GPwAg/S220/TALLERPAGINASDEAGUA.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3973655090997291327.post-2314248797943329791</id><published>2011-03-14T17:38:00.001-07:00</published><updated>2011-04-10T17:39:44.657-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='DE LAS TRES MANZANAS Y DEL NEGRO RIHÁN'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='HISTORIA DE LA MUJER DESPEDAZADA'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Las mil y una noches'/><title type='text'>HISTORIA DE LA MUJER DESPEDAZADA, DE LAS TRES MANZANAS Y DEL NEGRO RIHÁN</title><content type='html'>Schahrazada dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Una noche entre las noches, el califa Harun Al-Rachid dijo a Giafar Al-Barmaki: "Quiero que recorramos la ciudad, para enterarnos de lo que hacen los gobernadores y walíes. Estay resuelto a destituir a aquellos de quienes me den quejas," Y Giafar respondió: "Escucho y obedezco."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y el califa, y Giafar, y Massrur el porta-alfanje salieron disfrazados por las calles de Bagdad; y he aquí que en una calleja vieron a un anciano decrépito que a la cabeza llevaba una canasta y una red de pescar, y en la mano un palo y andaba pausadamente, canturreando estas estrofas:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me dijeron: "¡por tu ciencia, ¡oh sabio! eres entre los humanos como la luna en la noche!"&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo les contesté: "¡Os ruego, que no habléis de ese modo! ¡No hay más ciencia que la del Destino!"&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Porque, yo, con toda mi ciencia, mis manuscritos, mis libros y mi tintero, no puedo desviar la fuerza del Destino ni un solo día! ¡Y los que apostasen por mí, perderían su apuesta!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Nada, en efecto, hay más desolador que el pobre, el estado del pobre y el pan y la vida del pobre!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡En verano, se te agotan las fuerzas! ¡En invierno, no dispone de abrigo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Si se para, le acosarán los perros para que se aleje! ¡Cuán mísero es! ¡Ved cómo para él son todas las ofensas y todas las burlas!. ¿Quién es más desdichado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y si no clama ante los hombres, si no a su miseria, ¿quién le compadecerá?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Oh! Si tal es la vida del pobre, ¿no ha de preferir la tumba?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al oír estos versos tan tristes, el califa dijo a Giafar: "Los versos y el aspecto de este pobre hombre indican una gran miseria." Después se aproximó al viejo, y le dijo: "¡Oh jeique! ¿cuál es tu oficio?" Y él respondió: "¡Oh señor mío! Soy pescador. ¡Y muy pobre! ¡Y con familia! Y desde el mediodía estoy fuera de casa trabajando, y ¡Alah no me concedió aún el pan que ha de alimentar a mis hijos! Estoy, pues, cansado de mi persona y de la vida, y no anhelo más que morir." Entonces el califa le dijo: "¿Quieres venir con nosotros hasta el río, y echar la red en mi nombre, para ver qué tal suerte tengo? Lo que saques del agua te lo compraré y te daré por ello cien dinares." Y el viejo se regocijó al oirle, y contestó; "¡Acepto cuanto acabas de ofrecerme y lo pongo sobre mi cabeza!"&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y el pescador volvió con ellos hacia el Tigris, y arrojando la red, quedó en acecho; después tiró de la cuerda de la red, y la red salió. Y el viejo pescador encontró en la red un cajón que estaba cerrado y que pesaba mucho. Intentó levantarlo el califa y lo encontró también muy pesado. Pero se apresuró a entregar los cien dinares al pescador, que se alejó muy contento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces Giafar y Massrur cargaron con el cajón y lo llevaron al palacio. Y el califa dispuso que se encendiesen las antorchas, y Giafar y Massrur se abalanzaron sobre el cajón y lo rompieron. Y dentro de él hallaron una enorme banasta de hojas de palmera cosidas con lana roja. Cortaron el cosido, y en la banasta había un tapiz; apartaron el tapiz y encontraron debajo un gran velo blanco de mujer; levantaron el velo y apareció, blanca como la plata virgen, una joven muerta y despedazada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ante aquel espectáculo, las lágrimas corrieron por las mejillas del califa, y después, muy enfurecido, encarándose con Giafar, exclamó: ¡Oh perro visir! ¡Ya ves cómo, durante mi reinado, se asesina a las gentes y se arroja a las víctimas al agua! ¡Y su sangre caerá sobre mí el día del juicio, y pesará eternamente en mi conciencia! Pero ¡por Alah! que he de usar de represalias con el asesino, y no descansaré hasta que lo mate. En cuanto a ti, ¡juro por la verdad de mi descendencia directa de los califas Bani-Abbas, que si no me presentas al matador de esta mujer, a la que quiero vengar mandaré que te crucifiquen a la puerta de mi palacio, en compañía de cuarenta de tus primos los Baramka!" Y el califa estaba lleno de cólera, y Giafar dijo: "Concédeme para ello no más que un plazo de tres días." Y el califa respondió: "Te lo otorgo."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces Giafar salió del palacio, muy afligido, y anduvo por la ciudad, pensando: "¿Cómo voy a saber quién. ha matado a esa joven, ni dónde he de buscarlo para presentárselo al califa? Si le llevase a otro para que pereciese en vez del asesino, esta mala acción pesaría sobre mi conciencia. Por lo tanto, no sé qué hacer." Y Giafar llegó a su casa, y allí estuvo desesperado los tres días del plazo. Y al cuarto día el califa le mandó llamar. Y cuando se presentó entre sus manos, el califa le dijo: "¿Dónde está el asesino de la joven?" Giafar respondió: "No poseo la ciencia de adivinar lo invisible y lo oculto, para que pueda conocer en medio de una gran ciudad al asesino." Entonces el califa se enfureció mucho, y ordenó que crucificasen a Giafar a la puerta de palacio, encargando a los pregoneros quedo anunciasen por la ciudad y sus alrededores de esta manera:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Quien desee asistir a la crucifixión de Giafar Al-Barmaki, visir del califato, y a la de cuarenta Baramka, parientes suyos, vengan a la puerta de palacio para presenciarlo."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y todos los habitantes de Bagdad afluían por las calles para presenciar la crucifixión de Giafar y sus primos, sin que nadie supiese la causa; y todo el mundo se condolía y se lamentaba de aquel castigo; pues el visir y los Baramka eran muy apreciados por su generosidad y sus buenas obras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando se hubo levantado el patíbulo, llevaron al pie de él a los sentenciados y se aguardó la venia del califa para la ejecución. De pronto, mientras lloraba la gente, un apuesto y bien portado joven hendió con rapidez la muchedumbre, y llegando entre las manos de Giafar, le dijo: "¡Que te liberten, oh dueño y señor de los señores más altos, asilo de los menesterosos! Yo fui quien asesinó a la.joven despedazada y la metí en la caja que pescasteis en el Tigris. ¡Mátame, pues, en cambio, y usa las represalias conmigo!»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando escuchó Giafar las palabras del joven, se alegró por sí propio, pero compadecióse del mancebo. Y hubo de pedirle explicaciones más detalladas; pero de súbito un anciano venerable separó a la gente, se acercó muy de prisa a Giafar y, al joven, les saludó; y les dijo: ¡Oh visir! no hagas caso de las palabras de este mozo, pues yo soy el único asesino de la joven, y en mí solo tienes que vengarla." Pero el joven repuso: "¡Oh visir! este viejo jeique no sabe lo que se dice. Te repito que, yo soy quien la mató, debiendo ser, por tanto, el único, a quien se castigue.". Entonces el jeique exclamó: "¡Oh hijo mío! todavía eres joven y debes vivir; pero yo, que soy viejo y, estoy cansado del mundo, te serviré de rescate a ti, al visir y a sus primos. Repito que el asesino soy yo, Y conmigo se debe usar de represalias."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces, Giafar, con el consentimiento del capitán de guardias, se llevó al joven y al anciano, y subió con ellos al aposento del califa. Y le dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! aquí tienes al asesino de la joven." Y el califa preguntó: "¿En dónde está?" Giafar dijo: "Este joven afirma que es el matador, pero este anciano lo desmiente y asegura que el asesino es él." Entonces el califa contempló al jeique y al mozo, y les dijo: "¿Cuál de vosotros. dos ha matado a la joven?'' Y el mancebo respondió: "¡Fui yo!" Y el jeique dijo: "¡No; fui yo solo!" El califa, sin preguntar más, dijo a Giafar entonces: "Llévate a los dos y crucifícalos," Pero Giafar hubo de replicarle: "Si sólo uno es el criminal, castigar al otro constituye una gran injusticia." Y entonces el joven exclamo: "¡Juro por Aquel que levantó los cielos hasta la altura que están y extendió la tierra en la profundidad que ocupa, que soy el único que asesino a la joven! Oid las pruebas." Y describió el hallazgo; conocido sólo por el califa, Giafar y. Massrur. Y con esto el califa se convenció de la culpabilidad del joven, y llegando al límite dei asombro, le dijo: "¿Y porqué has cometido esa muerte? ¿Por qué la confiesas antes de que te obliguen a hacerlo a palos? ¿Por qué pides de este modo el castigo?" Entonces dijo el mancebo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Sabe, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que esa joven era mi esposa, hija de este jeique, que es mi suegro. Me casé siendo ella todavía virgen, y Alah me ha concedido tres hijos varones. Y mi mujer me amó y me sirvió siempre, sin que tuviese yo que motejarla nada reprensible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace dos meses cayó gravemente enferma, y llamé en seguida a los médicos mas sabios, que no tardaron en curarla ¡con ayuda de Alah! Al cabo de un mes empezó a hallarse mejor y quiso ir al baño. Antes, de salir de casa, me dijo:. "Antes de entrar en el hammam, desearía satisfacer un antojo." Y le pregunté: "¿Qué antojo es ese?" Y me contestó: "Tengo ganas de una manzana para olerla y darle un bocado." Inmediatamente me fui a la calle a comprar la manzana, aunque me costara un dinar de oro. Y recorrí todas las fruterías, pero en ninguna había manzanas. Y regresé a casa muy triste, sin atreverme a ver a mí mujer, y pasé toda la noche pensando en la manera de lograr una manzana. Al amanecer salí de nuevo de mi casa y recorrí todos los huertos, uno por uno, y árbol por árbol, sin hallar nada. Y he aquí que en el camino me encontré con un jardinero, hombre de edad, al que le consulté sobre lo de las manzanas. Y me dijo: "¡Oh hijo mío! Es una cosa difícil de encontrar, porque ahora no las hay en ninguna parte cómo no sea en Bassra; en el huerto del Comendador de los Creyentes. Y aun allí no te será fácil conseguirlas; pues el jardinero las reserva cuidadosamente para uso del califa."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces volví junto a mi esposa, contándoselo todo; pero el amor que le profesaba me movió a preparar el viaje. Y salí, y empleé quince días completos, noche y día, para ir a Bassra, y regresar favorecido por la suerte, pues volví al lado de mi esposa con tres manzanas compradas al jardinero del huerto de Bassra por tres dinares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entré, pues, muy contento, y se las ofrecí a mi esposa, pero al verlas ni dio muestras de alegría ni las probó, dejándolas, indiferente, a un lado. Observé entonces que durante mi ausencia la calentura se había vuelto a cebar en mi mujer muy violentamente y seguía atormentándola; y estuvo enferma diez días más, durante los cuales no me separé de ella un momento. Pero gracias a Alah; recobró la salud, y entonces pude salir y marchar a mi tienda para comprar y vender.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero he aquí que una tarde estaba yo sentado a la vuerta de mi tienda, cuando pasó por allí un negro, que llevaba en la mano una manzana: Y le dije: "¡Eh, buen amigo! ¿de dónde has sacado esa manzana, para que yo pueda comprar otras iguales?" Y el negro se echó a reir, y me contestó: "Me la ha regalado mi amante. He ido a su casa, después de algún tiempo que no la había visto, y la he encontrado enferma, y tenía al lado tres manzanas, y al interrogarla, me ha dicho: "Figúrate, ¡oh querido mío! que el pobre cornudo de mi esposo ha ido a Bassra expresamente a comprármelas, y le han costado tres dinares de oro." Y en seguida me dio ésta que llevo en la mano."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al oir tales palabras del negro, ¡oh Príncipe de los Creyentes! mis ojos vieron que el mundo se obscurecía; cerré la tienda a toda prisa y entré en mi casa, después de haber perdido en el camino toda la razón, por la fuerza explosiva de mi furia. Dirigí una mirada al lecho, y efectivamente, la tercera manzana no estaba ya allí. Y pregunté a mi esposa: "¿En dónde está la otra manzana?" Y me contestó: "No sé que ha sido de ella." Esto era una comprobación de las palabras del negro. Entonces me abalancé sobre ella, cuchillo en mano, y apoyando en su vientre mis rodillas, la cosí a cuchilladas. Después le corté la cabeza y los miembros, lo metí todo apresuradamente en la banasta, cubriéndolo con el velo y el tapiz, y guardándolo en el cajón, que clavé yo mismo. Y cargué el cajón en mi mula, y en seguida lo arrojé en el Tigris con mis propias manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Por eso, ¡oh Emir de las Creyentes! te suplico que apresures mi muerte, en castigo a mi crimen, pues me aterra tener que dar cuenta de él el día de la Resurrección!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La arrojé al Tigris, como he dicho, y como nadie me vio, pude volver a casa. Y encontré a mi hijo mayor llorando, y aunque estaba seguro de que ignoraba la muerte de su madre, le pregunté: "¿Por qué lloras?" Y él me contestó: "Porque he cogido una de las manzanas que tenía mi madre, y al bajar a jugar con mis hermanos, en la calle, ha pasado un negro muy grande y me la quitó, diciendo: "¿De dónde has sacado esta manzana?" Y le contesté: "Es de mi padre, que se fue y se la trajo a mi madre con otras dos, compradas por tres dinares en Bassra. Porque mi madre está enferma." Y a pesar de ello, el negro no me la devolvió sino que me dio un golpe y se fue con ella. ¡Y ahora tengo miedo de que la madre me pegue por lo de la manzana!"&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al oir estas palabras del niño, comprendí que el negro había mentido respecto a la hija de mi tío, y por tanto, ¡que yo había matado a mi esposa injustamente!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces empecé a derramar abundantes lágrimas, y entró mi suegro, el venerable jeique que está aquí conmigo. Y le conté la triste historia. Entonces se sentó a mi lado, y se puso a llorar. Y no cesamos de llorar juntos hasta media noche. E hicimos que duraran cinco días las ceremonias fúnebres. Y aun hoy seguimos lamentando esa muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así, pues, te conjuro ¡oh Emir de los Creyentes! por la memoria sagrada de tus antepasados, a que apresures mi suplicio y vengues en mi persona aquella muerte."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces el califa, profundamente maravillado, exclamó: "¡Por Alah que no he de matar más que a ese negro pérfido!..."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PERO CUANDO LLEGÓ LA 19a. NOCHE&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el califa juró que no mataría mas que al negro, puesto que el joven tenía una disculpa. Después, volviéndose hacia Giafar, le dijo: "¡Trae a mi presencia al pérfido negro que ha sido la causa de esta muerte! Y si no puedes dar con él, perecerás en su lugar."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y Giafar salió llorando, y diciéndose: "dónde lo podré hallar para traerlo a su presencia? Si es extraordinario que no se rompa' un cántaro al caer, no lo ha sido menos el que yo haya podido escapar de la muerte. Pero ¿y ahora?... ¡Indudablemente, Él que me ha salvado la primera vez, me salvará, si quiere, la segunda! Así, pues, me encerraré en mi casa los tres días del plazo. Porque ¿para qué voy a emprender pesquisas inútiles? ¡Confío en la voluntad del Altísimo!"&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y en efecto, Giafar no se movió de su casa en los tres días del plazo. Y al cuarto día mandó llamar al kadí, e hizo testamento ante él, y se despidió de sus hijos llorando. Después llegó el enviado del califa, para decirle que el sultán seguía dispuesto a matarle si no parecía el negro. Y Giafar lloró más todavía, y sus hijos con él. Después quiso besar por última vez a la mas pequeña de sus hijas, que era la preferida entre todas, y la apretó contra su pecho, derramando, muchas lágrimas por tener que separarse de ella. Pero al estrecharla contra él, notó algo redondo en el bolsillo de la niña, y le preguntó: "¿Qué llevas ahí?" Y la niña contestó: "¡Oh padre! una manzana. Me la ha dado nuestro negro Rihán. Hace cuatro días que la tengo. Pero para que me la diese tuve que pagar a Rihán dos dinares."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al oir las palabras ; "negro" y "manzana", Giafar sintió un gran júbilo, y exclamó: "¡Oh Libertador!" Y en seguida mandó llamar al negro Rihán. Y Rihán llegó, y Giafar le dijo: "¿De dónde has sacado esta manzana'," Y contestó el negro: "¡Oh mi señor! hace cinco días que, andando por la ciudad, entré en una calleja, y vi jugar a unos niños, uno de los cuales tenía esa manzana en la mano. Se la quité y. le di un golpe, mientras el niño me decía llorando: "Es de mi madre, que está enferma. Se le antojó una manzana; y mi padre ha ido a buscarla a Basara, y esa y otras dos le han costado tres dinares de oro. Y yo he cogido esa para jugar." Y siguió llorando. Pero yo, sin hacer, caso de sus lágrimas, vine con la manzana a casa, y se la he dado por dos dinares a mi ama más pequeña."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y Giafar se asombró de este relato, viendo sobrevenir tantas peripecias y la muerte de una mujer por culpa de su negro Rihán. Por tanto, dispuso que lo encerrasen en seguida en un calabozo. Y después, muy contento por haberse librado de la muerte, recitó estas dos estrofas:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si tu esclavo tiene la culpa de tus desdichas, ¿por qué no piensas en deshacerte de él? .&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Ignoras que abundan los esclavos, y que sólo tienes un alma, sin que puedas sustituirla?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero luego pensó otra cosa, y cogió al negro, y lo llevó ante el califa, a quien contó la historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y el califa Harún Al-Rachid se maravilló tanto, que dispuso se escribiese tal historia en los anales para que sirviera de lección a los humanos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces Giafar le dijo: "No tienes para qué maravillarte tanto de esa historia, ¡oh Comendador de los Creyentes! pues no puede igualarse a la del visir Nureddín y su hermano Chamseddin."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y el califa exclamó: "¿Y qué historia es esa, más asombrosa que la que acabamos de oir?" Y Giafar dijo: "¡Oh Príncipe de los Creyentes! no te la contaré sino a cambio de que perdones su irreflexión a mi negro Rihán." Y el califa respondió: "¡Así sea! Te hago gracia de su sangre."&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3973655090997291327-2314248797943329791?l=paginasdeaguachat.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/feeds/2314248797943329791/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3973655090997291327&amp;postID=2314248797943329791&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/2314248797943329791'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/2314248797943329791'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/2011/03/historia-de-la-mujer-despedazada-de-las.html' title='HISTORIA DE LA MUJER DESPEDAZADA, DE LAS TRES MANZANAS Y DEL NEGRO RIHÁN'/><author><name>TALLER DE ESCRITURA CREATIVA PAGINAS DE AGUA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07758999953209390024</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='31' src='http://2.bp.blogspot.com/_QFJBCx5ImXA/SWznYtYNTAI/AAAAAAAAAQI/D66tS9GPwAg/S220/TALLERPAGINASDEAGUA.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3973655090997291327.post-346115327716780737</id><published>2011-03-14T17:38:00.000-07:00</published><updated>2011-04-10T17:38:54.881-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Juan Carlos Onetti'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Bienvenido'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Bob'/><title type='text'>Bienvenido, Bob</title><content type='html'>Juan Carlos Onetti&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es seguro que cada día estará más viejo, más lejos del tiempo en que se llamaba Bob, del pelo rubio colgando en la sien, la sonrisa y los lustrosos ojos de cuando entraba silenciosamente en la sala, murmurando un saludo o moviendo un poco la mano cerca de la oreja, e iba a sentarse bajo la lámpara, cerca del piano, con un libro o simplemente quieto y aparte, abstraído, mirándonos durante una hora sin un gesto en la cara, moviendo de vez en cuando los dedos para manejar el cigarrillo y limpiar de cenizas la solapa de sus trajes claros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Igualmente lejos -ahora que se llama Roberto y se emborracha con cualquier cosa, protegiéndose la boca con la mano sucia cuando toso- del Bob que tomaba cerveza, dos vasos solamente en la más larga de las noches, con una pila de monedas de diez sobre su mesa de la cantina del club, para gastar en la máquina de discos. Casi siempre solo, escuchando jazz, la cara soñolienta, dichosa y pálida, moviendo apenas la cabeza para saludarme cuando yo pasaba, siguiéndome con los ojos tanto tiempo como yo me quedara, tanto tiempo como me fuera posible soportar su mirada azul detenida incansablemente en mí, manteniendo sin esfuerzo el intenso desprecio y la burla más suave. También con algún otro muchacho, los sábados, alguno tan rabiosamente joven como él, con quien conversaba de solos, trompas y coros y de la infinita ciudad que Bob construiría sobre la costa cuando fuera arquitecto. Se interrumpía al verme pasar para hacerme el breve saludo y no sacar los ojos de mi cara, resbalando palabras apagadas y sonrisas por una punta de la boca hacia el compañero que terminaba siempre por mirarme y duplicar en silencio el silencio y la burla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces me sentía fuerte y trataba de mirarlo: apoyaba la cara en una mano y fumaba encima de mi copa mirándolo sin pestañear, sin apartar la atención de mi rostro que debía sostenerse frío, un poco melancólico. En aquel tiempo Bob era muy parecido a Inés; podía ver algo de ella en su cara a través del salón del club, y acaso alguna noche lo haya mirado como la miraba a ella. Pero casi siempre prefería olvidar los ojos de Bob y me sentaba de espaldas a él y miraba las bocas de los que hablaban en mi mesa, a veces callado y triste para que él supiera que había en mí algo más que aquello por lo que había juzgado, algo próximo a él; a veces me ayudaba con unas copas y pensaba "querido Bob, andá a contárselo a tu hermanita", mientas acariciaba las manos de las muchachas que estaban sentadas a mi mesa o estiraba una teoría sobre cualquier cosa, para que ellas rieran y Bob lo oyera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ni la actitud ni la mirada de Bob mostraban ninguna alteración en aquel tiempo, hiciera yo lo que hiciera. Sólo recuerdo esto como prueba de que él anotaba mis comedias en la cantina. Tenía un impermeable cerrado hasta el cuello, las manos en los bolsillos. Me saludó moviendo la cabeza, miró alrededor enseguida y avanzó en la habitación como si me hubiera suprimido con la rápida cabezada: lo vi moverse dando vueltas a la mesa, sobre la alfombra, andando sobre ella con sus amarillentos zapatos de goma. Tocó una flor con un dedo, se sentó en el borde de la mesa y se puso a fumar mirando el florero, el sereno perfil puesto hacia mí, un poco inclinado, flojo y pensativo. Imprudentemente -yo estaba de pie recostado contra el piano- empuje con mi mano izquierda una tecla grave y quedé ya obligado a repetir el sonido cada tres segundos, mirándolo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo no tenía por él más que odio y un vergonzante respeto, y seguí hundiendo la tecla, clavándola con una cobarde ferocidad en el silencio de la casa, hasta que repentinamente quedé situado afuera, observando la escena como si estuviera en lo alto de la escalera o en la puerta, viéndolo y sintiéndolo a él, Bob, silencioso y ausente junto al hilo de humo de su cigarrillo que subía temblando; sintiéndome a mí, alto y rígido, un poco patético, un poco ridículo en la penumbra, golpeando cada tres exactos segundos la tecla grave con mi índice. Pensé entonces que no estaba haciendo sonar el piano por una incomprensible bravata, sino que lo estaba llamando; que la profunda nota que tenazmente hacía renacer mi dedo en el borde de cada última vibración era, al fin encontrada, la única palabra pordiosera con que podía pedir tolerancia y comprensión a su juventud implacable. Él continuó inmóvil hasta que Inés golpeó la puerta del dormitorio antes de bajar a juntarse conmigo. Entonces Bob se enderezó y vino caminando con pereza hasta el otro extremo del piano, apoyó un codo, me miró un momento y después dijo con una hermosa sonrisa: "¿Esta noche es una noche de lecho o de whisky? ¿Ímpetu de salvación o salto en el vacío?".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No podía contestarle nada, no podía deshacerle la cara de un golpe; dejé de tocar y fui retirando lentamente la mano del piano. Inés estaba en la mitad de la escalera cundo él me dijo: "Bueno, puede ser que usted improvise".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El duelo duró tres o cuatro meses, y yo no podía dejar de ir por las noches al club -recuerdo, de paso, que había campeonato de tenis por aquel tiempo- porque cuando me estaba por algún tiempo sin aparecer por allí, Bob saludaba mi regreso aumentando el desdén y la ironía en sus ojos y se acomodaba en el asiento con una mueca feliz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegó el momento de que yo no pudiera desear otra solución que casarme con Inés cuanto antes, Bob y su táctica cambiaron. No sé cómo supo mi necesidad de casarme con su hermana y de cómo yo había abrazado esa necesidad con todas las fuerzas que me quedaban. Mi amor por aquella necesidad había suprimido el pasado y toda atadura con el presente. No reparaba entonces en Bob; pero poco tiempo después hube de recordar cómo había cambiado en aquella época y alguna vez quedé inmóvil, de pie en la esquina, insultándolo entre dientes, comprendiendo que entonces su cara había dejado de ser burlona y me enfrentaba con seriedad y un intenso cálculo, como se mira un peligro o una tarea compleja, como se trata de valorar el obstáculo y medirlo con las fuerzas de uno. Pero yo no le daba ya importancia y hasta llegué a pensar que en su cara inmóvil y fija estaba naciendo la comprensión por lo fundamental mío, por un viejo pasado de limpieza que la adorada necesidad de casarme con Inés extraía de debajo de los años y sucesos para acercarme a él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después vi que estaba esperando la noche; pero lo vi recién cuando aquella noche llegó Bob y vino a sentarse a la mesa donde yo estaba solo y despidió al mozo con una seña. Esperé un rato mirándolo, era tan parecido a ella cuando movía las cejas; y la punta de la nariz, como a Inés, se le aplastaba un poco cuando conversaba. "Usted no va a casarse con Inés", dijo después. Lo miré, sonreí, dejé de mirarlo. "No, no se va a casar con ella porque una cosa así se puede evitar si hay alguien de veras resuelto a que se haga". Volví a sonreírme. "Hace unos años -le dije- eso me hubiera dado muchas ganas de casarme con Inés. Ahora no agrega ni saca. Pero puedo oírlo, si quiere explicarme...". Enderezó la cabeza y continuó mirándome en silencio; acaso tuviera prontas las frases y esperaba a que yo completara la mía para decirlas. "Si quiere explicarme por qué no quiere que yo me case con ella", pregunté lentamente y me recosté en la pared. Vi enseguida que yo no había sospechado nunca cuánto y con cuanta resolución me odiaba; tenía la cara pálida, con una sonrisa sujeta y apretada con los labios y dientes. "Habría que dividirlo por capítulos -dijo-, no terminaría en la noche".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Pero se puede decir en dos o tres palabras. Usted no se va a casar con ella porque usted es viejo y ella es joven. No sé si usted tiene treinta o cuarenta años, no importa. Pero usted es un hombre hecho, es decir deshecho, como todos los hombres a su edad cuando no son extraordinarios". Chupó el cigarrillo apagado, miró hacia la calle y volvió a mirarme; mi cabeza estaba apoyada contra la pared y seguía esperando. "Claro que usted tiene motivos para creer en lo extraordinario suyo. Creer que ha salvado muchas cosas del naufragio. Pero no es cierto". Me puse a fumar de perfil a él; me molestaba, pero no le creía; me provocaba un tibio odio, pero yo estaba seguro de que nada me haría dudar de mí mismo después de haber conocido la necesidad de casarme con Inés. No; estábamos en la misma mesa y yo era tan limpio y tan joven como él. "Usted puede equivocarse -le dije-. Si usted quiere nombrar algo de lo que hay deshecho en mí...". "No, no -dijo rápidamente-, no soy tan niño. No entro en ese juego. Usted es egoísta; es sensual de una sucia manera. Está atado a cosas miserables y son las cosas las que lo arrastran. No va a ninguna parte, no lo desea realmente. Es eso, nada más; usted es viejo y ella es joven. Ni siquiera debo pensar en ella frente a usted. Y usted pretende...". Tampoco entonces podía yo romperle la cara, así que resolví prescindir de él, fui al aparato de música, marqué cualquier cosa y puse una moneda. Volví despacio al asiento y escuché. La música era poco fuerte; alguien cantaba dulcemente en el interior de grandes pausas. A mi lado Bob estaba diciendo que ni siquiera él, alguien como él, era digno de mirar a Inés a los ojos. Pobre chico, pensé con admiración. Estuvo diciendo que en aquello que él llama vejez, lo más repugnante, lo que determinaba la descomposición era pensar por conceptos, englobar a las mujeres en la palabra mujer, empujarlas sin cuidado para que pudieran amoldarse al concepto hecho por una pobre experiencia. Pero -decía también- tampoco la palabra experiencia era exacta. No había ya experiencias, nada más que costumbre y repeticiones, nombres marchitos para ir poniendo a las cosas y un poco crearlas. Más o menos eso estuvo diciendo. Y yo pensaba suavemente si él caería muerto o encontraría la manera de matarme, allí mismo y enseguida, si yo le contara las imágenes que removía en mí al decir que ni siquiera él merecía tocar a Inés con la punta de un dedo, el pobre chico, o besar el extremo de sus vestidos, la huella de sus pasos o cosas así. Después de una pausa -la música había terminado y el aparato apagó las luces aumentando el silencio-, Bob dijo "nada más", y se fue con el andar de siempre, seguro, ni rápido ni lento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si aquella noche el rostro de Inés se me mostró en las facciones de Bob, si en algún momento el fraternal parecido pudo aprovechar la trampa de un gesto para darme a Inés por Bob, fue aquella, entonces, la última vez que vi a la muchacha. Es cierto que volví a estar con ella dos noches después en la entrevista habitual, y un mediodía en un encuentro impuesto por mi desesperación, inútil, sabiendo de antemano que todo recurso de palabra y presencia sería inútil, que todos mis machacantes ruegos morirían de manera asombrosa, como si no hubieran sido nunca, disueltos en el enorme aire azul de la plaza, bajo el follaje de verde apacible en mitad de la buena estación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las pequeñas y rápidas partes del rostro de Inés que me había mostrado aquella noche Bob, aunque dirigidas contra mí, unidas a la agresión, participaban del entusiasmo y el candor de la muchacha. Pero cómo hablar a Inés, cómo tocarla, convencerla a través de la repentina mujer apática de las dos últimas entrevistas. Cómo reconocerla o siquiera evocarla mirando a la mujer de largo cuerpo rígido en el sillón de su casa y en el banco de la plaza, de una igual rigidez resuelta y mantenida en las dos distintas horas y los dos parajes; la mujer de cuello tenso, los ojos hacia delante, la boca muerta, las manos plantadas en el regazo. Yo la miraba y era "no", sabía que era "no" todo el aire que la estaba rodeando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca supe cuál fue la anécdota elegida por Bob para aquello; en todo caso, estoy seguro de que no mintió, de que entonces nada -ni Inés- podía hacerlo mentir. No vi más a Inés ni tampoco a su forma vacía y endurecida; supe que se casó y que no vive ya en Buenos Aires. Por entonces, en medio del odio y del sufrimiento me gustaba imaginar a Bob imaginando mis hechos y eligiendo la cosa justa o el conjunto de cosas que fue capaz de matarme en Inés y matarla a ella para mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora hace cerca de un año que veo a Bob casi diariamente, en el mismo café, rodeado de la misma gente. Cuando nos presentaron -hoy se llama Roberto- comprendí que el pasado no tiene tiempo y el ayer se junta allí con la fecha de diez años atrás. Algún gastado rastro de Inés había aún en su cara, y un movimiento de la boca de Bob alcanzó para que yo volviera a ver el alargado cuerpo de la muchacha, sus calmosos y desenvueltos pasos, y para que los mismos inalterados ojos azules volvieran a mirarme bajo un flojo peinado que cruzaba y sujetaba una cinta roja. Ausente y perdida para siempre, podía conservarse viviente e intacta, definitivamente inconfundible, idéntica a lo esencial suyo. Pero era trabajoso escarbar en la cara, las palabras y los gestos de Roberto para encontrar a Bob y poder odiarlo. La tarde del primer encuentro esperé durante horas a que se quedara solo o saliera para hablarle y golpearlo. Quieto y silencioso, espiando a veces su cara o evocando a Inés en las ventanas brillantes del café, compuse mañosamente las frases del insulto y encontré el paciente tono con que iba a decírselas, elegí el sitio de su cuerpo donde dar el primer golpe. Pero se fue al anochecer acompañado por tres amigos, y resolví esperar, como había esperado él años atrás, la noche propicia en que estuviera solo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando volví a verlo, cuando iniciamos esta segunda amistad que espero no terminará ya nunca, dejé de pensar en toda forma de ataque. Quedó resuelto que no le hablaría jamás de Inés ni del pasado y que, en silencio, yo mantendría todo aquello viviente dentro de mí. Nada más que esto hago, casi todas las tardes, frente a Roberto y las caras familiares del café. Mi odio se conservará cálido y nuevo mientras pueda seguir viviendo y escuchando a Roberto; nadie sabe de mi venganza, pero la vivo, gozosa y enfurecida, un día y otro. Hablo con él, sonrío, fumo, tomo café. Todo el tiempo pensando en Bob, en su pureza, su fe, en la audacia de sus pasados sueños. Pensando en el Bob que amaba la música, en el Bob que planeaba ennoblecer la vida de los hombres construyendo una ciudad de enceguecedora belleza para cinco millones de habitantes, a lo largo de la costa del río; el Bob que no podía mentir nunca; el Bob que proclamaba la lucha de los jóvenes contra los viejos, el Bob dueño del futuro y del mundo. Pensando minucioso y plácido en todo eso frente al hombre de dedos sucios de tabaco llamado Roberto, que lleva una vida grotesca, trabajando en cualquier hedionda oficina, casado con una mujer a quien nombra "mi señora"; el hombre que se pasa estos largos domingos hundido en el asiento del café, examinando diarios y jugando a las carreras por teléfono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie amó a mujer alguna con la fuerza con que yo amo su ruindad, su definitiva manera de estar hundido en la sucia vida de los hombres. Nadie se arrobó de amor como yo lo hago ante sus fugaces sobresaltos, los proyectos sin convicción que un destruido y lejano Bob le dicta algunas veces y que sólo sirven para que mida con exactitud hasta donde está emporcado para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé si nunca en el pasado he dado la bienvenida a Inés con tanta alegría y amor como diariamente le doy la bienvenida a Bob al tenebroso y maloliente mundo de los adultos. Es todavía un recién llegado y de vez en cuando sufre sus crisis de nostalgia. Lo he visto lloroso y borracho, insultándose y jurando el inminente regreso a los días de Bob. Puedo asegurar que entonces mi corazón desborda de amor y se hace sensible y cariñoso como el de una madre. En el fondo sé que no se irá nunca porque no tiene sitio donde ir; pero me hago delicado y paciente y trato de conformarlo. Como ese puñado de tierra natal, o esas fotografías de calles y monumentos, o las canciones que gustan traer consigo los inmigrantes, voy construyendo para él planes, creencias y mañanas distintos que tienen luz y el sabor del país de juventud de donde él llegó hace un tiempo. Y él acepta; protesta siempre para que yo redoble mis promesas, pero termina por decir que sí, acaba por muequear una sonrisa creyendo que algún día habrá de regresar al mundo de las horas de Bob y queda en paz en medio de sus treinta años, moviéndose sin disgusto ni tropiezo entre los cadáveres pavorosos de las antiguas ambiciones, las formas repulsivas de los sueños que se fueron gastando bajo la presión distraída y constante de tantos miles de pies inevitables.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3973655090997291327-346115327716780737?l=paginasdeaguachat.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/feeds/346115327716780737/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3973655090997291327&amp;postID=346115327716780737&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/346115327716780737'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/346115327716780737'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/2011/04/bienvenido-bob.html' title='Bienvenido, Bob'/><author><name>TALLER DE ESCRITURA CREATIVA PAGINAS DE AGUA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07758999953209390024</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='31' src='http://2.bp.blogspot.com/_QFJBCx5ImXA/SWznYtYNTAI/AAAAAAAAAQI/D66tS9GPwAg/S220/TALLERPAGINASDEAGUA.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3973655090997291327.post-8779488386883088285</id><published>2010-03-01T10:29:00.000-08:00</published><updated>2010-03-01T10:33:30.363-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Guy de Maupassant'/><title type='text'>Guy de Maupassant</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;El miedo&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;Guy de Maupassant&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                             A J.K. Huysmans&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Volvimos a subir a cubierta después de la cena. Ante nosotros, el Mediterráneo no tenía el más mínimo temblor sobre toda su superficie, a la que una gran luna tranquila daba reflejos. El ancho barco se deslizaba, echando al cielo, que parecía estar sembrado de estrellas, una gran serpiente de humo negro; detrás de nosotros, el agua blanquísima, agitada por el paso rápido del pesado buque, golpeada por la hélice, espumaba, removía tantas claridades que parecía luz de luna burbujeando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahí estábamos, unos seis u ocho, silenciosos, llenos de admiración, la vista vuelta hacia la lejana África, a donde nos dirigíamos. De pronto el comandante, que fumaba un puro en medio de nosotros, retomó la conversación de la cena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, aquel día tuve miedo. Mi navío se quedó seis horas con esa roca en el vientre, golpeado por el mar. Afortunadamente, por la tarde nos recogió un barco carbonero inglés que nos había visto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces un hombre alto con el rostro quemado, de aspecto serio, uno de esos hombres que uno imagina que han cruzado largos países desconocidos, en medio de peligros incesantes, y cuyos ojos tranquilos parecen conservar, en su profundidad, algo de los países extraños que han visto; uno de esos hombres que uno adivina empapado en el valor, habló por primera vez:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Usted dice, comandante, que tuvo miedo; no le creo en absoluto. Usted se equivoca en la palabra y en la sensación que experimentó. Un hombre enérgico nunca tiene miedo ante un peligro apremiante. Está emocionado, agitado, ansioso; pero el miedo es otra cosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El comandante prosiguió, riéndose:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Caray! Le vuelvo a decir que yo tuve miedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces el hombre de tez morena dijo con una voz lenta:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Permítame explicarme! El miedo (y hasta los hombres más intrépidos pueden tener miedo) es algo espantoso, una sensación atroz, como una descomposición del alma, un espasmo horroroso del pensamiento y del corazón, cuyo mero recuerdo provoca estremecimientos de angustia. Pero cuando se es valiente, esto no ocurre ni ante un ataque, ni ante la muerte inevitable, ni ante todas las formas conocidas de peligro: ocurre en ciertas circunstancias anormales, bajo ciertas influencias misteriosas frente a riesgos vagos. El verdadero miedo es como una reminiscencia de los terrores fantásticos de antaño. Un hombre que cree en los fantasmas y se imagina ver un espectro en la noche debe de experimentar el miedo en todo su espantoso horror.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Yo adiviné lo que es el miedo en pleno día, hace unos diez años. Lo experimenté, el pasado invierno, una noche de diciembre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Y, sin embargo, he pasado por muchas vicisitudes, muchas aventuras que parecían mortales. He luchado a menudo. Unos ladrones me dieron por muerto. Fui condenado, como sublevado, a la horca en América, y arrojado al mar desde la cubierta de un buque frente a la costa de China. Todas las veces creí estar perdido e inmediatamente me resignaba, sin enternecimiento e incluso sin arrepentimientos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Pero el miedo no es eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Lo presentí en África. Y, sin embargo, es hijo del Norte; el sol lo disipa como una niebla. Fíjense en esto, señores. Entre los orientales, la vida no vale nada; se resignan en seguida; las noches están claras y vacías de las sombrías preocupaciones que atormentan los cerebros en los países fríos. En Oriente, donde se puede conocer el pánico, se ignora el miedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Pues bien, esto es lo que me ocurrió en esa tierra de África:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Atravesaba las grandes dunas al sur de Uargla. Es éste uno de los países más extraños del mundo. Conocerán la arena unida, la arena recta de las interminables playas del Océano. ¡Pues bien! Figúrense al mismísimo Océano convertido en arena en medio de un huracán; imaginen una silenciosa tormenta de inmóviles olas de polvo amarillo. Olas altas como montañas, olas desiguales, diferentes, totalmente levantadas como aluviones desenfrenados, pero más grandes aún, y estriadas como el moaré. Sobre ese mar furioso, mudo y sin movimiento, el sol devorador del sur derrama su llama implacable y directa. Hay que escalar aquellas láminas de ceniza de oro, volver a bajar, escalar de nuevo, escalar sin cesar, sin descanso y sin sombra. Los caballos jadean, se hunden hasta las rodillas y resbalan al bajar la otra vertiente de las sorprendentes colinas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Íbamos dos amigos seguidos por ocho espahíes y cuatro camellos con sus camelleros. Ya no hablábamos, rendidos por el calor, el cansancio, y resecos de sed como aquel desierto ardiente. De pronto uno de aquellos hombres dio como un grito; todos se detuvieron; permanecimos inmóviles, sorprendidos por un inexplicable fenómeno conocido por los viajeros en aquellas regiones perdidas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«En algún lugar, cerca de nosotros, en una dirección indeterminada, redoblaba un tambor, el misterioso tambor de las dunas; sonaba con claridad, unas veces más vibrante, otras debilitado, deteniéndose, e iniciando de nuevo su redoble fantástico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Los árabes, espantados, se miraban; uno dijo, en su idioma: "La muerte está sobre nosotros." Y entonces, de pronto, mi compañero, mi amigo, casi mi hermano, se cayó de cabeza del caballo, fulminado por una insolación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Y durante dos horas, mientras intentaba en vano salvarle, aquel tambor inalcanzable me llenaba el oído con su ruido monótono, intermitente e incomprensible; y sentía deslizarse por mis huesos el miedo, el verdadero miedo, el odioso miedo, frente al cadáver amado, en ese agujero incendiado por el sol entre cuatro montes de arena, mientras el eco desconocido nos arrojaba, a doscientas leguas de cualquier pueblo francés, el redoble rápido del tambor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Aquel día entendí lo que era tener miedo; y lo supe aún mejor en otra ocasión...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El comandante interrumpió al narrador:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Perdone, señor, pero ¿aquel tambor? ¿Qué era?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El viajero contestó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No lo sé. Nadie lo sabe. Los oficiales, a menudo sorprendidos por ese ruido singular, lo suelen atribuir al eco aumentado, multiplicado, desmesuradamente inflado por las ondulaciones de las dunas, de una lluvia de granos de arena arrastrados por el viento al chocar con una mata de hierbas secas; ya que siempre se ha comprobado que el fenómeno se produce cerca de pequeñas plantas quemadas por el sol, y duras como el pergamino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Aquel tambor no sería más que una especie de espejismo del sonido. Eso es todo. Pero no lo supe hasta más tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Sigo con mi segunda emoción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Ocurrió el invierno pasado, en un bosque del noreste de Francia. El cielo estaba tan oscuro que la noche llegó dos horas antes. Tenía como guía a un campesino que andaba a mi lado, por un pequeñísimo camino, bajo una bóveda de abetos a los que el viento desenfrenado arrancaba aullidos. Entre las copas veía correr nubes desconcertadas, nubes enloquecidas que parecían huir ante un espanto. A veces, bajo una inmensa ráfaga, todo el bosque se inclinaba en el mismo sentido con un gemido de sufrimiento; y me invadía el frío, a pesar de mi paso ligero y mi ropa pesada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Teníamos que cenar y dormir en la casa de un guardabosque, cuya morada ya no quedaba muy lejos. Iba allí para cazar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«A veces mi guía levantaba los ojos y murmuraba: "¡Qué tiempo tan triste!" Luego me habló de la gente a cuya casa llegábamos. El padre había matado a un cazador furtivo dos años antes y, desde entonces, parecía sombrío, como atormentado por un recuerdo. Sus dos hijos, ya casados, vivían con él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«La noche era profunda. No veía nada delante de mí, ni a mi alrededor, y las ramas de los árboles chocaban entre sí llenando la noche de un incesante rumor. Finalmente vi una luz y en seguida mi compañero llamó a una puerta. Nos contestaron los gritos agudos de unas mujeres. Después una voz de hombre, una voz sofocada, preguntó: "¿Quién es?" Mi guía dio su nombre. Entramos. Fue un cuadro inolvidable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Un hombre viejo de pelo blanco y mirada loca, con la escopeta cargada en la mano, nos esperaba de pie en mitad de la cocina mientras dos mozarrones, armados con hachas, vigilaban la puerta. Distinguí en los rincones oscuros a dos mujeres arrodilladas, con el rostro escondido contra la pared.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Nos presentamos. El viejo volvió a poner su arma contra la pared y mandó que se preparara mi habitación; luego, como las mujeres no se movían, me dijo bruscamente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«-Verá usted, señor; esta noche, hace dos años, maté a un hombre. El año pasado volvió para buscarme. Lo espero otra vez esta noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Y añadió con un tono que me hizo sonreír:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«-Por eso no estamos tranquilos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Le tranquilicé como pude, feliz por haber venido precisamente aquella noche, y asistir al espectáculo de ese terror supersticioso. Conté varias historias y conseguí tranquilizarles a casi todos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Cerca del fuego, un viejo perro, bigotudo y casi ciego, uno de esos perros que se parecen a gente que conocemos, dormía el morro entre las patas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Fuera, la tormenta encarnizada azotaba la pequeña casa y, a través de un estrecho cristal, una especie de mirilla situada cerca de la puerta, veía de pronto todo un desbarajuste de árboles empujados violentamente por el viento a la luz de grandes relámpagos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Notaba perfectamente que, a pesar de mis esfuerzos, un terror profundo se había apoderado de aquella gente, y cada vez que dejaba de hablar, todos los oídos escuchaban a lo lejos. Cansado de presenciar aquellos temores estúpidos, iba a pedir acostarme, cuando el viejo guarda de pronto saltó de su silla, cogió de nuevo su escopeta, mientras tartamudeaba con una voz enloquecida:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«-¡Ahí está! ¡Ahí está! ¡Lo oigo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Las dos mujeres volvieron a caerse de rodillas en los rincones, escondiendo el rostro; y los hijos volvieron a coger sus hachas. Iba a intentar tranquilizarlos otra vez, cuando el perro dormido se despertó de pronto y, levantando la cabeza, tendiendo el cuello, mirando hacia el fuego con sus ojos casi apagados, dio uno de esos lúgubres aullidos que hacen estremecerse a los viajeros, de noche, en el campo. Todos los ojos se volvieron hacia él; ahora permanecía inmóvil, tieso sobre las patas, como atormentado por una visión; se echó de nuevo a aullar hacia algo invisible, desconocido, sin duda horroroso, ya que todo el pelo se le ponía de Punta. El guarda, lívido, gritó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«-¡Lo huele! ¡Lo huele! Estaba ahí cuando lo maté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Y las dos mujeres enloquecidas se echaron a gritar con el perro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«A mi pesar, un gran escalofrío me corrió entre los hombros. El ver al animal en aquel lugar, a aquella hora, en medio de aquella gente enloquecida, resultaba espantoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Entonces, durante una hora, el perro aulló sin moverse; aulló como preso de angustia en un sueño; y el miedo, el espantoso miedo entró en mí; ¿el miedo a qué? ¿Lo sabré yo? Era el miedo, y punto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Permanecíamos inmóviles, lívidos, en espera de un acontecimiento horroroso, aguzando el oído, el corazón latiendo, descompuestos al menor ruido. Y el perro se puso a dar vueltas alrededor del cuarto, oliendo las paredes y siempre gimiendo. ¡Aquel animal nos volvía locos! Entonces el campesino que me había guiado se abalanzó sobre él, en una especie de paroxismo de terror furioso, y abriendo una puerta que daba a un pequeño patio, echó al animal afuera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Éste se calló en seguida, y nos quedamos sumidos en un silencio aún más terrorífico. Y de pronto todos a la par tuvimos una especie de sobresalto: un ser se deslizaba contra la pared, en el exterior, hacia el bosque; luego pasó junto a la puerta, que pareció palpar con una mano vacilante; no volvimos a oír nada más durante dos minutos que nos convirtieron en insensatos; luego volvió, siempre rozando la pared; y raspó ligeramente, como lo haría un niño con la uña; y de pronto una cabeza apareció contra el cristal de la mirilla, una cabeza blanca con ojos luminosos como los de una fiera. Y un sonido salió de su boca, un sonido indistinto, un murmullo quejumbroso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Entonces un estruendo formidable estalló en la cocina. El viejo guarda había disparado. Inmediatamente sus hijos se precipitaron, taparon la mirilla levantando la gran mesa que sujetaron con el aparador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Y les juro que al oír el estrépito del disparo que no me esperaba tuve tal angustia en el corazón, el alma y el cuerpo, que me sentí desfallecer y a punto de morir de miedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Nos quedamos ahí hasta la aurora, incapaces de movernos, de decir una palabra, crispados en un enloquecimiento inefable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«No nos atrevimos a desatrancar la salida hasta no ver, por la hendidura de un sobradillo, un fino rayo de día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Al pie del muro, junto a la puerta, yacía el viejo perro, con el hocico destrozado por una bala.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Había salido del patio escarbando un agujero bajo una empalizada.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre de rostro moreno se calló; luego añadió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Aquella noche no corrí ningún peligro, pero preferiría volver a empezar todas las horas en las que me enfrenté con los peligros más terribles, antes que el minuto único del disparo sobre la cabeza barbuda de la mirilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="font-style: italic; font-weight: bold;"&gt;Traducción: Margarita Pérez&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3973655090997291327-8779488386883088285?l=paginasdeaguachat.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/feeds/8779488386883088285/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3973655090997291327&amp;postID=8779488386883088285&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/8779488386883088285'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/8779488386883088285'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/2010/03/guy-de-maupassant.html' title='Guy de Maupassant'/><author><name>TALLER DE ESCRITURA CREATIVA PAGINAS DE AGUA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07758999953209390024</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='31' src='http://2.bp.blogspot.com/_QFJBCx5ImXA/SWznYtYNTAI/AAAAAAAAAQI/D66tS9GPwAg/S220/TALLERPAGINASDEAGUA.JPG'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3973655090997291327.post-459688426957058748</id><published>2010-02-23T07:24:00.000-08:00</published><updated>2010-02-23T07:25:16.862-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Edgar Allan Poe'/><title type='text'>Edgar Allan Poe</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: center; font-weight: bold;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Sombra&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Sí, aunque marcho por el valle de la Sombra.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;(Salmo de David, XXIII)&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras. Pues en verdad ocurrirán muchas cosas, y se sabrán cosas secretas, y pasarán muchos siglos antes de que los hombres vean este escrito. Y, cuando lo hayan visto, habrá quienes no crean en él, y otros dudarán, mas unos pocos habrá que encuentren razones para meditar frente a los caracteres aquí grabados con un estilo de hierro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El año había sido un año de terror y de sentimientos más intensos que el terror, para los cuales no hay nombre sobre la tierra. Pues habían ocurrido muchos prodigios y señales, y a lo lejos y en todas partes, sobre el mar y la tierra, se cernían las negras alas de la peste. Para aquellos versados en la ciencia de las estrellas, los cielos revelaban una faz siniestra; y para mí, el griego Oinos, entre otros, era evidente que ya había llegado la alternación de aquel año 794, en el cual, a la entrada de Aries, el planeta Júpiter queda en conjunción con el anillo rojo del terrible Saturno. Si mucho no me equivoco, el especial espíritu del cielo no sólo se manifestaba en el globo físico de la tierra, sino en las almas, en la imaginación y en las meditaciones de la humanidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En una sombría ciudad llamada Ptolemáis, en un noble palacio, nos hallábamos una noche siete de nosotros frente a los frascos del rojo vino de Chíos. Y no había otra entrada a nuestra cámara que una alta puerta de bronce; y aquella puerta había sido fundida por el artesano Corinnos, y, por ser de raro mérito, se la aseguraba desde dentro. En el sombrío aposento, negras colgaduras alejaban de nuestra vista la luna, las cárdenas estrellas y las desiertas calles; pero el presagio y el recuerdo del Mal no podían ser excluidos. Estábamos rodeados por cosas que no logro explicar distintamente; cosas materiales y espirituales, la pesadez de la atmósfera, un sentimiento de sofocación, de ansiedad; y por, sobre todo, ese terrible estado de la existencia que alcanzan los seres nerviosos cuando los sentidos están agudamente vivos y despiertos, mientras las facultades yacen amodorradas. Un peso muerto nos agobiaba. Caía sobre los cuerpos, los muebles, los vasos en que bebíamos; todo lo que nos rodeaba cedía a la depresión y se hundía; todo menos las llamas de las siete lámparas de hierro que iluminaban nuestra orgía. Alzándose en altas y esbeltas líneas de luz, continuaban ardiendo, pálidas e inmóviles; y en el espejo que su brillo engendraba en la redonda mesa de ébano a la cual nos sentábamos, cada uno veía la palidez de su propio rostro y el inquieto resplandor en las abatidas miradas de sus compañeros. Y, sin embargo, reíamos y nos alegrábamos a nuestro modo -lleno de histeria-, y cantábamos las canciones de Anacreonte -llenas de locura-, y bebíamos copiosamente, aunque el purpúreo vino nos recordaba la sangre. Porque en aquella cámara había otro de nosotros en la persona del joven Zoilo. Muerto y amortajado yacía tendido cuan largo era, genio y demonio de la escena. ¡Ay, no participaba de nuestro regocijo! Pero su rostro, convulsionado por la plaga, y sus ojos, donde la muerte sólo había apagado a medias el fuego de la pestilencia, parecían interesarse en nuestra alegría, como quizá los muertos se interesan en la alegría de los que van a morir. Mas aunque yo, Oinos, sentía que los ojos del muerto estaban fijos en mí, me obligaba a no percibir la amargura de su expresión, y mientras contemplaba fijamente las profundidades del espejo de ébano, cantaba en voz alta y sonora las canciones del hijo de Teos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco a poco, sin embargo, mis canciones fueron callando y sus ecos, perdiéndose entre las tenebrosas colgaduras de la cámara, se debilitaron hasta volverse inaudibles y se apagaron del todo. Y he aquí que de aquellas tenebrosas colgaduras, donde se perdían los sonidos de la canción, se desprendió una profunda e indefinida sombra, una sombra como la que la luna, cuando está baja, podría extraer del cuerpo de un hombre; pero ésta no era la sombra de un hombre o de un dios, ni de ninguna cosa familiar. Y, después de temblar un instante, entre las colgaduras del aposento, quedó, por fin, a plena vista sobre la superficie de la puerta de bronce. Mas la sombra era vaga e informe, indefinida, y no era la sombra de un hombre o de un dios, ni un dios de Grecia, ni un dios de Caldea, ni un dios egipcio. Y la sombra se detuvo en la entrada de bronce, bajo el arco del entablamento de la puerta, y sin moverse, sin decir una palabra, permaneció inmóvil. Y la puerta donde estaba la sombra, si recuerdo bien, se alzaba frente a los pies del joven Zoilo amortajado. Mas nosotros, los siete allí congregados, al ver cómo la sombra avanzaba desde las colgaduras, no nos atrevimos a contemplarla de lleno, sino que bajamos los ojos y miramos fijamente las profundidades del espejo de ébano. Y al final yo, Oinos, hablando en voz muy baja, pregunté a la sombra cuál era su morada y su nombre. Y la sombra contestó: «Yo soy SOMBRA, y mi morada está al lado de las catacumbas de Ptolemáis, y cerca de las oscuras planicies de Clíseo, que bordean el impuro canal de Caronte.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y entonces los siete nos levantamos llenos de horror y permanecimos de pie temblando, estremecidos, pálidos; porque el tono de la voz de la sombra no era el tono de un solo ser, sino el de una multitud de seres, y, variando en sus cadencias de una sílaba a otra, penetraba oscuramente en nuestros oídos con los acentos familiares y harto recordados de mil y mil amigos muertos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right; font-style: italic; font-weight: bold;"&gt;FIN&lt;br /&gt;Traducción de Julio Cortázar&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3973655090997291327-459688426957058748?l=paginasdeaguachat.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/feeds/459688426957058748/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3973655090997291327&amp;postID=459688426957058748&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/459688426957058748'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/459688426957058748'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/2010/02/edgar-allan-poe.html' title='Edgar Allan Poe'/><author><name>TALLER DE ESCRITURA CREATIVA PAGINAS DE AGUA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07758999953209390024</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='31' src='http://2.bp.blogspot.com/_QFJBCx5ImXA/SWznYtYNTAI/AAAAAAAAAQI/D66tS9GPwAg/S220/TALLERPAGINASDEAGUA.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3973655090997291327.post-4946007915235101479</id><published>2009-09-14T10:39:00.000-07:00</published><updated>2009-09-14T10:40:26.572-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Jan Potocki'/><title type='text'>Jan Potocki</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: center; font-style: italic; font-weight: bold;"&gt;&lt;span style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Historia del endemoniado Pacheco&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(0, 0, 0);" &gt;Finalmente, desperté de verdad. El sol quemaba mis párpados, que apenas si podía  abrir. Entreví el cielo y me di cuenta de que me hallaba al aire libre. Pero el  sueño pesaba aún sobre mis ojos, y aunque ya no dormía, todavía no estaba  despierto del todo. Veía desfilar ante mí imágenes de suplicios, sucediéndose  unas tras otras. Me sentí horrorizado, y me incorporé rápidamente. &lt;/span&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;¿Cómo expresar con palabras el horror que sentí en ese momento? Me encontraba  bajo la horca de Los Hermanos. Pero los cadáveres de los dos hermanos de Zoto no  colgaban al aire, sino que yacían junto a mí. Lo que quiere decir que había  pasado la noche con ellos. Me hallaba sentado sobre trozos de cuerdas, restos de  ruedas y de esqueletos humanos, y sobre horrorosos harapos que la podredumbre  había separado de ellos.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Pensé un momento que quizá no estaría aún bien despierto y que aquello era un  horrible sueño. Cerré los ojos y busqué en mi memoria dónde había estado la  víspera. En ese instante sentí como si las garras de un animal se hundiesen en  mi costado, y vi a un buitre que se había arrojado sobre mí y que devoraba a uno  de mis compañeros de lecho. El dolor que me causaban sus garras era tan intenso  que logró despertarme del todo. Junto a mí se encontraban mis ropas, y me  apresuré a vestirme. Ya vestido, quise salir de la tapia que rodeaba la horca,  pero vi que la puerta se hallaba cerrada, y a pesar de mi esfuerzo no logré  romperla. Tuve, pues, que trepar por la triste muralla y, apoyándome en una de  las columnas de la horca, me puse a contemplar la comarca que desde allí se  divisaba. Fácilmente pude orientarme. Me hallaba a la entrada del valle de Los  Hermanos, no lejos de las orillas del Guadalquivir.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Mientras observaba el paisaje, vi cerca del río a dos viajeros, uno de los  cuales preparaba un almuerzo, mientras el otro sujetaba con la brida los  caballos. Me alegró tanto ver a aquellos hombres que mi primer movimiento fue  gritarles: «¡Agur, agur!» Lo que en español quiere decir «hola» o «buenos  días».  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Al ver que alguien los saludaba desde lo alto de la horca, los viajeros  parecieron indecisos un instante, pero en seguida montaron en sus caballos, los  pusieron a galope tendido y tomaron el camino de Los Alcornoques. Fue inútil que  les gritara para que se detuviesen. Cuanto más les gritaba, más golpes de  espuela daban a sus caballos. Cuando los perdí de vista decidí abandonar aquel  sitio. Salté a tierra, pero con tan mala fortuna que me hice daño en una pierna.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Cojeando un poco, logré llegar a la orilla del Guadalquivir, y me acerqué al  sitio donde los viajeros habían abandonado su almuerzo; era lo que yo  necesitaba, pues me encontraba agotadísimo. El almuerzo se componía de  chocolate, que cocía aún, sponhao mojado en vino de Alicante, pan y huevos.  Después de reparar mis fuerzas, me puse a pensar en lo que me había ocurrido  durante la noche. Guardaba todavía un recuerdo algo confuso de ello pero lo que  sí recordaba perfectamente era haber dado mi palabra de honor de guardar el  secreto, y estaba firmemente decidido a cumplirla. Esto resuelto, lo único que  tenía que hacer, por el momento, era decidir qué camino había de tomar, y me  pareció que las leyes del honor me obligaban más que nunca a atravesar Sierra  Morena.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Quizá el lector se sorprenda de verme tan preocupado por mi honor y tan poco  por los sucesos de la víspera. Pero esta manera de pensar era consecuencia de la  educación que había recibido, como podrá verse por la continuación de mi relato.  Por el momento, sigo con el de mi viaje.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Tenía gran curiosidad por saber lo que los demonios habrían hecho de mi  caballo, que había dejado en Venta Quemada. Y como además estaba en mi camino,  decidí pasar nuevamente por la Venta. Tuve que recorrer a pie todo el valle de  Los Hermanos y el de la Venta, lo que no dejó de fatigarme. Estaba deseando  encontrar mi caballo, y, en efecto, lo hallé en la misma cuadra donde lo dejé.  Parecía animado, bien cuidado y limpio. No podía imaginarme quién se había  ocupado de él, pero como ya había presenciado tantas cosas extraordinarias, no  me llamó mucho la atención. Me habría puesto inmediatamente en camino si la  curiosidad no me hubiese empujado a recorrer de nuevo el interior de la Venta.  Encontré el cuarto donde había dormido la noche que llegué por vez primera, pero  no pude hallar el salón donde vi a las bellas africanas. Cansado de buscarlo,  renuncié a ello, y montando en mi caballo continué mi camino.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Cuando desperté bajo la horca de Los Hermanos, el sol  se encontraba en su punto más alto. Como había tardado más de dos horas en  llegar a la Venta, después de hacer dos leguas más, tuve que pensar en buscar  una posada, pero, al no encontrar ninguna, decidí continuar mi camino. Por fin  vi a lo lejos una capilla gótica y una cabaña que parecía ser la vivienda de un  ermitaño. Aunque se hallaba alejada del camino principal, como empezaba a tener  hambre, no dudé en dar ese rodeo con tal de conseguir algo de comer. Cuando  llegué a la cabaña, até el caballo a un árbol y llamé a la puerta de la ermita.  La abrió un religioso de rostro venerable, que me abrazó con paternal ternura, y  me dijo:  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-Entra, hijo mío, date prisa. No te conviene pasar la  noche fuera; teme al demonio. El Señor nos ha retirado su mano.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Di las gracias al ermitaño por su bondad y le confesé que estaba muerto de  hambre.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-Piensa primero en tu alma, hijo mío -me contestó-. Pasa a la capilla y  arrodíllate ante la cruz. Me cuidaré de tu hambre, pero sólo podrás hacer  una comida frugal, la que corresponde a un ermitaño.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Entré en la capilla y me puse a rezar de verdad, pues era creyente y hasta  ignoraba que hubiese incrédulos.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;El ermitaño vino a buscarme al cabo de un cuarto de hora y me condujo a la  cabaña, donde me había preparado una modesta comida. Se componía de aceitunas  excelentes, cardos conservados en vinagre, cebollas dulces en salsa y galletas  en vez de pan. También disponía de una media botella de vino. El ermitaño me  dijo que él no bebía nunca, pero que la guardaba para el sacrificio de la misa.  Así, pues, tampoco me atreví a beber yo, pero gocé, en cambio, de la cena.  Mientras comía, vi entrar en la cabaña a una figura más horrible que todo lo que  había visto hasta entonces. Era un hombre que parecía joven, pero de una  delgadez espantosa. Sus cabellos se hallaban erizados, y de uno de sus ojos, que  había perdido, manaba sangre. Su lengua pendía fuera de su boca, y de ella  resbalaba una babosa espuma. Llevaba puesto un traje negro bastante bueno, pero  ésa era su única ropa; no tenía ni medias ni camisa.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;El repugnante personaje no dijo ni palabra, y fue a  acurrucarse a un rincón de la cabaña, donde permaneció más quieto que una  estatua, contemplando fijamente con su único ojo un crucifijo que sostenía en la mano. Cuando acabé de  cenar, pregunté al ermitaño quién era aquel hombre.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-Hijo mío -me respondió-, ese hombre es un poseso al que yo intento librar de  los demonios. Su terrible historia prueba el poder fatal que el ángel de las  tinieblas ha usurpado en esta desgraciada comarca. Como puede ser útil para  tu salvación que la conozcas, voy a ordenarle que te la cuente -y,  volviéndose hacia donde estaba el endemoniado, le dijo-: Pacheco, Pacheco, en  nombre de tu redentor, te ordeno que relates tu historia.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Pacheco lanzó un terrible alarido, y comenzó en estos  términos:&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);" align="center"&gt;&lt;b&gt;Historia del endemoniado Pacheco&lt;/b&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;«Nací en Córdoba, donde mi padre vivía disfrutando de una excelente posición.  Mi madre murió allí hace tres años. Al principio, mi padre pareció sentir mucho  su pérdida, pero al cabo de algunos meses, con ocasión de un viaje que tuvo que  hacer a Sevilla, se enamoró de una joven viuda llamada Camila de Tormes. Esta  Camila no gozaba de muy buena fama, y algunos amigos de mi padre intentaron  hacerle desistir de tales relaciones. Pero fue inútil. Mi padre insistió en  casarse con ella, y el matrimonio tuvo lugar dos años después de que mi madre  muriera. Las bodas se celebraron en Sevilla, y pocos días después mi padre  regresó a Córdoba con Camila, su nueva esposa, y una hermana de ésta que se  llamaba Inesilla.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»Mi madrastra respondía perfectamente a la mala opinión que se tenía de ella,  y lo primero que hizo en su nueva casa fue intentar seducirme, cosa que no  logró, pues supe resistir a su intento. Pero, en cambio, me enamoré perdidamente  de su hermana Inesilla. Mi pasión por ella creció de tal modo que no tardé en  arrojarme a los pies de mi padre para pedirle la mano de su cuñada.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»Mi padre me obligó a levantarme, y después me dijo:  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»-Hijo mío, te prohíbo que pienses en ese matrimonio, y te lo prohíbo por tres razones. En primer lugar, no sería serio que te convirtieras en el cuñado de tu padre. En segundo lugar, los santos cánones de la Iglesia no aprueban esa clase de matrimonios. Y por último, no quiero que te cases con Inesilla.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»Después de exponerme estas tres razones, me volvió la espalda y se marchó.  Me encerré en mi cuarto, abandonándome a la desesperación. Mi madrastra, a quien  mi padre había contado lo ocurrido, vino en seguida a verme. Me dijo que no  debía desesperarme de ese modo, porque, aunque yo no pudiese ser el marido de  Inesilla, podría ser su cortejo, es decir, su amante, y que el lograrlo corría  de su cuenta. Pero a la vez me declaró la pasión que sentía por mí e hizo valer  el sacrificio que hacía al brindarme a su hermana. Abrí mis oídos a sus  palabras, que tanto encendían mis deseos, aunque Inesilla era tan recatada que  me parecía imposible que se pudiese lograr que correspondiera a mi pasión.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»Por aquel tiempo mi padre decidió hacer un viaje a Madrid, con el propósito  de conseguir la plaza de corregidor de Córdoba, y llevó consigo a su mujer y a  su cuñada. Su ausencia iba a durar sólo dos meses, pero ese tiempo me pareció  muy largo, estando lejos de Inesilla. Cuando transcurrieron los dos meses,  recibí una carta de mi padre en la cual me ordenaba que fuese a esperarle a Venta  Quemada, a la entrada de Sierra Morena. Unas semanas antes quizá hubiese dudado  mucho antes de ir a Sierra Morena. Pero precisamente acababan de ahorcar a los  dos hermanos de Zoto, su banda había sido dispersada y los campos parecían ahora  bastante seguros. Partí, pues, de Córdoba a las diez de la mañana siguiente y  pernocté en Andújar, en la posada de uno de los andaluces más charlatanes que he  conocido. Pedí una cena abundante; comí buena parte de ella y guardé el resto  para el viaje.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»Al día siguiente, al llegar a Los Alcornoques, almorcé algo de lo que había  reservado la víspera, y aquella misma tarde llegué a Venta Quemada. Mi padre no  había llegado aún, pero como en su carta me ordenaba que lo esperase me dispuse  a ello con agrado, pues la posada era espaciosa y confortable. El posadero que  la dirigía entonces era un tal González de Murcia, buena persona, pero muy  hablador, que en seguida me prometió una cena digna de un grande de España.  Mientras se ocupaba en prepararla, fui a pasearme por la orilla del  Guadalquivir, y cuando regresé a la posada me encontré, en efecto, ya dispuesta  una cena nada despreciable.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»Cuando terminé de cenar, dije a González que preparase mi lecho. Apenas me  oyó vi que se turbaba, y empezaba a hablarme de modo confuso. Por último, me  confesó que en la posada había fantasmas y que él y su familia pasaban las  noches en una pequeña granja junto al río. Añadió que, si yo quería, podría  prepararme una cama cerca de la suya. La proposición me pareció absurda, y le  dije que podía irse a dormir donde quisiera, y que llamara a mis criados. Me  obedeció, y se retiró al instante, moviendo la cabeza de un lado para otro y  encogiéndose de hombros. Un momento después llegaron mis criados. También ellos  habían oído hablar de aparecidos, y me rogaron que pasara la noche en la granja.  No acepté, naturalmente, sus consejos, y les ordené que me prepararan la cama en  la habitación donde había cenado. Me obedecieron muy a regañadientes, y cuando  el lecho estuvo preparado me rogaron aún, con lágrimas en los ojos, que fuese a  dormir con ellos a la granja. Sus ruegos me impacientaron de tal modo que les  amenacé con arrojarlos violentamente, y se apresuraron a salir. Como no era mi  costumbre que mis criados me ayudaran a desnudarme, pude pasarme fácilmente sin  ellos. Pero debo reconocer que fueron muy gentiles conmigo, más de lo que yo  merecía por mi crudeza al tratarlos. Antes de marcharse dejaron junto a mi lecho  una vela encendida, otra de repuesto, un par de pistolas y algunos libros con  cuya lectura pudiese permanecer despierto, aunque la verdad es que había perdido  completamente el sueño.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»Durante un par de horas estuve leyendo y dando vueltas en la cama. Por  último, oí el sonido de una campana o de un reloj que daba las doce. El hecho me  sorprendió, pues no había oído dar las otras horas. Pero en seguida se abrió la  puerta y vi entrar a mi madrastra, en camisón de noche, y llevando una  palmatoria en la mano. Andando de puntillas se acercó hasta mí, con un dedo en  la boca como para imponerme silencio. Y dejando la palmatoria en mi mesilla de  noche se sentó en mi cama, tomó una de mis manos entre las suyas y me habló así:  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»-Mi querido Pacheco, ha llegado el momento de ofreceros los placeres que os  prometí. Hace una hora que hemos llegado a esta posada. Vuestro padre ha ido a  dormir a la granja, pero como he sabido que os hallabais aquí, logré que me  autorizara a pasar la noche en la posada con Inesilla. Ella os aguarda y está  dispuesta a no negaros sus favores. Pero debo informaros de las condiciones que  impongo para que logréis vuestra dicha. Amáis a Inesilla, y yo os amo. No es  justo que, de nosotros tres, sólo dos sean felices a costa del tercero. Así  pues, un solo lecho nos acogerá a los tres. Seguidme.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»Mi madrastra no me dejó tiempo para contestarla. Tomándome de la mano me  condujo, de corredor en corredor, hasta que llegamos a una puerta, en donde  Camila se puso a mirar por el ojo de la cerradura. Estuvo algún tiempo mirando,  y después me dijo:  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»-Todo va bien, podéis mirar vos mismo.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»Ocupé su puesto junto a la cerradura y pude ver a la encantadora Inesilla en  su lecho. Me sorprendió el que no pareciera tan pudorosa como la había conocido  siempre. La expresión de sus ojos, su agitada respiración, su animada tez, su  actitud, todo en ella expresaba que estaba aguardando a un amante.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»Después de haberme dejado mirar unos minutos, mi madrastra me dijo:  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»-Mi querido Pacheco, permaneced en esta puerta, y cuando llegue el instante  oportuno vendré a avisaros.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»Cuando Camila entró en la habitación pegué mi ojo al agujero de la cerradura  y vi mil cosas que me cuesta trabajo contar. Primeramente, Camila se desnudó del  todo, y metiéndose en la cama de su hermana le dijo estas palabras:  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»-Mi pobre Inesilla, ¿es verdad que deseas un amante? Pobre niña. No sabes el  daño que te hará. Primero te derribará, se echará sobre ti, y después te  aplastará y te desgarrará.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»Cuando Camila creyó que su alumna ya sabía bastante, vino a abrirme la  puerta, me llevó hasta el lecho de su hermana y se acostó con nosotros.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»¿Que podría deciros de aquella noche fatal? Que agoté en ella las delicias y  los crímenes. Durante largo tiempo estuve luchando contra el sueño y la  naturaleza para lograr aún más los infernales goces. Finalmente, me dormí y  desperté al día siguiente bajo la horca de los hermanos de Zoto, acostado entre  los dos horribles cadáveres.»  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;En este momento, el ermitaño interrumpió al endemoniado y me dijo:  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-Y bien, hijo mío, ¿qué te parece? Imagina tu horror si hubieses  amanecido entre los dos ahorcados.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;A lo cual respondí:  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-Me ofendéis, padre. Un caballero no debe jamás tener miedo y menos aún si  tiene el honor de ser capitán de la Guardia Valona.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-Pero hijo mío -continuó el padre-, ¿has oído decir alguna vez que  semejante aventura ha sucedido a alguien?  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Dudé un instante antes de contestar, y al fin le dije:  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-Si esa aventura, padre, ha ocurrido al señor Pacheco, puede también suceder  a otros. Pero mejor podré juzgar si  se digna ordenarle que continúe su  historia.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;El ermitaño se volvió hacia el endemoniado y le dijo:  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-Pacheco, en nombre de tu redentor, te ordeno que continúes tu historia.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Pacheco lanzó un nuevo y terrible alarido, y continuó de esta suerte:  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;«Dejé la horca medio muerto de miedo. Me arrastré como pude y marché sin  saber adónde me dirigía. Por fin, encontré a unos viajeros que tuvieron piedad  de mi situación y me condujeron a la Venta Quemada, donde hallé al posadero y a  mis criados, muy preocupados por mí. Les pregunté si mi padre había dormido en  la granja, y me contestaron que nadie había llegado aún.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»No me atreví a quedarme más tiempo en la Venta, y resolví regresar a Andújar.  Cuando llegué ya se había puesto el sol y la posada estaba llena. Me prepararon  una cama en la cocina, y me acosté pronto, pero los horrores de la noche  anterior, vivos aún en mi espíritu, me impedían coger el sueño.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»Había dejado encendida una vela sobre el hogar de la cocina. De pronto, la  vela se apagó, y sentí al instante un escalofrío mortal que heló mis venas. Al  mismo tiempo alguien tiró del cobertor, y oí una voz femenina que me decía:  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»-Soy Camila, tu madrastra. Tengo frío, amor mío, hazme sitio bajo la manta.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»Y otra voz:  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»-Soy Inesilla. Tengo mucho frío, déjame entrar en tu cama.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»En ese momento sentí una mano helada que me agarraba por el cuello. Reuní  todas mis fuerzas y exclamé:  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»-¡Satán, vete de aquí!  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»Entonces las dos voces de antes me dijeron:  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»-¿Por qué nos echas? ¿No eres nuestro maridito? Tenemos mucho frío. Vamos a  encender un poco de lumbre.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»En efecto, poco tiempo después vi las llamas en el hogar de la chimenea. La  estancia se iluminó, pero en vez de ver a Camila y a Inesilla lo que vi fue a  los hermanos de Zoto, colgados de la chimenea.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»Esta visión me aterrorizó. Rápidamente me levanté, salté por la ventana y me  puse a correr con todas mis fuerzas. Por un momento creí haber logrado escapar  de tantos horrores, pero al volverme vi con terror que era seguido por los dos  ahorcados. Corrí de nuevo, y me pareció que había logrado dejarlos atrás. Pero  mi ilusión duró poco. Las horribles criaturas lograron rodearme y llegar hasta  mí. Intenté correr, pero mis fuerzas me abandonaron.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»Sentí entonces que uno de los ahorcados me sujetaba por el tobillo  izquierdo. Intenté zafarme, pero el otro ahorcado me cortó el camino poniéndose  ante mí, mirándome con ojos terribles y sacándome una lengua roja como el hierro  cuando sale del fuego. Pedí clemencia, pero fue en vano. Aquel monstruo me  sujetó del cuello con una mano y con la otra me arrancó el ojo que me falta. En  el hueco de mi ojo introdujo su lengua de fuego. Me lamió el cerebro y me hizo  aullar de dolor.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»El otro ahorcado, que me había agarrado la pierna derecha, quiso también  martirizarme. Comenzó haciéndome cosquillas en la planta del pie que tenía  sujeto, pero después el monstruo me arrancó la piel del pie, separó los nervios,  les quitó su encarnadura, y el muy canalla se puso a tocar sobre ellos como si  fuesen un instrumento musical. Mas como por lo visto no daban un sonido que  fuese de su agrado, hundió sus uñas en mi corva, agarró con ellas mis tendones y  se puso a retorcerlos, como se hace para afinar un arpa. Finalmente, se puso a  tocar sobre mi pierna, convertida en salterio. Escuché su risa diabólica, y  mientras el dolor me arrancaba terribles aullidos los gemidos del infierno me  hacían coro. Cuando oí el rechinar de los condenados me pareció que cada una de  mis fibras era triturada por sus dientes. Por último, perdí el conocimiento.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;»Al día siguiente, unos pastores me encontraron en el campo y me trajeron a  esta ermita. Aquí he confesado mis pecados y he hallado al pie de la cruz algún  consuelo a mis desgracias.»  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Nuevamente el endemoniado lanzó un horrible aullido y se calló. El ermitaño  habló entonces, y me dijo:  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-Joven, ya ves el poder de Satán. Debes rezar y llorar. Pero ya es tarde y  debemos separarnos. No te invito a que descanses en mi celda porque Pacheco  lanza tales gritos durante la noche que no podrías dormir. Ve a acostarte a la  capilla. Allí estarás bajo la protección de la cruz que triunfa sobre los  demonios.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Contesté al buen ermitaño que lo haría de buen grado. Llevamos a la capilla  un pequeño catre de tijera y me acosté en él, mientras el ermitaño me deseaba  buenas noches.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Cuando me encontré solo me puse a pensar en la historia de Pacheco, en la que  encontraba bastante semejanza con mis propias aventuras.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Me hallaba aún pensando en ello cuando oí que daban las doce, pero no podía  saber si era la campana de la ermita o si es que iba a toparme nuevamente con  aparecidos. A los pocos instantes oí que llamaban a la puerta de la capilla, y  pregunté:  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-¿Quién es ahí?  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Una voz femenina me respondió:  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-Tenemos frío, ábrenos, somos tus mujercitas.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-Sí, sí, malditos ahorcados -les contesté-, volveos a vuestra horca y dejadme  dormir.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;La misma voz volvió a decirme:  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-Te burlas de nosotras porque estás en una capilla. Ven fuera y verás...  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-Ahora mismo voy -contesté.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Fui a buscar mi espada e intenté salir, pero vi que la puerta estaba cerrada.  Les dije a los aparecidos lo que ocurría, pero no me contestaron. Entonces me  fui a acostar y dormí hasta el alba.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);" align="center"&gt;FIN&lt;/p&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;&lt;a name="*" target="_self"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;*&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;          El cuento "&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;color:#800000;"&gt;Historia          del endemoniado Pacheco" es un fragmento (Jornada Segunda) de la          novela &lt;i&gt;Manuscrito encontrado en Zaragoza&lt;/i&gt;.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3973655090997291327-4946007915235101479?l=paginasdeaguachat.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/feeds/4946007915235101479/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3973655090997291327&amp;postID=4946007915235101479&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/4946007915235101479'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/4946007915235101479'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/2009/09/jan-potocki.html' title='Jan Potocki'/><author><name>TALLER DE ESCRITURA CREATIVA PAGINAS DE AGUA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07758999953209390024</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='31' src='http://2.bp.blogspot.com/_QFJBCx5ImXA/SWznYtYNTAI/AAAAAAAAAQI/D66tS9GPwAg/S220/TALLERPAGINASDEAGUA.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3973655090997291327.post-2291882129806031176</id><published>2009-07-15T08:56:00.000-07:00</published><updated>2009-07-15T09:15:20.243-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Edgar Allan Poe'/><title type='text'>Edgar Allan Poe</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: center; font-weight: bold;"&gt;La caída de la Casa Usher*&lt;br /&gt;[Cuento. Texto completo]&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right; font-style: italic;"&gt;Son coeur est un luth suspendu;&lt;br /&gt;Sitôt qu' on le touche, il résonne.&lt;br /&gt;-De Béranger&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Durante todo un día de otoño, triste, oscuro, silencioso, cuando las nubes se cernían bajas y pesadas en el cielo, crucé solo, a caballo, una región singularmente lúgubre del país; y, al fin, al acercarse las sombras de la noche, me encontré a la vista de la melancólica Casa Usher. No sé cómo fue, pero a la primera mirada que eché al edificio invadió mi espíritu un sentimiento de insoportable tristeza. Digo insoportable porque no lo atemperaba ninguno de esos sentimientos semiagradables, por ser poéticos, con los cuales recibe el espíritu aun las más austeras imágenes naturales de lo desolado o lo terrible. Miré el escenario que tenía delante -la casa y el sencillo paisaje del dominio, las paredes desnudas, las ventanas como ojos vacíos, los ralos y siniestros juncos, y los escasos troncos de árboles agostados- con una fuerte depresión de ánimo únicamente comparable, como sensación terrena, al despertar del fumador de opio, la amarga caída en la existencia cotidiana, el horrible descorrerse del velo. Era una frialdad, un abatimiento, un malestar del corazón, una irremediable tristeza mental que ningún acicate de la imaginación podía desviar hacia forma alguna de lo sublime. ¿Qué era -me detuve a pensar-, qué era lo que así me desalentaba en la contemplación de la Casa Usher? Misterio insoluble; y yo no podía luchar con los sombríos pensamientos que se congregaban a mi alrededor mientras reflexionaba. Me vi obligado a incurrir en la insatisfactoria conclusión de que mientras hay, fuera de toda duda, combinaciones de simplísimos objetos naturales que tienen el poder de afectarnos así, el análisis de este poder se encuentra aún entre las consideraciones que están más allá de nuestro alcance. Era posible, reflexioné, que una simple disposición diferente de los elementos de la escena, de los detalles del cuadro, fuera suficiente para modificar o quizá anular su poder de impresión dolorosa; y, procediendo de acuerdo con esta idea, empujé mi caballo a la escarpada orilla de un estanque negro y fantástico que extendía su brillo tranquilo junto a la mansión; pero con un estremecimiento aún más sobrecogedor que antes contemplé la imagen reflejada e invertida de los juncos grises, y los espectrales troncos, y las vacías ventanas como ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esa mansión de melancolía, sin embargo, proyectaba pasar algunas semanas. Su propietario, Roderick Usher, había sido uno de mis alegres compañeros de adolescencia; pero muchos años habían transcurrido desde nuestro último encuentro. Sin embargo, acababa de recibir una carta en una región distinta del país -una carta suya-, la cual, por su tono exasperadamente apremiante, no admitía otra respuesta que la presencia personal. La escritura denotaba agitación nerviosa. El autor hablaba de una enfermedad física aguda, de un desorden mental que le oprimía y de un intenso deseo de verme por ser su mejor y, en realidad, su único amigo personal, con el propósito de lograr, gracias a la jovialidad de mi compañía, algún alivio a su mal. La manera en que se decía esto y mucho más, este pedido hecho de todo corazón, no me permitieron vacilar y, en consecuencia, obedecí de inmediato al que, no obstante, consideraba un requerimiento singularísimo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque de muchachos habíamos sido camaradas íntimos, en realidad poco sabía de mi amigo. Siempre se había mostrado excesivamente reservado. Yo sabía, sin embargo, que su antiquísima familia se había destacado desde tiempos inmemoriales por una peculiar sensibilidad de temperamento desplegada, a lo largo de muchos años, en numerosas y elevadas concepciones artísticas y manifestada, recientemente, en repetidas obras de caridad generosas, aunque discretas, así como en una apasionada devoción a las dificultades más que a las bellezas ortodoxas y fácilmente reconocibles de la ciencia musical. Conocía también el hecho notabilísimo de que la estirpe de los Usher, siempre venerable, no había producido, en ningún periodo, una rama duradera; en otras palabras, que toda la familia se limitaba a la línea de descendencia directa y siempre, con insignificantes y transitorias variaciones, había sido así. Esta ausencia, pensé, mientras revisaba mentalmente el perfecto acuerdo del carácter de la propiedad con el que distinguía a sus habitantes, reflexionando sobre la posible influencia que la primera, a lo largo de tantos siglos, podía haber ejercido sobre los segundos, esta ausencia, quizá, de ramas colaterales, y la consiguiente transmisión constante de padre a hijo, del patrimonio junto con el nombre, era la que, al fin, identificaba tanto a los dos, hasta el punto de fundir el título originario del dominio en el extraño y equívoco nombre de Casa Usher, nombre que parecía incluir, entre los campesinos que lo usaban, la familia y la mansión familiar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;He dicho que el solo efecto de mi experimento un tanto infantil -el de mirar en el estanque- había ahondado la primera y singular impresión. No cabe duda de que la conciencia del rápido crecimiento de mi superstición -pues, ¿por qué no he de darle este nombre?- servía especialmente para acelerar su crecimiento mismo. Tal es, lo sé de antiguo, la paradójica ley de todos los sentimientos que tienen como base el terror. Y debe de haber sido por esta sola razón que, cuando de nuevo alcé los ojos hacia la casa desde su imagen en el estanque, surgió en mi mente una extraña fantasía, fantasía tan ridícula, en verdad, que sólo la menciono para mostrar la vívida fuerza de las sensaciones que me oprimían. Mi imaginación estaba excitada al punto de convencerme de que se cernía sobre toda la casa y el dominio una atmósfera propia de ambos y de su inmediata vecindad, una atmósfera sin afinidad con el aire del cielo, exhalada por los árboles marchitos, por los muros grises, por el estanque silencioso, un vapor pestilente y místico, opaco, pesado, apenas perceptible, de color plomizo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sacudiendo de mi espíritu eso que tenía que ser un sueño, examiné más de cerca el verdadero aspecto del edificio. Su rasgo dominante parecía ser una excesiva antigüedad. Grande era la decoloración producida por el tiempo. Menudos hongos se extendían por toda la superficie, suspendidos desde el alero en una fina y enmarañada tela de araña. Pero esto nada tenía que ver con ninguna forma de destrucción. No había caído parte alguna de la mampostería, y parecía haber una extraña incongruencia entre la perfecta adaptación de las partes y la disgregación de cada piedra. Esto me recordaba mucho la aparente integridad de ciertos maderajes que se han podrido largo tiempo en alguna cripta descuidada, sin que intervenga el soplo del aire exterior. Aparte de este indicio de ruina general la fábrica daba pocas señales de inestabilidad. Quizá el ojo de un observador minucioso hubiera podido descubrir una fisura apenas perceptible que, extendiéndose desde el tejado del edificio, en el frente, se abría camino pared abajo, en zig-zag, hasta perderse en las sombrías aguas del estanque.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras observaba estas cosas cabalgué por una breve calzada hasta la casa. Un sirviente que aguardaba tomó mi caballo, y entré en la bóveda gótica del vestíbulo. Un criado de paso furtivo me condujo desde allí, en silencio, a través de varios pasadizos oscuros e intrincados, hacia el gabinete de su amo. Mucho de lo que encontré en el camino contribuyó, no sé cómo, a avivar los vagos sentimientos de los cuales he hablado ya. Mientras los objetos circundantes -los relieves de los cielorrasos, los oscuros tapices de las paredes, el ébano negro de los pisos y los fantasmagóricos trofeos heráldicos que rechinaban a mi paso- eran cosas a las cuales, o a sus semejantes, estaba acostumbrado desde la infancia, mientras cavilaba en reconocer lo familiar que era todo aquello, me asombraban por lo insólitas las fantasías que esas imágenes no habituales provocaban en mí. En una de las escaleras encontré al médico de la familia. La expresión de su rostro, pensé, era una mezcla de baja astucia y de perplejidad. El criado abrió entonces una puerta y me dejó en presencia de su amo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La habitación donde me hallaba era muy amplia y alta. Tenía ventanas largas, estrechas y puntiagudas, y a distancia tan grande del piso de roble negro, que resultaban absolutamente inaccesibles desde dentro. Débiles fulgores de luz carmesí se abrían paso a través de los cristales enrejados y servían para diferenciar suficientemente los principales objetos; los ojos, sin embargo, luchaban en vano para alcanzar los más remotos ángulos del aposento, a los huecos del techo abovedado y esculpido. Oscuros tapices colgaban de las paredes. El moblaje general era profuso, incómodo, antiguo y destartalado. Había muchos libros e instrumentos musicales en desorden, que no lograban dar ninguna vitalidad a la escena. Sentí que respiraba una atmósfera de dolor. Un aire de dura, profunda e irremediable melancolía lo envolvía y penetraba todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mi entrada, Usher se incorporó de un sofá donde estaba tendido cuan largo era y me recibió con calurosa vivacidad, que mucho tenía, pensé al principio, de cordialidad excesiva, del esfuerzo obligado del hombre de mundo ennuyé. Pero una mirada a su semblante me convenció de su perfecta sinceridad. Nos sentamos y, durante unos instantes, mientras no hablaba, lo observé con un sentimiento en parte de compasión, en parte de espanto. ¡Seguramente hombre alguno hasta entonces había cambiado tan terriblemente, en un periodo tan breve, como Roderick Usher! A duras penas pude llegar a admitir la identidad del ser exangüe que tenía ante mí, con el compañero de mi adolescencia. Sin embargo, el carácter de su rostro había sido siempre notable. La tez cadavérica; los ojos, grandes, líquidos, incomparablemente luminosos; los labios, un tanto finos y muy pálidos, pero de una curva extraordinariamente hermosa; la nariz, de delicado tipo hebreo, pero de ventanillas más abiertas de lo que es habitual en ellas; el mentón, finamente modelado, revelador, en su falta de prominencia, de una falta de energía moral; los cabellos, más suaves y más tenues que tela de araña: estos rasgos y el excesivo desarrollo de la región frontal constituían una fisonomía difícil de olvidar. Y ahora la simple exageración del carácter dominante de esas facciones y de su expresión habitual revelaban un cambio tan grande, que dudé de la persona con quien estaba hablando. La palidez espectral de la piel, el brillo milagroso de los ojos, por sobre todas las cosas me sobresaltaron y aun me aterraron. El sedoso cabello, además, había crecido al descuido y, como en su desordenada textura de telaraña flotaba más que caía alrededor del rostro, me era imposible, aun haciendo un esfuerzo, relacionar su enmarañada apariencia con idea alguna de simple humanidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En las maneras de mi amigo me sorprendió encontrar incoherencia, inconsistencia, y pronto descubrí que era motivada por una serie de débiles y fútiles intentos de vencer un azoramiento habitual, una excesiva agitación nerviosa. A decir verdad, ya estaba preparado para algo de esta naturaleza, no menos por su carta que por reminiscencias de ciertos rasgos juveniles y por las conclusiones deducidas de su peculiar conformación física y su temperamento. Sus gestos eran alternativamente vivaces y lentos. Su voz pasaba de una indecisión trémula (cuando su espíritu vital parecía en completa latencia) a esa especie de concisión enérgica, esa manera de hablar abrupta, pesada, lenta, hueca; a esa pronunciación gutural, densa, equilibrada, perfectamente modulada que puede observarse en el borracho perdido o en el opiómano incorregible durante los periodos de mayor excitación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así me habló del objeto de mi visita, de su vehemente deseo de verme y del solaz que aguardaba de mí. Abordó con cierta extensión lo que él consideraba la naturaleza de su enfermedad. Era, dijo, un mal constitucional y familiar, y desesperaba de hallarle remedio; una simple afección nerviosa, añadió de inmediato, que indudablemente pasaría pronto. Se manifestaba en una multitud de sensaciones anormales. Algunas de ellas, cuando las detalló, me interesaron y me desconcertaron, aunque sin duda tuvieron importancia los términos y el estilo general del relato. Padecía mucho de una acuidad mórbida de los sentidos; apenas soportaba los alimentos más insípidos; no podía vestir sino ropas de cierta textura; los perfumes de todas las flores le eran opresivos; aun la luz más débil torturaba sus ojos, y sólo pocos sonidos peculiares, y éstos de instrumentos de cuerda, no le inspiraban horror.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vi que era un esclavo sometido a una suerte anormal de terror. "Moriré -dijo-, tengo que morir de esta deplorable locura. Así, así y no de otro modo me perderé. Temo los sucesos del futuro, no por sí mismos, sino por sus resultados. Me estremezco pensando en cualquier incidente, aun el más trivial, que pueda actuar sobre esta intolerable agitación. No aborrezco el peligro, como no sea por su efecto absoluto: el terror. En este desaliento, en esta lamentable condición, siento que tarde o temprano llegará el periodo en que deba abandonar vida y razón a un tiempo, en alguna lucha con el torvo fantasma: el miedo."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Conocí además por intervalos, y a través de insinuaciones interrumpidas y ambiguas, otro rasgo singular de su condición mental. Estaba dominado por ciertas impresiones supersticiosas relativas a la morada que ocupaba y de donde, durante muchos años, nunca se había aventurado a salir, supersticiones relativas a una influencia cuya supuesta energía fue descrita en términos demasiado sombríos para repetirlos aquí; influencia que algunas peculiaridades de la simple forma y material de la casa familiar habían ejercido sobre su espíritu, decía, a fuerza de soportarlas largo tiempo; efecto que el aspecto físico de los muros y las torrecillas grises y el oscuro estanque en el cual éstos se miraban había producido, a la larga, en la moral de su existencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Admitía, sin embargo, aunque con vacilación, que podía buscarse un origen más natural y más palpable a mucho de la peculiar melancolía que así lo afectaba: la cruel y prolongada enfermedad, la disolución evidentemente próxima de una hermana tiernamente querida, su única compañía durante muchos años, su último y solo pariente sobre la tierra. "Su muerte -decía con una amargura que nunca podré olvidar- hará de mí (de mí, el desesperado, el frágil) el último de la antigua raza de los Usher." Mientras hablaba, Madeline (que así se llamaba) pasó lentamente por un lugar apartado del aposento y, sin notar mi presencia, desapareció. La miré con extremado asombro, no desprovisto de temor, y sin embargo me es imposible explicar estos sentimientos. Una sensación de estupor me oprimió, mientras seguía con la mirada sus pasos que se alejaban. Cuando por fin una puerta se cerró tras ella, mis ojos buscaron instintiva y ansiosamente el semblante del hermano, pero éste había hundido la cara entre las manos y sólo pude percibir que una palidez mayor que la habitual se extendía en los dedos descarnados, por entre los cuales se filtraban apasionadas lágrimas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La enfermedad de Madeline había burlado durante mucho tiempo la ciencia de sus médicos. Una apatía permanente, un agotamiento gradual de su persona y frecuentes aunque transitorios accesos de carácter parcialmente cataléptico eran el diagnóstico insólito. Hasta entonces había soportado con firmeza la carga de su enfermedad, negándose a guardar cama; pero, al caer la tarde de mi llegada a la casa, sucumbió (como me lo dijo esa noche su hermano con inexpresable agitación) al poder aplastante del destructor, y supe que la breve visión que yo había tenido de su persona sería probablemente la última para mí, que nunca más vería a Madeline, por lo menos en vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los varios días posteriores, ni Usher ni yo mencionamos su nombre, y durante este periodo me entregué a vehementes esfuerzos para aliviar la melancolía de mi amigo. Pintábamos y leíamos juntos; o yo escuchaba, como en un sueño, las extrañas improvisaciones de su elocuente guitarra. Y así, a medida que una intimidad cada vez más estrecha me introducía sin reserva en lo más recóndito de su alma, iba advirtiendo con amargura la futileza de todo intento de alegrar un espíritu cuya oscuridad, como una cualidad positiva, inherente, se derramaba sobre todos los objetos del universo físico y moral, en una incesante irradiación de tinieblas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siempre tendré presente el recuerdo de las muchas horas solemnes que pasé a solas con el amo de la Casa Usher. Sin embargo, fracasaría en todo intento de dar una idea sobre el exacto carácter de los estudios o las ocupaciones a los cuales me inducía o cuyo camino me mostraba. Una idealidad exaltada, enfermiza, arrojaba un fulgor sulfúreo sobre todas las cosas. Sus largos e improvisados cantos fúnebres resonarán eternamente en mis oídos. Entre otras cosas, conservo dolorosamente en la memoria cierta singular perversión y amplificación del extraño aire del último vals de Von Weber. De las pinturas que nutrían su laboriosa imaginación y cuya vaguedad crecía a cada pincelada, vaguedad que me causaba un estremecimiento tanto más penetrante, cuanto que ignoraba su causa; de esas pinturas (tan vívidas que aún tengo sus imágenes ante mí) sería inútil mi intento de presentar algo más que la pequeña porción comprendida en los límites de las meras palabras escritas. Por su extremada simplicidad, por la desnudez de sus diseños, atraían la atención y la subyugaban. Si jamás un mortal pintó una idea, ese mortal fue Roderick Usher. Para mí, al menos -en las circunstancias que entonces me rodeaban-, surgía de las puras abstracciones que el hipocondríaco lograba proyectar en la tela, una intensidad de intolerable espanto, cuya sombra nunca he sentido, ni siquiera en la contemplación de las fantasías de Fuseli, resplandecientes, por cierto, pero demasiado concretas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una de las fantasmagóricas concepciones de mi amigo, que no participaba con tanto rigor del espíritu de abstracción, puede ser vagamente esbozada, aunque de una manera indecisa, débil, en palabras. El pequeño cuadro representaba el interior de una bóveda o túnel inmensamente largo, rectangular, con paredes bajas, lisas, blancas, sin interrupción ni adorno alguno. Ciertos elementos accesorios del diseño servían para dar la idea de que esa excavación se hallaba a mucha profundidad bajo la superficie de la tierra. No se observaba ninguna saliencia en toda la vasta extensión, ni se discernía una antorcha o cualquier otra fuente artificial de luz; sin embargo, flotaba por todo el espacio una ola de intensos rayos que bañaban el conjunto con un esplendor inadecuado y espectral.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;He hablado ya de ese estado mórbido del nervio auditivo que hacía intolerable al paciente toda música, con excepción de ciertos efectos de instrumentos de cuerda. Quizá los estrechos límites en los cuales se había confinado con la guitarra fueron los que originaron, en gran medida, el carácter fantástico de sus obras. Pero no es posible explicar de la misma manera la fogosa facilidad de sus impromptus. Debían de ser -y lo eran, tanto las notas como las palabras de sus extrañas fantasías (pues no pocas veces se acompañaba con improvisaciones verbales rimadas)-, debían de ser los resultados de ese intenso recogimiento y concentración mental a los cuales he aludido antes y que eran observables sólo en ciertos momentos de la más alta excitación mental. Recuerdo fácilmente las palabras de una de esas rapsodias. Quizá fue la que me impresionó con más fuerza cuando la dijo, porque en la corriente interna o mística de su sentido creí percibir, y por primera vez, una acabada conciencia por parte de Usher de que su encumbrada razón vacilaba sobre su trono. Los versos, que él tituló El palacio encantado, decían poco más o menos así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el más verde de los valles&lt;br /&gt;que habitan ángeles benéficos,&lt;br /&gt;erguíase un palacio lleno&lt;br /&gt;de majestad y hermosura.&lt;br /&gt;¡Dominio del rey Pensamiento,&lt;br /&gt;allí se alzaba!&lt;br /&gt;Y nunca un serafín batió sus alas&lt;br /&gt;sobre cosa tan bella.&lt;br /&gt;   &lt;br /&gt;Amarillos pendones, sobre el techo&lt;br /&gt;flotaban, áureos y gloriosos&lt;br /&gt;(todo eso fue hace mucho,&lt;br /&gt;en los más viejos tiempos);&lt;br /&gt;y con la brisa que jugaba&lt;br /&gt;en tan gozosos días,&lt;br /&gt;por las almenas se expandía&lt;br /&gt;una fragancia alada.&lt;br /&gt;   &lt;br /&gt;Y los que erraban en el valle,&lt;br /&gt;por dos ventanas luminosas&lt;br /&gt;a los espíritus veían&lt;br /&gt;danzar al ritmo de laúdes,&lt;br /&gt;en torno al trono donde&lt;br /&gt;(¡porfirogéneto!)&lt;br /&gt;envuelto en merecida pompa,&lt;br /&gt;sentábase el señor del reino.&lt;br /&gt;   &lt;br /&gt;Y de rubíes y de perlas&lt;br /&gt;era la puerta del palacio,&lt;br /&gt;de donde como un río fluían,&lt;br /&gt;fluían centelleando,&lt;br /&gt;los Ecos, de gentil tarea:&lt;br /&gt;la de cantar con altas voces&lt;br /&gt;el genio y el ingenio&lt;br /&gt;de su rey soberano.&lt;br /&gt;   &lt;br /&gt;Mas criaturas malignas invadieron,&lt;br /&gt;vestidas de tristeza, aquel dominio.&lt;br /&gt;(¡Ah, duelo y luto! ¡Nunca más&lt;br /&gt;nacerá otra alborada!)&lt;br /&gt;Y en torno del palacio, la hermosura&lt;br /&gt;que antaño florecía entre rubores,&lt;br /&gt;es sólo una olvidada historia&lt;br /&gt;sepulta en viejos tiempos.&lt;br /&gt;   &lt;br /&gt;Y los viajeros, desde el valle,&lt;br /&gt;por las ventanas ahora rojas,&lt;br /&gt;ven vastas formas que se mueven&lt;br /&gt;en fantasmales discordancias,&lt;br /&gt;mientras, cual espectral torrente,&lt;br /&gt;por la pálida puerta&lt;br /&gt;sale una horrenda multitud que ríe...&lt;br /&gt;pues la sonrisa ha muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo bien que las sugestiones nacidas de esta balada nos lanzaron a una corriente de pensamientos donde se manifestó una opinión de Usher que menciono, no por su novedad (pues otros hombres han pensado así), sino para explicar la obstinación con que la defendió. En líneas generales afirmaba la sensibilidad de todos los seres vegetales. Pero en su desordenada fantasía la idea había asumido un carácter más audaz e invadía, bajo ciertas condiciones, el reino de lo inorgánico. Me faltan palabras para expresar todo el alcance, o el vehemente abandono de su persuasión. La creencia, sin embargo, se vinculaba (como ya lo he insinuado) con las piedras grises de la casa de sus antepasados. Las condiciones de la sensibilidad habían sido satisfechas, imaginaba él, por el método de colocación de esas piedras, por el orden en que estaban dispuestas, así como por los numerosos hongos que las cubrían y los marchitos árboles circundantes, pero, sobre todo, por la prolongación inmodificada de este orden y su duplicación en las quietas aguas del estanque. Su evidencia -la evidencia de esa sensibilidad- podía comprobarse, dijo (y al oírlo me estremecí), en la gradual pero segura condensación de una atmósfera propia en torno a las aguas y a los muros. El resultado era discernible, añadió, en esa silenciosa, mas importuna y terrible influencia que durante siglos había modelado los destinos de la familia, haciendo de él eso que ahora estaba yo viendo, eso que él era. Tales opiniones no necesitan comentario, y no haré ninguno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuestros libros -los libros que durante años constituyeran no pequeña parte de la existencia intelectual del enfermo- estaban, como puede suponerse, en estricto acuerdo con este carácter espectral. Estudiábamos juntos obras tales como el Verver et Chartreuse, de Gresset; el Belfegor, de Maquiavelo; Del cielo y del infierno, de Swedenborg; el Viaje subterráneo de Nicolás Klim, de Holberg; la Quiromancia de Robert Flud, de Jean D'Indaginé y De la Chambre; el Viaje a la distancia azul, de Tieck; y La ciudad del sol, de Campanella. Nuestro libro favorito era un pequeño volumen en octavo del Directorium Inquisitorium, del dominico Eymeric de Gironne, y había pasajes de Pomponius Mela sobre los viejos sátiros africanos y egibanos, con los cuales Usher soñaba horas enteras. Pero encontraba su principal deleite en la lectura cuidadosa de un rarísimo y curioso libro gótico en cuarto -el manual de una iglesia olvidada-, las Vigiliæ Mortuorum Chorum Eclesiæ Maguntiæ.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No podía dejar de pensar en el extraño ritual de esa obra y en su probable influencia sobre el hipocondríaco, cuando una noche, tras informarme bruscamente que Madeline había dejado de existir, declaró su intención de preservar su cuerpo durante quince días (antes de su inhumación definitiva) en una de las numerosas criptas del edificio. El humano motivo que alegaba para justificar esta singular conducta no me dejó en libertad de discutir. El hermano había llegado a esta decisión (así me dijo) considerando el carácter insólito de la enfermedad de la difunta, ciertas importunas y ansiosas averiguaciones por parte de sus médicos, la remota y expuesta situación del cementerio familiar. No he de negar que, cuando evoqué el siniestro aspecto de la persona con quien me cruzara en la escalera el día de mi llegada a la casa, no tuve deseo de oponerme a lo que consideré una precaución inofensiva y en modo alguno extraña.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A pedido de Usher, lo ayudé personalmente en los preparativos de la sepultura temporaria. Ya en el ataúd, los dos solos llevamos el cuerpo a su lugar de descanso. La cripta donde lo depositamos (por tanto tiempo clausurada que las antorchas casi se apagaron en su atmósfera opresiva, dándonos poca oportunidad para examinarla) era pequeña, húmeda y desprovista de toda fuente de luz; estaba a gran profundidad, justamente bajo la parte de la casa que ocupaba mi dormitorio. Evidentemente había desempeñado, en remotos tiempos feudales, el siniestro oficio de mazmorra, y en los últimos tiempos el de depósito de pólvora o alguna otra sustancia combustible, pues una parte del piso y todo el interior del largo pasillo abovedado que nos llevara hasta allí estaban cuidadosamente revestidos de cobre. La puerta, de hierro macizo, tenía una protección semejante. Su inmenso peso, al moverse sobre los goznes, producía un chirrido agudo, insólito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez depositada la fúnebre carga sobre los caballetes, en aquella región de horror, retiramos parcialmente hacia un lado la tapa todavía suelta del ataúd, y miramos la cara de su ocupante. Un sorprendente parecido entre el hermano y la hermana fue lo primero que atrajo mi atención, y Usher, adivinando quizá mis pensamientos, murmuró algunas palabras, por las cuales supe que la muerta y él eran mellizos y que entre ambos habían existido siempre simpatías casi inexplicables. Nuestros ojos, sin embargo, no se detuvieron mucho en la muerta, porque no podíamos mirarla sin espanto. El mal que llevara a Madeline a la tumba en la fuerza de la juventud había dejado, como es frecuente en todas las enfermedades de naturaleza estrictamente cataléptica, la ironía de un débil rubor en el pecho y la cara, y esa sonrisa suspicaz, lánguida, que es tan terrible en la muerte. Volvimos la tapa a su sitio, la atornillamos y, asegurada la puerta de hierro, emprendimos camino, con fatiga, hacia los aposentos apenas menos lúgubres de la parte superior de la casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y entonces, transcurridos algunos días de amarga pena, sobrevino un cambio visible en las características del desorden mental de mi amigo. Sus maneras habituales habían desaparecido. Descuidaba u olvidaba sus ocupaciones comunes. Erraba de aposento en aposento con paso presuroso, desigual, sin rumbo. La palidez de su semblante había adquirido, si era posible tal cosa, un tinte más espectral, pero la luminosidad de sus ojos había desaparecido por completo. El tono a veces ronco de su voz ya no se oía, y una vacilación trémula, como en el colmo del terror, caracterizaba ahora su pronunciación. Por momentos, en verdad, pensé que algún secreto opresivo dominaba su mente agitada sin descanso, y que luchaba por conseguir valor suficiente para divulgarlo. Otras veces, en cambio, me veía obligado a reducirlo todo a las meras e inexplicables divagaciones de la locura, pues lo veía contemplar el vacío horas enteras, en actitud de profundísima atención, como si escuchara algún sonido imaginario. No es de extrañarse que su estado me aterrara, que me inficionara. Sentía que a mi alrededor, a pasos lentos pero seguros, se deslizaban las extrañas influencias de sus supersticiones fantásticas y contagiosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al retirarme a mi dormitorio la noche del séptimo u octavo día después de que Madeline fuera depositada en la mazmorra, y siendo ya muy tarde, experimenté de manera especial y con toda su fuerza esos sentimientos. El sueño no se acercaba a mi lecho y las horas pasaban y pasaban. Luché por racionalizar la nerviosidad que me dominaba. Traté de convencerme de que mucho, si no todo lo que sentía, era causado por la desconcertante influencia del lúgubre moblaje de la habitación, de los tapices oscuros y raídos que, atormentados por el soplo de una tempestad incipiente, se balanceaban espasmódicos de aquí para allá sobre los muros y crujían desagradablemente alrededor de los adornos del lecho. Pero mis esfuerzos eran infructuosos. Un temblor incontenible fue invadiendo gradualmente mi cuerpo, y al fin se instaló sobre mi propio corazón un íncubo, el peso de una alarma por completo inmotivada. Lo sacudí, jadeando, luchando, me incorporé sobre las almohadas y, mientras miraba ansiosamente en la intensa oscuridad del aposento, presté atención -ignoro por qué, salvo que me impulsó una fuerza instintiva- a ciertos sonidos ahogados, indefinidos, que llegaban en las pausas de la tormenta, con largos intervalos, no sé de dónde. Dominado por un intenso sentimiento de horror, inexplicable pero insoportable, me vestí aprisa (pues sabía que no iba a dormir más durante la noche) e intenté salir de la lamentable condición en que había caído, recorriendo rápidamente la habitación de un extremo al otro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había dado unas pocas vueltas, cuando un ligero paso en una escalera contigua atrajo mi atención. Reconocí entonces el paso de Usher. Un instante después llamaba con un toque suave a mi puerta y entraba con una lámpara. Su semblante tenía, como de costumbre, una palidez cadavérica, pero además había en sus ojos una especie de loca hilaridad, una histeria evidentemente reprimida en toda su actitud. Su aire me espantó, pero todo era preferible a la soledad que había soportado tanto tiempo, y hasta acogí su presencia con alivio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿No lo has visto? -dijo bruscamente, después de echar una mirada a su alrededor, en silencio-. ¿No lo has visto? Pues aguarda, lo verás -y diciendo esto protegió cuidadosamente la lámpara, se precipitó a una de las ventanas y la abrió de par en par a la tormenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La ráfaga entró con furia tan impetuosa que estuvo a punto de levantarnos del suelo. Era, en verdad, una noche tempestuosa, pero de una belleza severa, extrañamente singular en su terror y en su hermosura. Al parecer, un torbellino desplegaba su fuerza en nuestra vecindad, pues había frecuentes y violentos cambios en la dirección del viento; y la excesiva densidad de las nubes (tan bajas que oprimían casi las torrecillas de la casa) no nos impedía advertir la viviente velocidad con que acudían de todos los puntos, mezclándose unas con otras sin alejarse. Digo que aun su excesiva densidad no nos impedía advertirlo, y sin embargo no nos llegaba ni un atisbo de la luna o de las estrellas, ni se veía el brillo de un relámpago. Pero las superficies inferiores de las grandes masas de agitado vapor, así como todos los objetos terrestres que nos rodeaban, resplandecían en la luz extranatural de una exhalación gaseosa, apenas luminosa y claramente visible, que se cernía sobre la casa y la amortajaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No debes mirar, no mirarás eso! -dije, estremeciéndome, mientras con suave violencia apartaba a Usher de la ventana para conducirlo a un asiento-. Estos espectáculos, que te confunden, son simples fenómenos eléctricos nada extraños, o quizá tengan su horrible origen en el miasma corrupto del estanque. Cerremos esta ventana; el aire está frío y es peligroso para tu salud. Aquí tienes una de tus novelas favoritas. Yo leeré y me escucharás, y así pasaremos juntos esta noche terrible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El antiguo volumen que había tomado era Mad Trist, de Launcelot Canning; pero lo había calificado de favorito de Usher más por triste broma que en serio, pues poco había en su prolijidad tosca, sin imaginación, que pudiera interesar a la elevada e ideal espiritualidad de mi amigo. Pero era el único libro que tenía a mano, y alimenté la vaga esperanza de que la excitación que en ese momento agitaba al hipocondríaco pudiera hallar alivio (pues la historia de los trastornos mentales está llena de anomalías semejantes) aun en la exageración de la locura que yo iba a leerle. De haber juzgado, a decir verdad, por la extraña y tensa vivacidad con que escuchaba o parecía escuchar las palabras de la historia, me hubiera felicitado por el éxito de mi idea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había llegado a esa parte bien conocida de la historia en que Ethelred, el héroe del Trist, después de sus vanos intentos de introducirse por las buenas en la morada del eremita, procede a entrar por la fuerza. Aquí, se recordará, las palabras del relator son las siguientes:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Y Ethelred, que era por naturaleza un corazón valeroso, y fortalecido, además, gracias al poder del vino que había bebido, no aguardó el momento de parlamentar con el eremita, quien, en realidad, era de índole obstinada y maligna; mas sintiendo la lluvia sobre sus hombros, y temiendo el estallido de la tempestad, alzó resueltamente su maza y a golpes abrió un rápido camino en las tablas de la puerta para su mano con guantelete, y, tirando con fuerza hacia sí, rajó, rompió, lo destrozó todo en tal forma que el ruido de la madera seca y hueca retumbó en el bosque y lo llenó de alarma."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al terminar esta frase me sobresalté y por un momento me detuve, pues me pareció (aunque en seguida concluí que mi excitada imaginación me había engañado), me pareció que, de alguna remotísima parte de la mansión, llegaba confusamente a mis oídos algo que podía ser, por su exacta similitud, el eco (aunque sofocado y sordo, por cierto) del mismo ruido de rotura, de destrozo que Launcelot había descrito con tanto detalle. Fue, sin duda alguna, la coincidencia lo que atrajo mi atención pues, entre el crujir de los bastidores de las ventanas y los mezclados ruidos habituales de la tormenta creciente, el sonido en sí mismo nada tenía, a buen seguro, que pudiera interesarme o distraerme. Continué el relato:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Pero el buen campeón Ethelred pasó la puerta y quedó muy furioso y sorprendido al no percibir señales del maligno eremita y encontrar, en cambio, un dragón prodigioso, cubierto de escamas, con lengua de fuego, sentado en guardia delante de un palacio de oro con piso de plata, y del muro colgaba un escudo de bronce reluciente con esta leyenda:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quien entre aquí, conquistador será;&lt;br /&gt;Quien mate al dragón, el escudo ganará.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Y Ethelred levantó su maza y golpeó la cabeza del dragón, que cayó a sus pies y lanzó su apestado aliento con un rugido tan hórrido y bronco y además tan penetrante que Ethelred se tapó de buena gana los oídos con las manos para no escuchar el horrible ruido, tal como jamás se había oído hasta entonces."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquí me detuve otra vez bruscamente, y ahora con un sentimiento de violento asombro, pues no podía dudar de que en esta oportunidad había escuchado realmente (aunque me resultaba imposible decir de qué dirección procedía) un grito insólito, un sonido chirriante, sofocado y aparentemente lejano, pero áspero, prolongado, la exacta réplica de lo que mi imaginación atribuyera al extranatural alarido del dragón, tal como lo describía el novelista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Oprimido, como por cierto lo estaba desde la segunda y más extraordinaria coincidencia, por mil sensaciones contradictorias, en las cuales predominaban el asombro y un extremado terror, conservé, sin embargo, suficiente presencia de ánimo para no excitar con ninguna observación la sensibilidad nerviosa de mi compañero. No era nada seguro que hubiese advertido los sonidos en cuestión, aunque se había producido durante los últimos minutos una evidente y extraña alteración en su apariencia. Desde su posición frente a mí había hecho girar gradualmente su silla, de modo que estaba sentado mirando hacia la puerta de la habitación, y así sólo en parte podía ver yo sus facciones, aunque percibía sus labios temblorosos, como si murmuraran algo inaudible. Tenía la cabeza caída sobre el pecho, pero supe que no estaba dormido por los ojos muy abiertos, fijos, que vi al echarle una mirada de perfil. El movimiento del cuerpo contradecía también esta idea, pues se mecía de un lado a otro con un balanceo suave, pero constante y uniforme. Luego de advertir rápidamente todo esto, proseguí el relato de Launcelot, que decía así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Y entonces el campeón, después de escapar a la terrible furia del dragón, se acordó del escudo de bronce y del encantamiento roto, apartó el cuerpo muerto de su camino y avanzó valerosamente sobre el argentado pavimento del castillo hasta donde colgaba del muro el escudo, el cual, entonces, no esperó su llegada, sino que cayó a sus pies sobre el piso de plata con grandísimo y terrible fragor."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apenas habían salido de mis labios estas palabras, cuando -como si realmente un escudo de bronce, en ese momento, hubiera caído con todo su peso sobre un pavimento de plata- percibí un eco claro, profundo, metálico y resonante, aunque en apariencia sofocado. Incapaz de dominar mis nervios, me puse en pie de un salto; pero el acompasado movimiento de Usher no se interrumpió. Me precipité al sillón donde estaba sentado. Sus ojos miraban fijos hacia adelante y dominaba su persona una rigidez pétrea. Pero, cuando posé mi mano sobre su hombro, un fuerte estremecimiento recorrió su cuerpo; una sonrisa malsana tembló en sus labios, y vi que hablaba con un murmullo bajo, apresurado, ininteligible, como si no advirtiera mi presencia. Inclinándome sobre él, muy cerca, bebí, por fin, el horrible significado de sus palabras:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿No lo oyes? Sí, yo lo oigo y lo he oído. Mucho, mucho, mucho tiempo... muchos minutos, muchas horas, muchos días lo he oído, pero no me atrevía... ¡Ah, compadéceme, mísero de mí, desventurado! ¡No me atrevía... no me atrevía a hablar! ¡La encerramos viva en la tumba! ¿No dije que mis sentidos eran agudos? Ahora te digo que oí sus primeros movimientos, débiles, en el fondo del ataúd. Los oí hace muchos, muchos días, y no me atreví, ¡no me atrevía hablar! ¡Y ahora, esta noche, Ethelred, ja, ja! ¡La puerta rota del eremita, y el grito de muerte del dragón, y el estruendo del escudo!... ¡Di, mejor, el ruido del ataúd al rajarse, y el chirriar de los férreos goznes de su prisión, y sus luchas dentro de la cripta, por el pasillo abovedado, revestido de cobre! ¡Oh! ¿Adónde huiré? ¿No estará aquí pronto? ¿No se precipita a reprocharme mi prisa? ¿No he oído sus pasos en la escalera? ¿No distingo el pesado y horrible latido de su corazón? ¡INSENSATO! -y aquí, furioso, de un salto, se puso de pie y gritó estas palabras, como si en ese esfuerzo entregara su alma-: ¡INSENSATO! ¡TE DIGO QUE ESTÁ DEL OTRO LADO DE LA PUERTA!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como si la sobrehumana energía de su voz tuviera la fuerza de un sortilegio, los enormes y antiguos batientes que Usher señalaba abrieron lentamente, en ese momento, sus pesadas mandíbulas de ébano. Era obra de la violenta ráfaga, pero allí, del otro lado de la puerta, ESTABA la alta y amortajada figura de Madeline Usher. Había sangre en sus ropas blancas, y huellas de acerba lucha en cada parte de su descarnada persona. Por un momento permaneció temblorosa, tambaleándose en el umbral; luego, con un lamento sofocado, cayó pesadamente hacia adentro, sobre el cuerpo de su hermano, y en su violenta agonía final lo arrastró al suelo, muerto, víctima de los terrores que había anticipado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De aquel aposento, de aquella mansión huí aterrado. Afuera seguía la tormenta en toda su ira cuando me encontré cruzando la vieja avenida. De pronto surgió en el sendero una luz extraña y me volví para ver de dónde podía salir fulgor tan insólito, pues la vasta casa y sus sombras quedaban solas a mis espaldas. El resplandor venía de la luna llena, roja como la sangre, que brillaba ahora a través de aquella fisura casi imperceptible dibujada en zig-zag desde el tejado del edificio hasta la base. Mientras la contemplaba, la figura se ensanchó rápidamente, pasó un furioso soplo del torbellino, todo el disco del satélite irrumpió de pronto ante mis ojos y mi espíritu vaciló al ver desmoronarse los poderosos muros, y hubo un largo y tumultuoso clamor como la voz de mil torrentes, y a mis pies el profundo y corrompido estanque se cerró sombrío, silencioso, sobre los restos de la Casa Usher.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center; font-weight: bold;"&gt;FIN&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3973655090997291327-2291882129806031176?l=paginasdeaguachat.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/feeds/2291882129806031176/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3973655090997291327&amp;postID=2291882129806031176&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/2291882129806031176'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/2291882129806031176'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/2009/07/edgar-allan-poe.html' title='Edgar Allan Poe'/><author><name>TALLER DE ESCRITURA CREATIVA PAGINAS DE AGUA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07758999953209390024</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='31' src='http://2.bp.blogspot.com/_QFJBCx5ImXA/SWznYtYNTAI/AAAAAAAAAQI/D66tS9GPwAg/S220/TALLERPAGINASDEAGUA.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3973655090997291327.post-2146251899307776280</id><published>2009-05-24T19:18:00.000-07:00</published><updated>2009-05-24T19:26:26.445-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='ANTOLOGÍA DE CUENTOS'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Lu Sin'/><title type='text'>Lu Sin</title><content type='html'>&lt;span style="color: rgb(51, 51, 51);font-size:85%;" &gt;Noviembre de 1922&lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 51, 51);font-size:85%;" &gt;&lt;a style="font-weight: bold;" name="1"&gt;&lt;/a&gt;&lt;/span&gt; &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);" align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Restauración de la bóveda celeste&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);" align="center"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);" align="center"&gt;I &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Nü-wa&lt;sup&gt;&lt;a href="http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/otras/lusin/restaura.htm#1" style="text-decoration: none;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;1&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;/sup&gt; se ha despertado sobresaltada. Acaba de tener un sueño espantoso, que no recuerda con mayor exactitud; llena de pena, tiene el sentimiento de algo que falta, pero también de algo que sobra. La excitante brisa lleva indolentemente la energía de Nü-wa para repartirla en el universo. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Se frota los ojos. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;En el cielo rosa flotan banderolas de nubes verde roca; más allá parpadean las estrellas. En el horizonte, entre las nubes sangrientas, resplandece el sol, semejante a un globo de oro que gira en un flujo de lava; al frente, la luna fría y blanca parece una masa de hierro. Pero Nü-wa no mira cuál de los astros sube ni cuál desciende. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;La tierra está vestida de verde tierno; hasta los pinos y los abetos de hojas perennes tienen un atavío fresco. Enormes flores rosa pálido o blanco azulado se funden en la lejanía en una bruma coloreada. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¡Caramba! ¡Nunca he estado tan ociosa! &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;En medio de sus reflexiones, se levanta bruscamente: estira los redondos brazos, desbordantes de fuerza, y bosteza hacia el cielo, que de inmediato cambia de tono, coloreándose de un misterioso tinte rosa carne; ya no se distingue dónde se encuentra Nü-wa. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Entre el cielo y la tierra, igualmente rosa carne, ella avanza hacia el mar. Las curvas del cuerpo se pierden en el océano luminoso teñido de rosa; sólo en el medio de su vientre se matiza un reguero de blancura inmaculada. Las olas asombradas suben y bajan a un ritmo regular, mientras la espuma la salpica. El reflejo brillante que se mueve en el agua parece dispersarse en todas partes sin que ella note nada. Maquinalmente dobla una rodilla, extiende el brazo, coge un puñado de barro y lo modela: un pequeño ser que se le parece adquiere forma entre su dedos. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¡Ah! ¡Ah! &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Es ella quien acaba de formarlo. Sin embargo, se pregunta si esa figurita no estaba enterrada en el suelo, como las batatas, y no puede retener un grito de asombro. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Por lo demás, es un asombro gozoso. Con ardor y alegría como no ha sentido jamás, prosigue su obra de modelado, mezclando a ella su sudor... &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¡Nga! ¡Nga! &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Los pequeños seres se ponen a gritar. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¡Oh! &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Asustada, tiene la impresión de que por todos sus poros se escapa no sabe qué. La tierra se cubre de un vapor blanco como la leche. Nü-wa se ha recobrado; los pequeños seres se callan también. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Algunos comienzan a parlotear: &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¡Akon! ¡Agon! &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¡Ah, tesoros míos! &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Sin quitarles los ojos de encima, golpea dulcemente con  sus dedos untados de barro los rostros blancos y gordos. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¡Uva! ¡Ahahá! &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Ríen. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Es la primera vez que oye reír en el universo. Por  primera vez también ella ríe hasta no poder cerrar los labios. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Mientras los acaricia, continúa modelando otros. Las pequeñas criaturas dan vueltas a su alrededor alejándose y hablando volublemente. Ella deja de comprenderlos. A sus oídos no llegan sino gritos confusos que la ensordecen. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Su prolongada alegría se transforma en lasitud; ha agotado casi por completo su aliento y su transpiración. La cabeza le da vueltas, sus ojos se oscurecen, sus mejillas arden; el juego ya no la divierte y se impacienta. Sin embargo, sigue modelando maquinalmente. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Por fin, con las piernas y los riñones doloridos, se pone de pie. Apoyada contra una montaña bastante lisa, con el rostro levantado, mira. En el cielo flotan nubes blancas, parecidas a escamas de peces. Abajo, el verde tierno se ha convertido en negro. Sin razón, la alegría se ha marchado. Presa de angustia, tiende la mano y de la cima de la montaña arranca al azar una planta de glicina, cargada de enormes racimos morados y que sube hasta el cielo. La deposita en el suelo, donde hay esparcidos pétalos medio blancos, medio violetas. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Con un ademán, agita la glicina dentro del agua barrosa y deja caer trozos de lodo desmigajado, que se transforman en otros tantos seres pequeñitos parecidos a los que ya ha modelado. Pero la mayor parte de ellos tienen una fisonomía estúpida, el aspecto aburrido, rostro de gamo, ojos de rata; ella no tiene tiempo de ocuparse de semejantes detalles y, con deleite e impaciencia, como en un juego, agita más y más rápido el tallo de glicina que se retuerce en el suelo dejando un reguero de barro, como una serpiente coral alcanzada por un chorro de agua hirviente. Los trozos de tierra caen de las hojas como chaparrón, y ya en el aire toman la forma de pequeños seres plañideros que se dispersan arrastrándose hacia todos lados. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Casi sin conocimiento, retuerce la glicina más y más fuerte. Desde las piernas y la espalda, el dolor sube hacia sus brazos. Se pone en cuclillas y apoya la cabeza contra la montaña. Sus cabellos negros como laca se esparcen sobre la cima, recupera el aliento, deja escapar un suspiro y cierra los ojos. La glicina cae de su mano y, agotada, se tiende desmayadamente en tierra. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);" align="center"&gt;II&lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Un ruido terrible, producido por el derrumbamiento del cielo y la tierra, despierta sobresaltada a Nü-wa. Se desliza en línea recta hacia el sureste.&lt;sup&gt;&lt;a href="http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/otras/lusin/restaura.htm#2" style="text-decoration: none;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;2&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;/sup&gt; &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Estira un pie para sujetarse, sin lograrlo. De inmediato extiende un brazo y se coge de la cima de la montaña, lo que detiene su caída. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Agua, arena y piedras ruedan por encima de la cabeza y por detrás de la espalda. Se vuelve ligeramente. El agua le penetra por la boca y las orejas. Inclina la cabeza y ve que la superficie del suelo está agitada por una especie de temblor. El temblor parece apaciguarse. Después de retroceder, se instala en un lugar seguro y puede soltar presa, para limpiarse el agua que ha llenado sus sienes y sus ojos, a fin de examinar lo que ocurre. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;La situación es confusa. Toda la tierra está llena de corrientes de agua que parecen cascadas. Gigantescas olas agudas surgen de algunos sitios, probablemente del mar. Alelada, espera. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Al fin la gran calma se restablece. Las olas más elevadas ahora no sobrepasan la altura de los viejos picachos; allá donde se halla tal vez el continente, surgen osamentas rocosas. Mientras contempla el mar, ve varias montañas que, llevadas por el océano, avanzan hacia ella girando en inmensos remolinos. Temerosa de que choquen contra sus pies, Nü-wa tiende la mano para detenerlas y distingue, agazapados en cavernas, a una cantidad de seres cuya existencia no sospechaba. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Atrae hacia sí las montañas para observar a gusto. Junto a esos pequeños seres, la tierra está manchada de vómitos semejantes a polvo de oro y jade, mezclados con agujas de abetos y pinos y con carne de pescado, todo masticado junto. Lentamente levantan la cabeza, uno tras otro. Los ojos de Nü-wa se dilatan; le cuesta comprender que son los que ella modeló antes; de manera cómica, se han envuelto los cuerpos y algunos tienen la parte inferior del rostro disimulada por una barba blanca como la nieve, pegada por el agua del mar en forma semejante a las hojas puntiagudas del álamo. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¡Oh! -exclama asombrada y asustada, como al contacto  de una oruga. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¡Diosa Suprema, sálvanos!...-dice con la voz entrecortada uno de los seres con la parte inferior del rostro cubierta de barba blanca con la cabeza en alto, mientras vomita-: ¡Sálvanos!... Tus humildes súbditos... buscan la inmortalidad. Nadie podía prever el derrumbe del cielo y la tierra... ¡Felizmente... te hemos encontrado, Diosa Soberana!... Te rogamos que nos salves de la muerte... y nos des el remedio que... que procura la inmortalidad... &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Baja y sube la cabeza curiosamente, en un movimiento  perpetuo. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¿Cómo? -pregunta ella sin comprender. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Otros abren la boca y del mismo modo vomitan al mismo tiempo que exclaman: "¡Diosa Soberana! ¡Diosa Soberana!"; luego se entregan a extrañas contorsiones hasta el punto de que ella, irritada, lamenta el gesto que le provoca molestias incomprensibles. Recorre los alrededores con la mirada: ve un grupo de tortugas gigantes que se divierten en el mar. Exultante de alegría, deposita las montañas sobre sus caparazones y ordena: &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-Llévenme esto a un sitio más tranquilo. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Las tortugas gigantes parecen asentir con un movimiento de cabeza y se alejan; pero Nü-wa ha hecho un ademán demasiado brusco: de una montaña cae un pequeño ser con la cara adornada de barba blanca. ¡Helo ahí, separado de los otros! Y como no sabe nadar, se prosterna a la orilla del agua, golpeándose el rostro. Un impulso de piedad cruza el corazón de la diosa, pero no se retrasa: no tiene tiempo que dedicar a semejantes bagatelas. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Suspira; el corazón se le aligera. A su alrededor, el nivel del agua ha bajado notablemente. Por todas partes surgen vastos terrenos cubiertos de limo o de piedras en cuyas hendiduras se hacina una multitud de pequeños seres, unos inmóviles, otros moviéndose todavía. Se fija en uno de ellos que la mira estúpidamente con ojos blancos. El cuerpo entero está cubierto de placas de hierro; en su rostro se pintan la desesperación y el miedo. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¿Qué te ha ocurrido? -le pregunta en tono indiferente. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¡Caramba! La desgracia nos ha caído del Cielo -responde con voz triste y lamentable-. Violando el derecho, Chuan Sü se ha rebelado contra nuestro rey; nuestro rey ha querido combatirlo de acuerdo con las leyes del Cielo. La batalla tuvo lugar en el campo; y como el Cielo no nos otorgó su protección, nuestro ejército tuvo que retirarse... &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¿Cómo? &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Nü-wa no ha oído jamás nada de tal cosa y su sorpresa  se deja ver. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-Nuestro ejército ha tenido que retirarse; nuestro rey ha estrellado la cabeza contra el Monte Hendido, ha quebrado la columna de la bóveda celeste y roto los cables de la tierra. ¡Ha muerto! ¡Caramba! ¡Esta es la verdad que...! &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¡Basta! ¡Basta! ¡No comprendo lo que me cuentas! &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Al volverse, ve a otro pequeño ser, cubierto también de  placas de hierro, pero con rostro orgulloso y alegre. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¿Qué ha pasado? &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Ella sabe ahora que esas minúsculas criaturas pueden mostrar cien rostros diferentes, por eso quisiera conseguir una respuesta comprensible. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-El espíritu humano rompe con la antigüedad. En realidad, Kang Jui tiene un corazón de cerdo; ha tratado de usurpar el trono celestial; nuestro rey mandó una expedición contra él, conforme con los deseos del Cielo. La batalla tuvo lugar en el campo. Como el Cielo nos diera su protección, nuestras tropas se han mostrado invencibles y han desterrado a Kang Jui al Monte Hendido. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¿Cómo? &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Probablemente Nü-wa no ha comprendido una palabra. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-El espíritu humano rompe con la antigüedad...  &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¡Basta! ¡Basta! ¡Siempre la misma historia!  &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Está furiosa. Sus mejillas enrojecen hasta las orejas. Se vuelve a otro lado y descubre con dificultad a un tercer ser, que no lleva placas de hierro. Su cuerpo desnudo está cubierto de heridas que todavía sangran. Se cubre con rapidez los riñones con un paño desgarrado que acaba de sacar a un compañero ahora inerte. Sus rasgos muestran calma. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Ella se imagina que éste no pertenece a la misma raza  que los otros y que acaso él podrá informarla.&lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¿Qué ha pasado? -pregunta. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¿Qué ha pasado? -repite él levantando ligeramente la  cabeza. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¿Qué es este accidente que acaba de producirse?... &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¿El accidente que acaba de producirse? &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Ella arriesga una suposición: &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¿Es la guerra? &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¿La guerra? &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;A su vez, él va repitiendo las preguntas. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Nü-wa aspira una bocanada de aire frío. Con la frente en alto, contempla el cielo que presenta una fisura larga, muy profunda y ancha. Ella se levanta y lo golpea con las uñas: la resonancia no es pura; es más o menos como la de un tazón resquebrajado. Con las cejas fruncidas, escruta hacia las cuatro direcciones. Después de reflexionar, se estruja los cabellos para dejar escurrir el agua, los divide en dos mechones que se echa sobre los hombros y llena de energía se dedica a arrancar cañas: ha decidido "reparar antes que nada la bóveda celeste". &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Desde entonces, de día y de noche, amontona las cañas; a medida que el hacinamiento aumenta, ella se debilita, porque las condiciones no son las mismas que otras veces. Arriba está el cielo oblicuo y hendido; abajo, la tierra llena de lodo y grietas. Ya no hay nada que le regocije los ojos y el corazón. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Cuando el montón de cañas llega a la hendidura, va en busca de piedras azules. 'Quiere emplear únicamente piedras azul cielo del mismo tono que el firmamento, pero no hay bastantes en la tierra. Como no quiere usar las grandes montañas, a veces va a las regiones pobladas en busca de los fragmentos que le convienen. Es objeto de burlas y maldiciones. Algunos pequeños seres le quitan lo que ha recogido; otros llegan al extremo de morderle las manos. Tiene que recoger algunas piedras blancas: tampoco ésas son suficientes. Agrega piedras rojas, amarillas, hasta grisáceas. Al fin consigue tapar la hendidura. No le queda sino encender fuego y hacer que los materiales se fundan: su tarea va a terminar. Pero está de tal modo agotada que sus ojos lanzan centellas y los oídos le zumban. Está a punto de que la abandonen las fuerzas. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¡Caramba! ¡Nunca he sentido tal cansancio! -dice,  perdiendo el aliento. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Se sienta en la cima de una montaña y apoya la cabeza  en las manos.&lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;En ese instante aún no se extingue el inmenso incendio de los viejos bosques sobre el monte Kunlún. Al oeste, el horizonte está rojo. Echa una mirada hacia allí y decide coger un gran árbol ardiendo para encender la masa de cañas. Cuando va a tender la mano, siente una picadura en el dedo gordo del pie. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Mira hacia abajo: es uno de esos pequeños seres que ella modeló antes, pero éste ha tomado un aspecto aun más curioso que los otros. Pedazos de tela, complicados y molestos, le cuelgan del cuerpo; una docena de cintas flota alrededor de su cintura; la cabeza está velada con quién sabe qué; en la parte más alta del cráneo lleva sujeta una plancha negra rectangular; en la mano tiene una tablilla con la que pica el pie de la diosa. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;El ser tocado con la plancha rectangular, de pie junto a Nü-wa, mira hacia lo alto. Al encontrar los ojos de la diosa, se apresura a presentar la tablilla; ella la toma. Es una tablilla de bambú verde, muy pulida, en la cual hay dos columnas de minúsculos puntos negros mucho más pequeños que los que se ven en las hojas de encima. Nü-wa admira la delicadeza del trabajo. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¿Qué es eso? -pregunta con curiosidad. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;El pequeño ser tocado con la plancha rectangular recita  con el tono de una lección bien aprendida: &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-Al ir completamente desnuda, te entregas al libertinaje, ofendes la virtud, desprecias los ritos y quebrantas las conveniencias; tal conducta es la de un animal. La ley del Estado está firmemente establecida: eso está prohibido. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Nü-wa mira la tablilla y ríe secretamente, pensando que ha sido una tontería formular esa pregunta. Sabe que la conversación con semejantes seres es imposible, de modo que se atrinchera en el silencio. Coloca la tablilla de bambú sobre la plancha que cubre el cráneo del pequeño ser y luego, extendiendo el brazo, arranca del bosque en llamas un gran árbol ardiendo y se prepara para encender el montón de cañas. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;De pronto oye sollozos, un ruido nuevo para ella. Al bajar la vista descubre que bajo la plancha, los pequeños ojos retienen dos lágrimas más pequeñas que granos de mostaza. ¡Qué diferencia con los lamentos "nga, nga" que está habituada a escuchar! No entiende lo que sucede. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Enciende el fuego en varios puntos. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Al comienzo éste no es muy vivo, porque las cañas no están completamente secas; crepita, sin embargo. Al cabo de un momento, innumerables llamas se propagan, avanzan, retroceden, se alzan lamiendo las ramas por todos lados y se juntan para formar una flor de corola doble y luego una columna luminosa, cuyo resplandor sobrepasa en intensidad al del incendio del monte Kunlún. Un viento salvaje se levanta. La columna de fuego ruge mientras gira, las piedras azules y de otros tonos toman un color rojo uniforme. Como un torrente de caramelo, las rocas en fusión se deslizan en la brecha como un relámpago inextinguible. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;El viento y el soplido de la hoguera desbaratan en cascadas. El resplandor del fuego le ilumina el cuerpo. En el universo aparece por última vez el tono rosa carne. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;La columna de fuego continúa subiendo, hasta que no queda de ella más que un montón de cenizas. Cuando el cielo se ha vuelto otra vez enteramente azul, Nü-wa estira la mano para palpar la bóveda, en la cual sus dedos descubren muchas asperezas. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;"Ya veré, cuando haya descansado...", piensa.  &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Se inclina para recoger la ceniza de las cañas, llena con ella el hueco de sus manos juntas y la deja caer sobre el diluvio que cubre la tierra. La ceniza aún caliente provoca la ebullición de las aguas; la ola mezclada de ceniza baña el cuerpo entero de la diosa; el viento que sopla tempestuosamente arroja sobre ella las cenizas. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;-¡Oh!... &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Exhala un último suspiro. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;En el horizonte, entre las nubes sangrientas, el sol resplandeciente, semejante a un globo de oro, gira en un flujo de vieja lava. Al frente, la luna fría y blanca parece una masa de hierro. No se sabe cuál de los astros sube, cuál desciende. Agotada, Nü-wa se tiende; su respiración se detiene. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;De arriba abajo reina en las cuatro direcciones un  silencio más fuerte que la muerte. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);" align="center"&gt;III &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;En un día frío resuenan los clamores. Las tropas reales llegan al fin. Han esperado que cesaran el resplandor del fuego, el humo y el polvo, por eso han tardado tanto. A la izquierda, un hacha amarilla. A la derecha, un hacha negra. Detrás, un viejo y gigantesco estandarte. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Los hombres avanzan con precaución hasta donde yace el cadáver de Nü-wa. Ningún movimiento. Levantan entonces su campamento en la piel de su vientre, porque es el sitio más blando: son muy hábiles para escoger. Alterando bruscamente el tono de sus fórmulas, se proclaman los únicos herederos de la diosa y cambian la inscripción de los jeroglíficos en forma de renacuajo de su gran estandarte en "Entrañas de Nü-wa". &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;El viejo taoísta que había caído a orillas del mar tuvo generaciones y generaciones de discípulos. Sólo en el momento de morir reveló a ellos la importancia histórica de las Montañas de los Inmortales, llevadas a alta mar por las tortugas gigantes. Los discípulos transmitieron a los suyos esta tradición. Para terminar, un mago a la caza de favores la comunicó al primer emperador de la dinastía Chin, quien le ordenó partir en busca de ellas. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;El mago no encontró nada. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;El emperador murió. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Más tarde, el emperador Wu, de la dinastía Jan, hizo  que se emprendiera de nuevo la búsqueda, sin obtener resultado alguno.  &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);"&gt;Las tortugas gigantes probablemente no habían comprendido bien las palabras de Nü-wa. Su aprobación con la cabeza no fue tal vez otra cosa que una coincidencia. Nadaron por aquí y por allá durante cierto tiempo, luego se fueron a dormir y las montañas se derrumbaron. Por eso es que hasta ahora nadie ha podido ver jamás ni la sombra de una de las Montañas de los Inmortales. Cuando mucho se descubre cierto número de islas salvajes. &lt;/p&gt;   &lt;p style="color: rgb(51, 51, 51);" align="center"&gt;FIN&lt;/p&gt; &lt;a style="font-weight: bold; color: rgb(51, 51, 51);" name="1"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 51, 51);font-size:85%;" &gt;&lt;a style="font-weight: bold;" name="1"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1&lt;/a&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;. &lt;/span&gt;Emperatriz legendaria china. Según una leyenda china acerca del origen de la humanidad, Nü-wa creó al primer hombre con tierra amarilla. (N. de los T.)&lt;br /&gt;    &lt;a style="font-weight: bold;" name="2"&gt;2&lt;/a&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;. &lt;/span&gt;Trata de la leyenda acerca del golpe asestado sobre el Monte Hendido por el enfurecido Kung Kung. En Juainantsi se dice: "En tiempos muy antiguos, Kung Kung, enfurecido, dio un golpe al Monte Hendido por haber guerreado con Chuan Sü por el trono, lo que ocasionó el rompimiento del pilar celeste y la ruptura de un rincón de la tierra. El cielo se inclinó hacia el noroeste y los astros cambiaron de lugar; la tierra se hundió en el sureste, hacia donde fluyeron las aguas y la polvareda". Según se dice, Chuan Sü fue nieto del Emperador Amarillo y uno de los cinco emperadores en la historia antigua de China. Kung Kung, llamado también Kang Jui, fue duque en aquella época. (N. de los T.)&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3973655090997291327-2146251899307776280?l=paginasdeaguachat.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/feeds/2146251899307776280/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3973655090997291327&amp;postID=2146251899307776280&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/2146251899307776280'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/2146251899307776280'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/2009/05/lu-sin.html' title='Lu Sin'/><author><name>TALLER DE ESCRITURA CREATIVA PAGINAS DE AGUA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07758999953209390024</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='31' src='http://2.bp.blogspot.com/_QFJBCx5ImXA/SWznYtYNTAI/AAAAAAAAAQI/D66tS9GPwAg/S220/TALLERPAGINASDEAGUA.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3973655090997291327.post-3321371817301402924</id><published>2009-05-01T18:50:00.000-07:00</published><updated>2009-05-03T19:26:19.997-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Edgar Allan Poe'/><title type='text'>Edgar Allan Poe</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="color: rgb(0, 0, 0);font-size:180%;" &gt;Ligeia&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="color: rgb(128, 0, 0);font-size:180%;" &gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);" align="right"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Y allí dentro está la        voluntad que no muere. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad y su        fuerza? Pues Dios no es sino una gran voluntad que penetra las cosas todas        por obra de su intensidad. El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede        por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad.&lt;br /&gt;    -Joseph Glanvill&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;           &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Juro por mi alma que no puedo recordar cómo, cuándo ni  siquiera dónde conocí a Ligeia. Largos años han transcurrido desde entonces y el sufrimiento ha  debilitado mi memoria. O quizá no puedo rememorar ahora aquellas cosas porque, a  decir verdad, el carácter de mi amada, su raro saber, su belleza singular y, sin  embargo, plácida, y la penetrante y cautivadora elocuencia de su voz profunda y  musical, se abrieron camino en mi corazón con pasos tan constantes, tan  cautelosos, que me pasaron inadvertidos e ignorados. No obstante, creo haberla  conocido y visto, las más de las veces, en una vasta, ruinosa ciudad cerca del  Rin. Seguramente le oí hablar de su familia. No cabe duda de que su estirpe era  remota. ¡Ligeia, Ligeia! Sumido en estudios que, por su índole, pueden como  ninguno amortiguar las impresiones del mundo exterior, sólo por esta dulce  palabra, Ligeia, acude a los ojos de mi fantasía la imagen de aquella que ya no  existe. Y ahora, mientras escribo, me asalta como un rayo el recuerdo de que  nunca supe el apellido de quien fuera mi amiga y prometida, luego compañera de  estudios y, por último, la esposa de mi corazón. ¿Fue por una amable orden de  parte de mi Ligeia o para poner a prueba la fuerza de mi afecto, que me estaba  vedado indagar sobre ese punto? ¿O fue más bien un capricho mío, una loca y  romántica ofrenda en el altar de la devoción más apasionada? Sólo recuerdo  confusamente el hecho. ¿Es de extrañarse que haya olvidado por completo las  circunstancias que lo originaron y lo acompañaron? Y en verdad, si alguna vez  ese espíritu al que llaman Romance, si alguna vez la pálida Ashtophet del Egipto  idólatra, con sus alas tenebrosas, han presidido, como dicen, los matrimonios  fatídicos, seguramente presidieron el mío.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Hay un punto muy caro en el cual, sin embargo, mi memoria no falla. Es la  persona de Ligeia. Era de alta estatura, un poco delgada y, en sus últimos  tiempos, casi descarnada. Sería vano intentar la descripción de su majestad, la  tranquila soltura de su porte o la inconcebible ligereza y elasticidad de su  paso. Entraba y salía como una sombra. Nunca advertía yo su aparición en mi  cerrado gabinete de trabajo de no ser por la amada música de su voz dulce,  profunda, cuando posaba su mano marmórea sobre mi hombro. Ninguna mujer igualó  la belleza de su rostro. Era el esplendor de un sueño de opio, una visión aérea  y arrebatadora, más extrañamente divina que las fantasías que revoloteaban en  las almas adormecidas de las hijas de Delos. Sin embargo, sus facciones no  tenían esa regularidad que falsamente nos han enseñado a adorar en las obras  clásicas del paganismo. "No hay belleza exquisita -dice Bacon,  Verulam,  refiriéndose con justeza a todas las formas y géneros de la hermosura- sin algo  de extraño en las proporciones." No obstante, aunque yo veía que las facciones  de Ligeia no eran de una regularidad clásica, aunque sentía que su hermosura  era, en verdad, "exquisita" y percibía mucho de "extraño" en ella, en vano  intenté descubrir la irregularidad y rastrear el origen de mi percepción de lo  "extraño". Examiné el contorno de su frente alta, pálida: era impecable  -¡qué  fría en verdad esta palabra aplicada a una majestad tan divina!- por la piel,  que rivalizaba con el marfil más puro, por la imponente amplitud y la calma, la  noble prominencia de las regiones superciliares; y luego los cabellos, como ala  de cuervo, lustrosos, exuberantes y naturalmente rizados, que demostraban toda  la fuerza del epíteto homérico: "cabellera de jacinto". Miraba el delicado  diseño de la nariz y sólo en los graciosos medallones de los hebreos he visto  una perfección semejante. Tenía la misma superficie plena y suave, la misma  tendencia casi imperceptible a ser aguileña, las mismas aletas armoniosamente  curvas, que revelaban un espíritu libre. Contemplaba la dulce boca. Allí estaba  en verdad el triunfo de todas las cosas celestiales: la magnífica sinuosidad del  breve labio superior, la suave, voluptuosa calma del inferior, los hoyuelos  juguetones y el color expresivo; los dientes, que reflejaban con un brillo casi  sorprendente los rayos de la luz bendita que caían sobre ellos en la más serena  y plácida y, sin embargo, radiante, triunfal de todas las sonrisas. Analizaba la  forma del mentón y también aquí encontraba la noble amplitud, la suavidad y la  majestad, la plenitud y la espiritualidad de los griegos, el contorno que el  dios Apolo reveló tan sólo en sueños a Cleomenes, el hijo del ateniense. Y  entonces me asomaba a los grandes ojos de Ligeia.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Para los ojos no tenemos modelos en la remota antigüedad. Quizá fuera, también, que en los de mi amada yacía el secreto al cual alude Verulam. Eran, creo, más grandes que los ojos comunes de nuestra raza, más que los de las gacelas de la tribu del valle de Nourjahad. Pero sólo por instantes -en los momentos de intensa excitación- se hacía más notable esta peculiaridad de Ligeia. Y en tales ocasiones su belleza -quizá la veía así mi imaginación ferviente- era la de los seres que están por encima o fuera de la tierra, la belleza de la fabulosa hurí de los turcos. Los ojos eran del negro más brillante, velados por oscuras y largas pestañas. Las cejas, de diseño levemente irregular, eran del mismo color. Sin embargo, lo "extraño" que encontraba en sus ojos era independiente de su forma, del color, del brillo, y debía atribuirse, al cabo, a la expresión. ¡Ah, palabra sin sentido tras cuya vasta latitud de simple sonido se atrinchera nuestra ignorancia de lo espiritual! La expresión de los ojos de Ligeia... ¡Cuántas horas medité sobre ella! ¡Cuántas noches de verano luché por sondearla! ¿Qué era aquello, más profundo que el pozo de Demócrito, que yacía en el fondo de las pupilas de mi amada? ¿Qué era? Me poseía la pasión de descubrirlo. ¡Aquellos ojos! ¡Aquellas grandes, aquellas brillantes, aquellas divinas pupilas! Llegaron a ser para mí las estrellas gemelas de Leda, y yo era para ellas el más fervoroso de los astrólogos.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;No hay, entre las muchas anomalías incomprensibles de la ciencia psicológica, punto más atrayente, más excitante que el hecho -nunca, creo, mencionado por las escuelas- de que en nuestros intentos por traer a la memoria algo largo tiempo olvidado, con frecuencia llegamos a encontrarnos al borde mismo del recuerdo, sin poder, al fin, asirlo. Y así cuántas veces, en mi intenso examen de los ojos de Ligeia, sentí que me acercaba al conocimiento cabal de su expresión, me acercaba, aún no era mío, y al fin desaparecía por completo. Y (¡extraño, ah, el más extraño de los misterios!) encontraba en los objetos más comunes del universo un círculo de analogías con esa expresión. Quiero decir que, después del periodo en que la belleza de Ligeia penetró en mi espíritu, donde moraba como en un altar, yo extraía de muchos objetos del mundo material un sentimiento semejante al que provocaban, dentro de mí, sus grandes y luminosas pupilas. Pero no por ello puedo definir mejor ese sentimiento, ni analizarlo, ni siquiera percibirlo con calma. Lo he reconocido a veces, repito, en una viña, que crecía rápidamente, en la contemplación de una falena, de una mariposa, de una crisálida, de un veloz curso de agua. Lo he sentido en el océano, en la caída de un meteoro. Lo he sentido en la mirada de gentes muy viejas. Y hay una o dos estrellas en el cielo (especialmente una, de sexta magnitud, doble y cambiante, que puede verse cerca de la gran estrella de Lira) que, miradas con el telescopio, me han inspirado el mismo sentimiento. Me ha colmado al escuchar ciertos sones de instrumentos de cuerda, y no pocas veces al leer pasajes de determinados libros. Entre innumerables ejemplos, recuerdo bien algo de un volumen de Joseph Glanvill que (quizá simplemente por lo insólito, ¿quién sabe?) nunca ha dejado de inspirarme ese sentimiento: "Y allí dentro está la voluntad que no muere. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad y su fuerza? Pues Dios no es sino una gran voluntad que penetra las cosas todas por obra de su intensidad. El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad".  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Los años transcurridos y las reflexiones consiguientes me han permitido  rastrear cierta remota conexión entre este pasaje del moralista inglés y un  aspecto del carácter de Ligeia. La intensidad de pensamiento, de acción, de  palabra, era posiblemente en ella un resultado, o por lo menos un índice, de esa  gigantesca voluntad que durante nuestras largas relaciones no dejó de dar otras  pruebas más numerosas y evidentes de su existencia. De todas las mujeres que  jamás he conocido, la exteriormente tranquila, la siempre plácida Ligeia, era  presa con más violencia que nadie de los tumultuosos buitres de la dura pasión.  Y no podía yo medir esa pasión como no fuese por el milagroso dilatarse de los  ojos que me deleitaban y aterraban al mismo tiempo, por la melodía casi mágica,  la modulación, la claridad y la placidez de su voz tan profunda, y por la  salvaje energía (doblemente efectiva por contraste con su manera de  pronunciarlas) con que profería habitualmente sus extrañas palabras.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;He hablado del saber de Ligeia: era inmenso, como nunca lo hallé en una  mujer. Su conocimiento de las lenguas clásicas era profundo, y, en la medida de  mis nociones sobre los modernos dialectos de Europa, nunca la descubrí en falta.  A decir verdad, en cualquier tema de la alabada erudición académica, admirada  simplemente por abstrusa, ¿descubrí alguna vez a Ligeia en falta? ¡De qué modo  singular y penetrante este punto de la naturaleza de mi esposa atrajo, tan sólo  en el último periodo, mi atención! Dije que sus conocimientos eran tales que  jamás los hallé en otra mujer, pero, ¿dónde está el hombre que ha cruzado, y con  éxito, toda la amplia extensión de las ciencias morales, físicas y metafísicas?  No vi entonces lo que ahora advierto claramente: que las adquisiciones de Ligeia  eran gigantescas, eran asombrosas; sin embargo, tenía suficiente conciencia de  su infinita superioridad para someterme con infantil confianza a su guía en el  caótico mundo de la investigación metafísica, a la cual me entregué activamente  durante los primeros años de nuestro matrimonio. ¡Con qué amplio sentimiento de  triunfo, con qué vivo deleite, con qué etérea esperanza sentía yo -cuando ella  se entregaba conmigo a estudios poco frecuentes, poco conocidos- esa deliciosa  perspectiva que se agrandaba en lenta gradación ante mí, por cuya larga y  magnífica senda no hollada podía al fin alcanzar la meta de una sabiduría  demasiado premiosa, demasiado divina para no ser prohibida!  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;¡Así, con qué punzante dolor habré visto, después de algunos años, emprender  vuelo a mis bien fundadas esperanzas y desaparecer! Sin Ligeia era yo un niño a  tientas en la oscuridad. Sólo su presencia, sus lecturas, podían arrojar vívida  luz sobre los muchos misterios del trascendentalismo en los cuales vivíamos  inmersos. Privadas del radiante brillo de sus ojos, esas páginas, leves y  doradas, tornáronse más opacas que el plomo saturnino. Y aquellos ojos brillaron  cada vez con menos frecuencia sobre las páginas que yo escrutaba. Ligeia cayó  enferma. Los extraños ojos brillaron con un fulgor demasiado, demasiado  magnífico; los pálidos dedos adquirieron la transparencia cerúlea de la tumba y  las venas azules de su alta frente latieron impetuosamente en las alternativas  de la más ligera emoción. Vi que iba a morir y luché desesperadamente en  espíritu con el torvo Azrael. Y las luchas de la apasionada esposa eran, para mi  asombro, aún más enérgicas que las mías. Muchos rasgos de su adusto carácter me  habían convencido de que para ella la muerte llegaría sin sus terrores; pero no  fue así. Las palabras son impotentes para dar una idea de la fiera resistencia  que opuso a la Sombra. Gemí de angustia ante el lamentable espectáculo. Yo  hubiera querido calmar, hubiera querido razonar; pero en la intensidad de su  salvaje deseo de vivir, vivir, sólo vivir, el consuelo y la razón eran el colmo  de la locura. Sin embargo, hasta el último momento, en las convulsiones más  violentas de su espíritu indómito, no se conmovió la placidez exterior de su  actitud. Su voz se tornó más suave; más profunda, pero yo no quería demorarme en  el extraño significado de las palabras pronunciadas con calma. Mi mente vacilaba  al escuchar fascinada una melodía sobrehumana, conjeturas y aspiraciones que la  humanidad no había conocido hasta entonces.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;De su amor no podía dudar, y me era fácil comprender que, en un pecho como el  suyo, el amor no reinaba como una pasión ordinaria. Pero sólo en la muerte medí  toda la fuerza de su afecto. Durante largas horas, reteniendo mi mano,  desplegaba ante mí los excesos de un corazón cuya devoción más que apasionada  llegaba a la idolatría. ¿Cómo había merecido yo la bendición de semejantes  confesiones? ¿Cómo había merecido la condena de que mi amada me fuese arrebatada  en el momento en que me las hacía? Pero no puedo soportar el extenderme sobre  este punto. Sólo diré que en el abandono más que femenino de Ligeia al amor, ay,  inmerecido, otorgado sin ser yo digno, reconocí el principio de su ansioso, de  su ardiente deseo de vida, esa vida que huía ahora tan velozmente. Soy incapaz  de describir, no tengo palabras para expresar esa ansia salvaje, esa anhelante  vehemencia de vivir, sólo vivir.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;La medianoche en que murió me llamó perentoriamente a su lado, pidiéndome que  repitiera ciertos versos que había compuesto pocos días antes. La obedecí. Helos  aquí:  &lt;/p&gt; &lt;dl style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;&lt;dt&gt;¡Vedla! ¡Es noche de gala &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;en los últimos años solitarios! &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;La multitud de ángeles alados, &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;con sus velos, en lágrimas bañados, &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;son público de un teatro que contempla &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;un drama de esperanzas y temores, &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;mientras toca la orquesta, indefinida, &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;la música sin fin de las esferas. &lt;/dt&gt;&lt;dd&gt;&lt;br /&gt;&lt;/dd&gt;&lt;dt&gt;Imágenes del Dios que está en lo alto, &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;allí los mimos gruñen y mascullan, &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;corren aquí y allá; y los apremian &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;vastas cosas informes &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;que el escenario alteran de continuo, &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;vertiendo de sus alas desplegadas, &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;un invisible, largo Sufrimiento. &lt;/dt&gt;&lt;dd&gt;&lt;br /&gt;&lt;/dd&gt;&lt;dt&gt;¡Este múltiple drama ya jamás, &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;jamás será olvidado! &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;Con su Fantasma siempre perseguido &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;por una multitud que no lo alcanza, &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;en un círculo siempre de retorno &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;al lugar primitivo, &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;y mucho de Locura, y más Pecado, &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;y más Horror -el alma de la intriga. &lt;/dt&gt;&lt;dd&gt;&lt;br /&gt;&lt;/dd&gt;&lt;dt&gt;¡Ah, ved: entre los mimos en tumulto &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;una forma reptante se insinúa! &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;¡Roja como la sangre se retuerce &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;en la escena desnuda! &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;¡Se retuerce y retuerce! Y en tormentos &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;los mimos son su presa, &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;y sus fauces destilan sangre humana, &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;y los ángeles lloran. &lt;/dt&gt;&lt;dd&gt;&lt;br /&gt;&lt;/dd&gt;&lt;dt&gt;¡Apáganse las luces, todas, todas! &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;Y sobre cada forma estremecida &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;cae el telón, cortina funeraria, &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;con fragor de tormenta. &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;Y los ángeles pálidos y exangües, &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;ya de pie, ya sin velos, manifiestan &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;que el drama es el del "Hombre", y que es su héroe   &lt;/dt&gt;&lt;dt&gt;el Vencedor Gusano. &lt;/dt&gt;&lt;/dl&gt;   &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-¡Oh, Dios! -gritó casi Ligeia, incorporándose de un salto y tendiendo sus  brazos al cielo con un movimiento espasmódico, al terminar yo estos versos.  ¡Oh, Dios! ¡Oh, Padre Celestial! ¿Estas cosas ocurrirán irremisiblemente? ¿El  Vencedor no será alguna vez vencido? ¿No somos una parte, una parcela de Ti?  ¿Quién, quién conoce los misterios de la voluntad y su fuerza? El hombre no se  doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la  flaqueza de su débil voluntad.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Y entonces, como agotada por la emoción, dejó caer los blancos brazos y  volvió solemnemente a su lecho de muerte. Y mientras lanzaba los últimos  suspiros, mezclado con ellos brotó un suave murmullo de sus labios. Acerqué mi  oído y distinguí de nuevo las palabras finales del pasaje de Glanvill: "El  hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea  por la flaqueza de su débil voluntad".  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Murió; y yo, deshecho, pulverizado por el dolor, no pude soportar más la  solitaria desolación de mi morada, y la sombría y ruinosa ciudad a orillas del  Rin. No me faltaba lo que el mundo llama fortuna. Ligeia me había legado más,  mucho más, de lo que por lo común cae en suerte a los mortales. Entonces,  después de unos meses de vagabundeo tedioso, sin rumbo, adquirí y reparé en  parte una abadía cuyo nombre no diré, en una de las más incultas y menos  frecuentadas regiones de la hermosa Inglaterra. La sombría y triste vastedad del  edificio, el aspecto casi salvaje del dominio, los numerosos recuerdos  melancólicos y venerables vinculados con ambos, tenían mucho en común con los  sentimientos de abandono total que me habían conducido a esa remota y huraña  región del país. Sin embargo, aunque el exterior de la abadía, ruinoso, invadido  de musgo, sufrió pocos cambios, me dediqué con infantil perversidad, y quizá con  la débil esperanza de aliviar mis penas, a desplegar en su interior  magnificencias más que reales. Siempre, aun en la infancia, había sentido gusto  por esas extravagancias, y entonces volvieron como una compensación del dolor.  ¡Ay, ahora sé cuánto de incipiente locura podía descubrirse en los suntuosos y  fantásticos tapices, en las solemnes esculturas de Egipto, en las extrañas  cornisas, en los moblajes, en los vesánicos diseños de las alfombras de oro  recamado! Me había convertido en un esclavo preso en las redes del opio, y mis  trabajos y mis planes cobraron el color de mis sueños. Pero no me detendré en el  detalle de estos absurdos. Hablaré tan sólo de ese aposento por siempre maldito,  donde en un momento de enajenación conduje al altar -como sucesora de la  inolvidable Ligeia- a Rowena Trevanion de Tremaine, la de rubios cabellos y  ojos azules.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;No hay una sola partícula de la arquitectura y la decoración de aquella  cámara nupcial que no se presente ahora ante mis ojos. ¿Dónde tenía el corazón  la altiva familia de la novia para permitir, movida por su sed de oro, que una  doncella, una hija tan querida, pasara el umbral de un aposento tan adornado? He  dicho que recuerdo minuciosamente los detalles de la cámara -yo, que tristemente  olvido cosas de profunda importancia- y, sin embargo, no había orden, no había  armonía en aquel lujo fantástico, que se impusieran a mi memoria. La habitación  estaba en una alta torrecilla de la abadía fortificada, era de forma pentagonal  y de vastas dimensiones. Ocupaba todo el lado sur del pentágono la única  ventana, un inmenso cristal de Venecia de una sola pieza y de matiz plomizo, de  suerte que los rayos del sol o de la luna, al atravesarlo, caían con brillo  horrible sobre los objetos. En lo alto de la inmensa ventana se extendía el  enrejado de una añosa vid que trepaba por los macizos muros de la torre. El  techo, de sombrío roble, era altísimo, abovedado y decorosamente decorado con  los motivos más extraños, más grotescos, de un estilo semigótico, semidruídico.  Del centro mismo de esa melancólica bóveda colgaba, de una sola cadena de oro de  largos eslabones, un inmenso incensario del mismo metal, en estilo sarraceno,  con múltiples perforaciones dispuestas de tal manera que a través de ellas, como  dotadas de la vitalidad de una serpiente, veíanse las contorsiones continuas de  llamas multicolores.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Había algunas otomanas y candelabros de oro de forma oriental, y también el  lecho, el lecho nupcial, de modelo indio, bajo, esculpido en ébano macizo, con  baldaquino como una colgadura fúnebre. En cada uno de los ángulos del aposento  había un gigantesco sarcófago de granito negro proveniente de las tumbas reales  erigidas frente a Luxor, con sus antiguas tapas cubiertas de inmemoriales  relieves. Pero en las colgaduras del aposento se hallaba, ay, la fantasía más  importante. Los elevados muros, de gigantesca altura -al punto de ser  desproporcionados-, estaban cubiertos de arriba abajo, en vastos pliegues, por  una pesada y espesa tapicería, tapicería de un material semejante al de la  alfombra del piso, la cubierta de las otomanas y el lecho de ébano, del  baldaquino y de las suntuosas volutas de los cortinajes que velaban parcialmente  la ventana. Este material era el más rico tejido de oro, cubierto íntegramente,  con intervalos irregulares, por arabescos en realce, de un pie de diámetro, de  un negro azabache. Pero estas figuras sólo participaban de la condición de  arabescos cuando se las miraba desde un determinado ángulo. Por un procedimiento  hoy común, que puede en verdad rastrearse en periodos muy remotos de la  antigüedad, cambiaban de aspecto. Para el que entraba en la habitación tenían la  apariencia de simples monstruosidades; pero, al acercarse, esta apariencia  desaparecía gradualmente y, paso a paso, a medida que el visitante cambiaba de  posición en el recinto, se veía rodeado por una infinita serie de formas  horribles pertenecientes a la superstición de los normandos o nacidas en los  sueños culpables de los monjes. El efecto fantasmagórico era grandemente  intensificado por la introducción artificial de una fuerte y continua corriente  de aire detrás de los tapices, la cual daba una horrenda e inquietante animación  al conjunto.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Entre esos muros, en esa cámara nupcial, pasé con  Rowena de Tremaine las impías  horas del primer mes de nuestro matrimonio, y las pasé sin demasiada inquietud.  Que mi esposa temiera la índole hosca de mi carácter, que me huyera y me amara  muy poco, no podía yo pasarlo por alto; pero me causaba más placer que otra  cosa. Mi memoria volaba (¡ah, con qué intensa nostalgia!) hacia Ligeia, la  amada, la augusta, la hermosa, la enterrada. Me embriagaba con los recuerdos de  su pureza, de su sabiduría, de su naturaleza elevada, etérea, de su amor  apasionado, idólatra. Ahora mi espíritu ardía plena y libremente, con más  intensidad que el suyo. En la excitación de mis sueños de opio (pues me hallaba  habitualmente aherrojado por los grilletes de la droga) gritaba su nombre en el  silencio de la noche, o durante el día, en los sombreados retiros de los valles,  como si con esa salvaje vehemencia, con la solemne pasión, con el fuego  devorador de mi deseo por la desaparecida, pudiera restituirla a la senda que  había abandonado -ah, ¿era posible que fuese para siempre?- en la tierra.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Al comenzar el segundo mes de nuestro matrimonio, Rowena cayó  súbitamente enferma y se repuso lentamente. La fiebre que la consumía perturbaba  sus noches, y en su inquieto semisueño hablaba de sonidos, de movimientos que se  producían en la cámara de la torre, cuyo origen atribuí a los extravíos de su  imaginación o quizá a la fantasmagórica influencia de la cámara misma. Llegó, al  fin, la convalecencia y, por último, el restablecimiento total. Sin embargo,  había transcurrido un breve periodo cuando un segundo trastorno más violento la  arrojó a su lecho de dolor; y de este ataque, su constitución, que siempre fuera  débil, nunca se repuso del todo. Su mal, desde entonces, tuvo un carácter  alarmante y una recurrencia que lo era aún más, y desafiaba el conocimiento y  los grandes esfuerzos de los médicos. Con la intensificación de su mal crónico  -el cual parecía haber invadido de tal modo su constitución que era imposible  desarraigarlo por medios humanos-, no pude menos de observar un aumento similar  en su irritabilidad nerviosa y en su excitabilidad para el miedo motivado por  causas triviales. De nuevo hablaba, y ahora con más frecuencia e insistencia, de  los sonidos, de los leves sonidos y de los movimientos insólitos en las  colgaduras, a los cuales aludiera en un comienzo.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Una noche, próximo el fin de septiembre, impuso a mi atención este penoso  tema con más insistencia que de costumbre. Acababa de despertar de un sueño  inquieto, y yo había estado observando, con un sentimiento en parte de ansiedad,  en parte de vago terror, los gestos de su semblante descarnado. Me senté junto a  su lecho de ébano, en una de las otomanas de la India. Se incorporó a medias y  habló, con un susurro ansioso, bajo, de los sonidos que estaba oyendo y yo no  podía oír, de los movimientos que estaba viendo y yo no podía percibir. El  viento corría velozmente detrás de los tapices y quise mostrarle (cosa en la  cual, debo decirlo, no creía yo del todo) que aquellos suspiros casi  inarticulados y aquellas levísimas variaciones de las figuras de la pared eran  tan sólo los naturales efectos de la habitual corriente de aire. Pero la palidez  mortal que se extendió por su rostro me probó que mis esfuerzos por  tranquilizarla serían infructuosos. Pareció desvanecerse y no había criados a  quien recurrir. Recordé el lugar donde había un frasco de vino ligero que le  habían prescrito los médicos, y crucé presuroso el aposento en su busca. Pero,  al llegar bajo la luz del incensario, dos circunstancias de índole sorprendente  llamaron mi atención. Sentí que un objeto palpable, aunque invisible, rozaba  levemente mi persona, y vi que en la alfombra dorada, en el centro mismo del  rico resplandor que arrojaba el incensario, había una sombra, una sombra leve,  indefinida, de aspecto angélico, como cabe imaginar la sombra de una sombra.  Pero yo estaba perturbado por la excitación de una inmoderada dosis de opio;  poco caso hice a estas cosas y no las mencioné a Rowena. Encontré el vino, crucé  nuevamente la cámara y llené un vaso, que llevé a los labios de la desvanecida.  Ya se había recobrado un tanto, sin embargo, y tomó el vaso en sus manos,  mientras yo me dejaba caer en la otomana que tenía cerca, con los ojos fijos en  su persona. Fue entonces cuando percibí claramente un paso suave en la alfombra,  cerca del lecho, y un segundo después, mientras Rowena alzaba la copa de vino  hasta sus labios, vi o quizá soñé que veía caer dentro del vaso, como surgida de  un invisible surtidor en la atmósfera del aposento, tres o cuatro grandes gotas  de fluido brillante, del color del rubí. Si yo lo vi, no ocurrió lo mismo con  Rowena. Bebió el vino sin vacilar y me abstuve de hablarle de una circunstancia  que, según pensé, debía considerarse como sugestión de una imaginación excitada,  cuya actividad mórbida aumentaban el terror de mi mujer, el opio y la hora.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Sin embargo, no pude dejar de percibir que, inmediatamente después de la  caída de las gotas color rubí, se producía una rápida agravación en el mal de mi  esposa, de suerte que la tercera noche las manos de sus doncellas la prepararon  para la tumba, y la cuarta la pasé solo, con su cuerpo amortajado, en aquella  fantástica cámara que la recibiera recién casada. Extrañas visiones engendradas  por el opio revoloteaban como sombras delante de mí. Observé con ojos inquietos  los sarcófagos en los ángulos de la habitación, las cambiantes figuras de los  tapices, las contorsiones de las llamas multicolores en el incensario  suspendido. Mis ojos cayeron entonces, mientras trataba de recordar las  circunstancias de una noche anterior, en el lugar donde, bajo el resplandor del  incensario, había visto las débiles huellas de la sombra. Pero ya no estaba  allí, y, respirando con más libertad, volví la mirada a la pálida y rígida  figura tendida en el lecho. Entonces me asaltaron mil recuerdos de Ligeia, y  cayó sobre mi corazón, con la turbulenta violencia de una marea, todo el  indecible dolor con que había mirado su cuerpo amortajado. La noche avanzaba, y  con el pecho lleno de amargos pensamientos, cuyo objeto era mi único, mi supremo  amor, permanecí contemplando el cuerpo de Rowena.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Quizá fuera media noche, tal vez más temprano o más tarde, pues no tenía  conciencia del tiempo, cuando un sollozo sofocado, suave, pero muy claro, me  sacó bruscamente de mi ensueño. Sentí que venía del lecho de ébano, del lecho de  muerte. Presté atención en una agonía de terror supersticioso, pero el sonido no  se repitió. Esforcé la vista para descubrir algún movimiento del cadáver, mas no  advertí nada. Sin embargo, no podía haberme equivocado. Había oído el ruido,  aunque débil, y mi espíritu estaba despierto. Mantuve con decisión, con  perseverancia, la atención clavada en el cuerpo. Transcurrieron algunos minutos  sin que ninguna circunstancia arrojara luz sobre el misterio. Por fin, fue  evidente que un color ligero, muy débil y apenas perceptible se difundía bajo  las mejillas y a lo largo de las hundidas venas de los párpados. Con una especie  de horror, de espanto indecibles, que no tiene en el lenguaje humano expresión  suficientemente enérgica, sentí que mi corazón dejaba de latir, que mis miembros  se ponían rígidos. Sin embargo, el sentimiento del deber me devolvió la  presencia de ánimo. Ya no podía dudar de que nos habíamos apresurado en los  preparativos, de que Rowena aún vivía. Era necesario hacer algo inmediatamente;  pero la torre estaba muy apartada de las dependencias de la servidumbre, no  había nadie cerca, yo no tenía modo de llamar en mi ayuda sin abandonar la  habitación unos minutos, y no podía aventurarme a salir. Luché solo, pues, en mi  intento de volver a la vida el espíritu aún vacilante. Pero, al cabo de un breve  periodo, fue evidente la recaída; el color desapareció de los párpados y las  mejillas, dejándolos más pálidos que el mármol; los labios estaban doblemente  apretados y contraídos en la espectral expresión de la muerte; una viscosidad y  un frío repulsivos cubrieron rápidamente la superficie del cuerpo, y la habitual  rigidez cadavérica sobrevino de inmediato. Volví a desplomarme con un  estremecimiento en el diván de donde me levantara tan bruscamente y de nuevo me  entregué a mis apasionadas visiones de Ligeia.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Así transcurrió una hora cuando (¿era posible?) advertí por segunda vez un  vago sonido procedente de la región del lecho. Presté atención en el colmo del  horror. El sonido se repitió: era un suspiro. Precipitándome hacia el cadáver,  vi -claramente- temblar los labios. Un minuto después se entreabrían,  descubriendo una brillante línea de dientes nacarados. La estupefacción luchaba  ahora en mi pecho con el profundo espanto que hasta entonces reinara solo. Sentí  que mi vista se oscurecía, que mi razón se extraviaba, y sólo por un violento  esfuerzo logré al fin cobrar ánimos para ponerme a la tarea que mi deber me  señalaba una vez más. Había ahora cierto color en la frente, en las mejillas y  en la garganta; un calor perceptible invadía todo el cuerpo; hasta se sentía  latir levemente el corazón. Mi esposa vivía, y con redoblado ardor me entregué a  la tarea de resucitarla. Froté y friccioné las sienes y las manos, y utilicé  todos los expedientes que la experiencia y no pocas lecturas médicas me  aconsejaban. Pero en vano. De pronto, el color huyó, las pulsaciones cesaron,  los labios recobraron la expresión de la muerte y, un instante después, el  cuerpo todo adquiría el frío de hielo, el color lívido, la intensa rigidez, el  aspecto consumido y todas las horrendas características de quien ha sido, por  muchos días, habitante de la tumba.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Y de nuevo me sumí en las visiones de Ligeia, y de nuevo (¿y quién ha de  sorprenderse de que me estremezca al escribirlo?), de nuevo llegó a mis oídos un  sollozo ahogado que venía de la zona del lecho de ébano. Mas, ¿a qué detallar el  inenarrable horror de aquella noche? ¿A qué detenerme a relatar cómo, hasta  acercarse el momento del alba gris, se repitió este horrible drama de  resurrección; cómo cada espantosa recaída terminaba en una muerte más rígida y  aparentemente más irremediable; cómo cada agonía cobraba el aspecto de una lucha  con algún enemigo invisible, y cómo cada lucha era sucedida por no sé qué  extraño cambio en el aspecto del cuerpo? Permitidme que me apresure a concluir.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;La mayor parte de la espantosa noche había transcurrido, y la que estuviera  muerta se movió de nuevo, ahora con más fuerza que antes, aunque despertase de  una disolución más horrenda y más irreparable. Yo había cesado hacía rato de  luchar o de moverme, y permanecía rígido, sentado en la otomana, presa indefensa  de un torbellino de violentas emociones, de todas las cuales el pavor era quizá  la menos terrible, la menos devoradora. El cadáver, repito, se movía, y ahora  con más fuerza que antes. Los colores de la vida cubrieron con inusitada energía  el semblante, los miembros se relajaron y, de no ser por los párpados aún  apretados y por las vendas y paños que daban un aspecto sepulcral a la figura,  podía haber soñado que Rowena había sacudido por completo las cadenas de la  muerte. Pero si entonces no acepté del todo esta idea, por lo menos pude salir  de dudas cuando, levantándose del lecho, a tientas, con débiles pasos, con los  ojos cerrados y la manera peculiar de quien se ha extraviado en un sueño, aquel  ser amortajado avanzó osadamente, palpablemente, hasta el centro del aposento.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;No temblé, no me moví, pues una multitud de ideas inexpresables vinculadas  con el aire, la estatura, el porte de la figura cruzaron velozmente por mi  cerebro, paralizándome, convirtiéndome en fría piedra. No me moví, pero  contemplé la aparición. Reinaba un loco desorden en mis pensamientos, un tumulto  incontenible. ¿Podía ser, realmente, Rowena viva la figura que tenía delante?  ¿Podía ser realmente Rowena,  Rowena Trevanion de Tremaine, la de los  cabellos rubios y los ojos azules? ¿Por qué, por qué lo dudaba? El vendaje ceñía  la boca, pero ¿podía no ser la boca de Rowena de Tremaine? Y las mejillas -con  rosas como en la plenitud de su vida-, sí podían ser en verdad las hermosas  mejillas de la viviente señora de Tremaine. Y el mentón, con sus hoyuelos, como  cuando estaba sana, ¿podía no ser el suyo? Pero entonces, ¿había crecido ella  durante su enfermedad? ¿Qué inenarrable locura me invadió al pensarlo? De un  salto llegué a sus pies. Estremeciéndose a mi contacto, dejó caer de la cabeza,  sueltas, las horribles vendas que la envolvían, y entonces, en la atmósfera  sacudida del aposento, se desplomó una enorme masa de cabellos desordenados:  ¡eran más negros que las alas de cuervo de la medianoche! Y lentamente se  abrieron los ojos de la figura que estaba ante mí. "¡En esto, por lo menos  -grité-, nunca, nunca podré equivocarme! ¡Éstos son los grandes ojos, los ojos  negros, los extraños ojos de mi perdido amor, los de... los de LIGEIA!"&lt;/p&gt;&lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);" align="center"&gt; FIN&lt;/p&gt;&lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);" align="center"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: left; color: rgb(0, 0, 0);"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Traducción de Julio        Cortázar&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: left; color: rgb(0, 0, 0);"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: left; color: rgb(0, 0, 0);"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;font-size:130%;" &gt;TOMADO DE&lt;/span&gt;: &lt;a title="Página principal de Ciudad Seva" target="_self" href="http://www.ciudadseva.com/"&gt;       &lt;img style="width: 108px; height: 24px;" src="http://www.ciudadseva.com/grafs/cs200.jpg" alt="CiudadSeva.com" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3973655090997291327-3321371817301402924?l=paginasdeaguachat.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/feeds/3321371817301402924/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3973655090997291327&amp;postID=3321371817301402924&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/3321371817301402924'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/3321371817301402924'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/2009/05/edgar-allan-poe.html' title='Edgar Allan Poe'/><author><name>TALLER DE ESCRITURA CREATIVA PAGINAS DE AGUA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07758999953209390024</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='31' src='http://2.bp.blogspot.com/_QFJBCx5ImXA/SWznYtYNTAI/AAAAAAAAAQI/D66tS9GPwAg/S220/TALLERPAGINASDEAGUA.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3973655090997291327.post-4352944030732573354</id><published>2009-04-27T09:09:00.000-07:00</published><updated>2009-04-27T09:17:50.274-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Thomas Mann'/><title type='text'>Thomas Mann</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: center; font-weight: bold; color: rgb(0, 0, 0);"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;La muerte&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="color: rgb(0, 0, 0);" &gt;&lt;br /&gt;10 de              septiembre &lt;/span&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Por fin ha llegado el otoño; el verano no              retornará. Jamás volveré a verlo... &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;El mar está gris y tranquilo, y cae una              lluvia fina, triste. Cuando lo vi esta mañana, me despedí del verano              y saludé al otoño, al número cuarenta de mis otoños, que al fin ha              llegado, inexorable. E inexorablemente traerá consigo aquel día,              cuya fecha a veces recito en voz baja, con una sensación de              recogimiento y terror íntimo... &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;12 de septiembre &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;He salido a pasear un poco con la pequeña              Asunción. Es una buena compañera, que calla y a veces me mira              alzando hacia mí sus ojos grandes y llenos de cariño. &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Hemos ido por el camino de la playa hacia              Kronshafen, pero dimos la vuelta a tiempo, antes de habernos              encontrado a más de una o dos personas. &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Mientras volvíamos me alegró ver el aspecto              de mi casa. ¡Qué bien la había escogido! Desde una colina, cuya              hierba se hallaba ahora muerta y húmeda, miraba el mar de color              gris. Sencilla y gris es también la casa. Junto a la parte posterior              pasa la carretera, y detrás hay campos. Pero yo no me fijo en eso;              miro sólo el mar. &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;15 de septiembre &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Esa casa solitaria sobre la colina cercana              al mar y bajo el cielo gris es como una leyenda sombría, misteriosa,              y así es como quiero que sea en mi último otoño. Pero esta tarde,              cuando estaba sentado ante la ventana de mi estudio, se presentó un              coche que traía provisiones; el viejo Franz ayudaba a descargar, y              hubo ruidos y voces diversas. No puedo explicar hasta qué punto me              molestó esto. Temblaba de disgusto, y ordené que tal cosa se hiciera              por la mañana, cuando yo duermo. El viejo Franz dijo sólo: "Como              usted disponga, señor Conde", pero me miró con sus ojos irritados,              expresando temor y duda. &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;¿Cómo podría comprenderme? Él no lo sabe.              No quiero que la vulgaridad y el aburrimiento manchen mis últimos              días. Tengo miedo de que la muerte pueda tener algo aburguesado y              ordinario. Debe estar a mi alrededor arcana y extraña, en aquel día              grande, solemne, misterioso, del doce de octubre... &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;18 de septiembre &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Durante los últimos días no he salido, sino              que he pasado la mayor parte del tiempo sobre el diván. No pude leer              mucho, porque al hacerlo todos mis nervios me atormentaban. Me he              limitado a tenderme y a mirar la lluvia que caía, lenta e              incansable. &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Asunción ha venido a menudo, y una vez me              trajo flores, unas plantas escuálidas y mojadas que encontró en la              playa; cuando besó a la niña para darle las gracias, lloró porque yo              estaba "enfermo". ¡Qué impresión indeciblemente dolorosa me produjo              su cariño melancólico! &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;21 de septiembre &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;He estado mucho tiempo sentado ante la              ventana del estudio, con Asunción sobre mis rodillas. Hemos mirado              el mar, gris e inmenso, y detrás de nosotros en la gran habitación              de puerta alta y blanca y rígidos muebles reinaba un gran silencio.              Y mientras acariciaba lentamente el suave cabello de la criatura,              negro y liso, que cae sobre sus hombros, recordé mi vida abigarrada              y variada; recordé mi juventud, tranquila y protegida, mis              vagabundeos por el mundo y la breve y luminosa época de mi              felicidad. ¿Te acuerdas de aquella criatura encantadora y de              ardiente cariño, bajo el cielo de terciopelo de Lisboa? Hace doce              que te hizo el regalo de la niña y murió, ciñendo tu cuello con su              delgado brazo. &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;La pequeña Asunción tiene los ojos negros              de su madre; sólo que más cansados y pensativos. Pero sobre todo              tiene su misma boca, esa boca tan infinitamente blanda y al mismo              tiempo algo amarga, que es más bella cuando guarda silencio y se              limita a sonreír muy levemente. &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;¡Mi pequeña Asunción!, si supieras que              habré de abandonarte. ¿Llorabas porque me creías "enfermo"? ¡Ah!              ¿Qué tiene que ver eso? ¿Qué tiene que ver eso con el de octubre...?             &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;23 de septiembre &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Los días en que puedo pensar y perderme en              recuerdos son raros. Cuántos años hace ya que sólo puedo pensar              hacia delante, esperando sólo este día grande y estremecedor, el              doce de octubre del año cuadragésimo de mi vida. &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;¿Cómo será? ¿Cómo será? No tengo miedo,              pero me parece que se acerca con una lentitud torturante, ese doce              octubre. &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;27 de septiembre &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;El viejo doctor Gudehus vino de Kronshafen;              llegó en coche por la carretera y almorzó con la pequeña Asunción y              conmigo. &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-Es necesario -dijo, mientras se comía              medio pollo- que haga usted ejercicio, señor Conde, mucho ejercicio              al aire libre. ¡Nada de leer! ¡Nada de cavilar! Me temo que es usted              un filósofo, ¡je, je! &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Me encogí de hombros y le agradecí              cordialmente sus esfuerzos. También dio consejos referentes a la              pequeña Asunción, contemplándola con su sonrisa un poco forzada y              confusa. Ha tenido que aumentar mi dosis de bromuro; quizás ahora              podré dormir un poco mejor. &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;30 de septiembre &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-¡El último día de septiembre! Ya falta              menos, ya falta menos. Son las tres de la tarde, y he calculado              cuántos minutos faltan aún hasta el comienzo del doce de octubre.              Son 8,460. &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;No he podido dormir esta noche, porque se              ha levantado el viento, y se oye el rumor del mar y de la lluvia. Me              he quedado echado, dejando pasar el tiempo. ¿Pensar, cavilar? ¡Ah,              no! El doctor Gudehus me toma por un filósofo, pero mi cabeza está              muy débil y sólo puedo pensar: ¡La muerte! ¡La muerte! &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;2 de octubre &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Estoy profundamente conmovido, y en mi              emoción hay una sensación de triunfo. A veces, cuando lo pensaba y              me miraba con duda y temor, me daba cuenta de que me tomaban por              loco, y me examinaba a mí mismo con desconfianza. ¡Ah, no! No estoy              loco. &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Leí hoy la historia de aquel emperador              Federico, al que profetizaran que moriría sub flore. Por eso evitaba              las ciudades de Florencia y Florentinum, pero en cierta ocasión fue              a parar en Florentinum, y murió. ¿Por qué murió? &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Una profecía, en sí, no tiene importancia;              depende de si consigue apoderarse de ti. Mas si lo consigue, queda              demostrada y por lo tanto se cumplirá. ¿Cómo? ¿Y por qué una              profecía que nace de mí mismo y se fortalece, no ha de ser tan              válida como la que proviene de fuera? ¿Y acaso el conocimiento firme              del momento en que se ha de morir, no es tan dudoso como el del              lugar? &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;¡Existe una unión constante entre el hombre              y la muerte! Con tu voluntad y tu convencimiento, puedes adherirte a              su esfera, puedes llamarla para que se acerque a ti en la hora que              tú creas... &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;3 de octubre &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Muchas veces, cuando mis pensamientos se              extienden ante mí como unas aguas grisáceas, que me parecen              infinitas porque están veladas por la niebla, veo algo así como las              relaciones de las cosas, y creo reconocer la insignificancia de los              conceptos. &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;¿Qué es el suicidio? ¿Una muerte              voluntaria? Nadie muere involuntariamente. El abandonar la vida y              entregarse a la muerte ocurre siempre por debilidad, y la debilidad              es siempre la consecuencia de una enfermedad del cuerpo o del              espíritu, o de ambos a la vez. No se muere antes de haberse uno              conformado con la idea... &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;¿Estoy conforme yo? Así lo creo, pues me              parece que podría volverme loco si no muriera el doce de octubre...             &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;5 de octubre &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Pienso continuamente en ello, y me ocupa              completamente. Reflexiono sobre cuándo y cómo tuve esta seguridad, y              no me veo capaz de decirlo. A los diecinueve o veinte años ya sabía              que moriría cuando tuviera cuarenta, y alguna vez que me pregunté              con insistencia en qué día tendría lugar, supe también el día.             &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Y ahora este día se ha acercado tanto, tan              cerca, que me parece sentir el aliento frío de la muerte.              &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;7 de octubre &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;El viento se ha hecho más intenso, el mar              ruge y la lluvia tamborilea sobre el tejado. Durante la noche no he              dormido, sino que he salido a la playa con mi impermeable y me he              sentado sobre una piedra. &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Detrás de mí, en la oscuridad y la lluvia,              estaba la colina con la casa gris, en la que dormía la pequeña              Asunción, mi pequeña Asunción. Y ante mí, el mar empujaba su turbia              espuma delante de mis pies. &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Miré durante toda la noche, y me pareció              que así debía ser la muerte o el más allá de la muerte: enfrente y              fuera una oscuridad infinita, llena de un sordo fragor.              ¿Sobreviviría allí una idea, un algo de mí, para escuchar              eternamente el incomprensible ruido? &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;8 de octubre &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;He de dar gracias a la muerte cuando              llegue, pues todo se habrá cumplido tan pronto como llegue el              momento en que yo ya no pueda seguir esperando. Tres breves días de              otoño todavía, y ocurrirá. ¡Cómo espero el último momento, el último              de verdad! ¿No será un momento de éxtasis y de indecible dulzura?              ¿Un momento de placer máximo? &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Tres breves días de otoño aún, y la muerte              entrará en mi habitación... ¿Cómo se conducirá? ¿Me tratará como a              un gusano? ¿Me agarrará por la garganta para ahogarme? ¿O penetrará              con su mano mi cerebro? Me la imagino grande y hermosa y de una              salvaje majestad. &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;9 de octubre &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Le dije a Asunción, cuando estaba sobre mis              rodillas: "¿Qué pasaría si me marchara pronto de tu lado, de algún              modo? ¿Estarías muy triste?" Ella apoyó su cabecita en mi pecho y              lloró amargamente. Mi garganta está estrangulada de dolor.              &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Por lo demás, tengo fiebre. Mi cabeza arde,              y tiemblo de frío. &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;10 de octubre &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;¡Esta noche estuvo aquí, esta noche! No la              vi, ni la oí, pero a pesar de eso hablé con ella. Es ridículo, pero              se comportó como un dentista: "Es mejor que acabemos pronto", dijo.              Pero yo no quise y me defendí; la eché con unas breves palabras.             &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;"¡Es mejor que acabemos pronto!" ¡Cómo              sonaban esas palabras! Me sentí traspasado. ¡Qué cosa más              indiferente, aburrida, burguesa! Nunca he conocido un sentimiento              tan frío y sardónico de decepción. &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;11 de octubre (a las 11 de la noche)              &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;¿Lo comprendo? ¡Oh! ¡Créanme, lo comprendo!             &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Hace una hora y media estaba yo en mi              habitación y entró el viejo Franz; temblaba y sollozaba. &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-¡La señorita -exclamó-. ¡La niña! ¡Por              favor, venga en seguida! &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Y yo fui en seguida. No lloré, y sólo me              sacudió un frío estremecimiento. Ella estaba en su camita, y su              cabello negro enmarcaba su pequeño rostro, pálido y doloroso. Me              arrodillé junto a ella y no pensé nada ni hice nada. Llegó el doctor              Gudehus. &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-Ha sido un ataque cardíaco -dijo, moviendo              la cabeza como uno que no está sorprendido. ¡Ese loco rústico hacía              como si de veras hubiera sabido algo! &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Pero yo, ¿he comprendido? ¡Oh!, cuando              estuve solo con ella -afuera rumoreaban la lluvia y el mar, y el              viento gemía en la chimenea-, di un golpe en la mesa, tan clara me              iluminó la verdad un instante. Durante veinte años he llamado la              muerte al día que comenzará dentro de una hora, y en mí, muy              profundamente, había algo que siempre supo que no podría abandonar a              esta niña. ¡No hubiera podido morir después de esta medianoche; sin              embargo, así debía ocurrir! Yo hubiera vuelto a rechazarla cuando se              hubiera presentado: pero ella se dirigió antes a la niña, porque              tenía que obedecer a lo que yo sabía y creía. ¿He sido yo mismo              quien ha llamado la muerte a tu camita, te he matado yo, mi pequeña              Asunción? ¡Ah, las palabras son burdas y míseras para hablar de              cosas tan delicadas, misteriosas! &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;¡Adiós, adiós! Quizá yo encuentre allí              afuera una idea, un algo de ti. Pues mira: la manecilla del reloj              avanza, y la lámpara que ilumina tu dulce carita no tardará en              apagarse. Mantengo tu mano, pequeña y fría, y espero. Pronto se              acercará ella a mí, y yo no haré más que asentir con la cabeza y              cerrar los ojos, cuando la oiga decir: &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-Es mejor que acabemos pronto...              &lt;/p&gt;             &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);" align="center"&gt;FIN&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3973655090997291327-4352944030732573354?l=paginasdeaguachat.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/feeds/4352944030732573354/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3973655090997291327&amp;postID=4352944030732573354&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/4352944030732573354'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/4352944030732573354'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/2009/04/thomas-mann.html' title='Thomas Mann'/><author><name>TALLER DE ESCRITURA CREATIVA PAGINAS DE AGUA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07758999953209390024</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='31' src='http://2.bp.blogspot.com/_QFJBCx5ImXA/SWznYtYNTAI/AAAAAAAAAQI/D66tS9GPwAg/S220/TALLERPAGINASDEAGUA.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3973655090997291327.post-8374305947827549159</id><published>2009-04-22T10:19:00.000-07:00</published><updated>2009-04-23T09:17:18.663-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='ANTOLOGÍA DE CUENTOS'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Anton Chejov'/><title type='text'>Historia de un contrabajo</title><content type='html'>&lt;span style="color: rgb(128, 0, 0);font-size:180%;" &gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: center; font-weight: bold;"&gt;&lt;span style="color: rgb(128, 0, 0);font-size:180%;" &gt;         &lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(0, 0, 0);font-size:85%;" &gt;[Cuento. Texto completo]&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;p style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: center; font-weight: bold;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;         Anton Chejov&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;&lt;br /&gt;Procedente de la ciudad, el músico Smichkov se dirigía a  la casa de campo del príncipe Bibulov, en la que, con motivo de una petición de  mano, había de tener lugar una fiesta con música y baile. Sobre su espalda  descansaba un enorme contrabajo metido en una funda de cuero. Smichkov caminaba  por la orilla del río, que dejaba fluir sus frescas aguas, si no  majestuosamente, al menos de un modo suficientemente poético. &lt;/span&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;"¿Y si me bañara?", pensó.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Sin detenerse a considerarlo mucho, se desnudó y  sumergió su cuerpo en la fresca corriente. La tarde era espléndida, y el alma  poética de Smichkov comenzó a sentirse en consonancia con la armonía que lo  rodeaba. ¡Qué dulce sentimiento no invadiría, por tanto, su alma al descubrir  (después de dar unas cuantas brazadas hacia un lado) a una linda muchacha que  pescaba sentada en la orilla cortada a pico! El músico se sintió de pronto  asaltado por un cúmulo de sentimientos diversos... Recuerdos de la niñez...  tristezas del pasado... y amor naciente... ¡Dios mío!... ¡Y pensar que ya no se  creía capaz de amar!...&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Habiendo perdido la fe en la humanidad (su amada mujer  se había fugado con su amigo el fagot Sobakin), en su pecho había quedado un  vacío que lo había convertido en un misántropo. &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;"¿Qué es la vida? -se preguntaba con frecuencia-. ¿Para  qué vivimos?... ¡La vida es un mito, un sueño, una prestidigitación...!"  Detenido ante la dormida beldad (no era difícil ver que estaba dormida), de  pronto e involuntariamente sintió en su pecho algo semejante al amor. Largo rato  permaneció ante ella devorándola con los ojos.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;"¡Basta! -pensó exhalando un profundo suspiro-. ¡Adiós,  maravillosa aparición! ¡Llegó la hora de partir para el baile de su excelencia!"  Después de contemplarla una vez más, y cuando se disponía a volver nadando, por  su cabeza pasó rauda una idea: "He de dejarle algo en recuerdo mío -pensó-.  Dejaré algo prendido en su caña de pescar. ¡Será una sorpresa que le envía un  desconocido!" Smichkov nadó suavemente hacia la orilla, cortó un gran ramo de  flores silvestres y acuáticas y, después de atarlo con un junco, lo enganchó a  la caña. El ramo se hundió hasta el fondo, pero arrastró consigo el lindo  flotador.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;El buen sentido, las leyes de la naturaleza y la  posición social de mi héroe exigirían que este cuento acabara en este preciso  punto; pero, ¡ay...! El designio del autor es irreductible... Por causas que no  dependen de él, el cuento no terminó con la ofrenda del ramo de flores. Pese a  la sensatez de su juicio y a la naturaleza de las cosas, el humilde contrabajo  estaba llamado a representar un papel importante en la vida de la noble y rica  beldad.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Al acercarse nadando a la orilla, Smichkov quedó  asombrado de no ver sus prendas de vestir. Se las habían robado. Unos  malhechores desconocidos lo habían despojado de todo mientras él contemplaba a  la beldad, dejándole sólo el contrabajo y la chistera.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-¡Maldición! -exclamó Smichkov-. ¡Oh, gentes  engendradas por la malicia! ¡No me indigna tanto la pérdida de mi vestimenta, ya  que la vestimenta es vanidad, como el verme obligado a ir desnudo, atacando con  ello la decencia pública!&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Y sentándose sobre el estuche del contrabajo se puso a  buscar una solución a su terrible situación. &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;"No puedo presentarme desnudo en casa del príncipe  Bibulov -pensaba-. ¡Habrá damas! ¡Y, además, los ladrones, al robarme los  pantalones, se llevaron al mismo tiempo las partituras que tenía en el  bolsillo!" Meditó tan largo rato que llegó a sentir dolor en las sienes.  &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;"¡Ah...! -se acordó de pronto-. No lejos de la orilla,  entre los arbustos, hay un puentecillo... Puedo meterme debajo de él hasta que  anochezca, y cuando sea de noche, en la oscuridad, me deslizaré hasta la primera  casa."&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Con este pensamiento, Smichkov se caló la chistera,  cargó el contrabajo sobre su espalda y se dirigió con paso vacilante hacia los  arbustos. Desnudo y con aquel instrumento musical sobre la espalda, recordaba a  cierto antiguo y mitológico semidiós.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Y ahora, lector mío, mientras mi héroe está sentado  bajo el puente lleno de tristeza, volvamos a la joven pescadora. ¿Qué había sido  de ésta?&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Al despertarse la beldad y no ver en el agua su  flotador, se apresuró a tirar del sedal. Este se hizo tirante, pero ni el  anzuelo ni el flotador salieron a la superficie. Sin duda, el ramo de Smichkov,  al llenarse de agua, se había hecho pesado.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;"O bien he pescado un pez muy grande o el anzuelo se me  ha enganchado en algo", pensó la joven.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Tiró unas cuantas veces más de la cuerda y al fin  decidió que el anzuelo se había, efectivamente, enganchado en algo. &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;"¡Qué lástima! -pensó-. ¡Se pesca tan bien al  anochecer...! ¿Qué haré?" La extravagante joven, sin pensarlo mucho, se quitó la  ligera ropa y sumergió el maravilloso cuerpo en el agua hasta la altura de los  marmóreos hombros. No era tarea fácil desprender el anzuelo del ramo enredado en  el sedal; pero la paciencia y el trabajo dieron su fruto. Poco más o menos de un  cuarto de hora después, la beldad salía resplandeciente del agua, con el anzuelo  en la mano.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Un destino funesto la acechaba, sin embargo. Los mismos  granujas que robaron la ropa de Smichkov se habían llevado también la suya,  dejándole sólo el frasco de los gusanos.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;"¿Qué hacer? -lloró la joven-. ¿Será posible que tenga  que marchar de este modo?... ¡No! ¡Nunca! ¡Antes la muerte! Esperaré a que  oscurezca, y en la sombra me iré a la casa de la tía Agafia, desde donde mandaré  a la mía por un vestido... Mientras tanto, me esconderé debajo del  puentecillo..."&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Y mi heroína, escogiendo aquellos sitios por donde la  hierba era más alta y agachándose, se dirigió corriendo al puentecillo. Al  deslizarse bajo éste y ver allí a un hombre desnudo, con artística melena y  velludo pecho, la joven lanzó un grito y perdió el sentido.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Smichkov también se asustó. Primeramente tomó a la  joven por una ondina.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;"¿Es tal vez una sirena venida para seducirme? -pensó,  suposición que lo halagó, pues siempre había tenido una alta opinión de su  exterior-. Mas si no es una sirena, sino un ser humano, ¿cómo explicarse esta  extraña metamorfosis?" -¿Por qué está aquí, debajo de este puente? ¿Qué le  sucede? -preguntó a la joven.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Mientras buscaba una respuesta a estas preguntas, la  beldad recobró el sentido. &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-¡No me mate! -dijo en voz baja-. Soy la princesa  Bibulov. ¡Se lo ruego! Lo recompensarán con largueza. Estuve dentro del agua  desenganchando mi anzuelo y unos ladrones me robaron el vestido nuevo, los  zapatos y las demás ropas.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-Señorita... -dijo Smichkov, con voz suplicante-. A mí  también me han robado la ropa, y no sólo eso, sino que, además, al robarme los  pantalones se llevaron las partituras que estaban en el bolsillo.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Los contrabajos y los trombones son, por lo general,  gente apocada; pero Smichkov constituía una agradable excepción.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-Señorita -dijo, pasados unos instantes-. Veo que la  conturba mi aspecto; pero estará usted de acuerdo conmigo en que, por las mismas  razones suyas, me es imposible salir de aquí. Escuche, pues, lo que he pensado:  ¿aceptará usted meterse en la caja de mi contrabajo y cubrirse con la tapa? Esto  la escondería a mi vista...&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Diciendo esto, Smichkov sacó el contrabajo del estuche.  Por un momento le pareció que al cederlo profanaba el sagrado arte; pero su  vacilación no duró largo tiempo. La beldad se metió, encogiéndose, en el estuche  y el músico anudó las correas, celebrando mucho que la naturaleza lo hubiera  obsequiado con tanta inteligencia. &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-Ahora, señorita, no me ve usted. Siga ahí echada y  quédese tranquila. Cuando oscurezca la llevaré a casa de sus padres. El  contrabajo volveré a buscarlo más tarde. &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Una vez anochecido, Smichkov se echó al hombro el  estuche que contenía a la beldad, y cargado con él se dirigió a la casa de campo  de Bibulov. Su plan era el siguiente: pasaría primero por la casa más próxima  para procurarse ropa y proseguiría después su camino...&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;"No hay mal que por bien no venga -pensaba mientras  levantaba el polvo con sus pies desnudos y se doblaba bajo su carga-.  Seguramente, por haber intervenido con tanta eficacia en el destino de la  princesa Bibulov, seré generosamente recompensado."&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-¿Está usted cómoda, señorita? -preguntaba con el tono  de un galante caballero que invita a bailar un quadrillé-. No se preocupe, tenga  la bondad, acomódese en mi estuche como si estuviera en su casa.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;De repente, se le antojó al galante Smichkov que  delante de él y ocultas en la sombra iban dos figuras humanas. Mirando con más  detenimiento, se convenció de que no se trataba de una ilusión óptica. Dos  figuras caminaban, en efecto, delante de él, llevando unos bultos en la mano.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;"¿Serán éstos los ladrones? -pasó por su cabeza-.  Parecen llevar algo... Con seguridad, nuestras ropas...&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Y Smichkov, depositando el estuche al borde del camino,  salió corriendo en persecución de las figuras. &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-¡Alto! -gritaba-. ¡Alto!... ¡Atrápenlos!&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Las figuras volvieron la cabeza, y al notar que los  iban persiguiendo, echaron a correr... Aun durante largo rato escuchó la  princesa pasos veloces y el grito de: "¡Alto!, ¡alto!" Por último, todo quedó en  silencio.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Smichkov estaba entregado a la persecución, y  seguramente la beldad hubiera permanecido largo tiempo en el campo, al borde del  camino, si no hubiera sido por un feliz juego de azar. Ocurrió, en efecto, que  al mismo tiempo y por el mismo camino, se dirigían a la casa de campo de Bibulov  los compañeros de Smichkov, el flauta Juchkov y el clarinete Rasmajaikin. Al  tropezar con el estuche, ambos se miraron asombrados. &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-¡El contrabajo! -dijo Juchkov-. ¡Vaya, vaya! ¡Pero si  es el contrabajo de nuestro Smichkov! ¿Cómo ha venido a parar aquí?&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-Esto es que a Smichkov le ha ocurrido algo -decidió  Rasmajaikin.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-O que se ha emborrachado y lo han robado... Sea como  sea, no debemos dejar aquí el contrabajo. Nos lo llevaremos.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Juchkov cargó el estuche sobre sus espaldas, y los  músicos prosiguieron su camino.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-¡Diablos ! ¡Lo que pesa! -gruñía el flauta durante el  camino-. ¡Por nada del mundo hubiera consentido yo en tocar en este monstruo!  ¡Uf!&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Al llegar a la casa de campo del príncipe Bibulov, los  músicos dejaron el estuche en el sitio reservado a la orquesta y se fueron al  buffet.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;En aquella hora ya se habían empezado a encender arañas  y brazos de luz.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;El novio (el consejero de Corte Lakeich), guapo y  simpático funcionario del Servicio de Comunicaciones, con las manos metidas en  los bolsillos, conversaba en el centro de la habitación con el conde Schkalikov.  Hablaban de música.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-En Nápoles, conde -decía Lakeich-, conocí a un  violinista que hacía verdaderos milagros. No lo creerá usted, pero con un  contrabajo de lo más corriente lograba unos trinos... ¡Algo fantástico! Tocaba  con él los valses de Strauss. &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-¡Por Dios! -dudó, el conde-. ¡Eso es imposible!&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-¡Se lo aseguro! ¡Y hasta las rapsodias de Listz! Yo  vivía en la misma fonda que él y, como no tenía nada que hacer, llegué a  aprender en el contrabajo la rapsodia de Liszt.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-¿La rapsodia de Liszt? ¡Hum!... ¿Está usted bromeando?&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;-¿No lo cree usted? -rió Lakeich-. Pues se lo voy a  demostrar ahora mismo. Vamos a la orquesta.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Y el novio y el conde se dirigieron a la orquesta. Se  acercaron al contrabajo, desataron rápidamente las correas y... ¡oh espanto!&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Pero ahora, mientras el lector da libertad a la  imaginación y se dibuja el final de aquella discusión musical, volvamos a  Smichkov... El pobre músico, no habiendo podido alcanzar a los ladrones, volvió  al lugar en que había dejado el estuche: pero ya no estaba allí la preciosa  carga. Perdido en suposiciones, pasó y repasó varias veces por aquel paraje y,  no encontrando el estuche, decidió que había ido a parar a otro camino.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt; "¡Esto es terrible ! -pensaba mesándose los  cabellos y presa de un frío interior-. ¡Se asfixiará dentro del estuche! ¡Soy un  asesino!" Ya había entrado la medianoche y Smichkov continuaba dando vueltas por  el camino, buscando el estuche. Por fin volvió a meterse bajo el puentecillo.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;"Seguiré buscando cuando amanezca", decidió.&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Al amanecer, la búsqueda dio el mismo resultado y  Smichkov decidió esperar debajo del puente a que llegara la noche...&lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;"La encontraré -mascullaba, quitándose la chistera y  tirándose del pelo-. ¡Aunque tarde un año, la encontraré!" &lt;/p&gt; &lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Todavía hoy, los campesinos que habitan los lugares  descritos cuentan cómo por las noches, junto al puentecillo, puede verse a un  hombre desnudo, todo cubierto de pelo y tocado con una chistera. Cuentan también  que, a veces, debajo del puente, se oyen roncos sonidos de contrabajo.&lt;/p&gt;&lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;font-size:130%;" &gt;TOMADO DE&lt;/span&gt;: &lt;a title="Página principal de Ciudad Seva" target="_self" href="http://www.ciudadseva.com/"&gt;       &lt;img style="width: 108px; height: 24px;" src="http://www.ciudadseva.com/grafs/cs200.jpg" alt="CiudadSeva.com" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;       &lt;span style="font-size:78%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3973655090997291327-8374305947827549159?l=paginasdeaguachat.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/feeds/8374305947827549159/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3973655090997291327&amp;postID=8374305947827549159&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/8374305947827549159'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/8374305947827549159'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/2009/04/historia-de-un-contrabajo.html' title='Historia de un contrabajo'/><author><name>TALLER DE ESCRITURA CREATIVA PAGINAS DE AGUA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07758999953209390024</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='31' src='http://2.bp.blogspot.com/_QFJBCx5ImXA/SWznYtYNTAI/AAAAAAAAAQI/D66tS9GPwAg/S220/TALLERPAGINASDEAGUA.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3973655090997291327.post-8230640868570150978</id><published>2009-03-01T11:12:00.000-08:00</published><updated>2009-03-01T11:15:06.234-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La Universidad de Córdoba'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='CONVOCATORIAS'/><title type='text'>Primer Concurso Regional de Minicuento -Zona Caribe - “Antonio Mora Vélez”</title><content type='html'>La Universidad de Córdoba a través del Grupo de Investigación en Literatura de Córdoba (GILC); el Departamento de Español y Literatura; la Facultad de Educación y Ciencias Humanas y con el apoyo de la Oficina de Bienestar Universitario, convoca a todos los escritores nacidos en la Costa Caribe colombiana a participar en el Primer Concurso Regional de Minicuento - Zona Caribe -2008.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bases del concurso&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1.Los participantes podrán competir con un minicuento, cuya extensión no exceda una cuartilla (hoja tamaño carta), en letra arial, 12 puntos, espacio sencillo con márgenes de 3 centímetros.&lt;br /&gt;2.Se debe enviar en un sobre:&lt;br /&gt;a.Original del minicuento y dos copias, identificadas con seudónimo.&lt;br /&gt;b.Un sobre pequeño identificado por fuera con seudónimo y título del cuento y en documento interno los datos del autor (nombre completo, número de cédula, dirección, teléfono, correo electrónico y una breve nota biográfica).&lt;br /&gt;3.Los minicuentos deben ser inéditos y no deben estar concursando en otro certamen.&lt;br /&gt;4.Los originales no serán devueltos, ni se remitirá acuse de recibo.&lt;br /&gt;5.La convocatoria queda abierta desde el 15 de febrero hasta el 15 de abril de 2008.&lt;br /&gt;6.La empresa prestadora del servicio de correo dará fe de la fecha o registro del envío.&lt;br /&gt;7.Se concederán 3 premios:&lt;br /&gt;a.Primer puesto: $ 1.500.000&lt;br /&gt;b.Segundo puesto: $ 1.000.000&lt;br /&gt;c.Tercer puesto: $ 500.000.&lt;br /&gt;8.El jurado, integrado por destacados escritores e investigadores del género, podrán entregar las menciones que consideren pertinentes y su fallo será inapelable.&lt;br /&gt;9.El veredicto y la premiación se realizarán en el marco del "Encuentro Regional de Minificción –Zona caribe-, el día 30 de mayo de 2008".&lt;br /&gt;10.La Universidad de Córdoba publicará una antología con los premios, menciones y finalistas del concurso.&lt;br /&gt;11.Las obras deberán enviarse a:&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;&lt;br /&gt;Grupo de Investigación en Literatura de Córdoba (GILC)&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Departamento de Español y Literatura&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Facultad de Educación y Ciencias Humanas&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Carrera 6 Nº 76 – 103&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Universidad de Córdoba&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Colombia - Montería – Córdoba.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Mayor información:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;7860054 extensión 129 - 3004420675&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;E – mail: rdos61@gmail.com&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3973655090997291327-8230640868570150978?l=paginasdeaguachat.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/feeds/8230640868570150978/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3973655090997291327&amp;postID=8230640868570150978&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/8230640868570150978'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/8230640868570150978'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/2009/03/primer-concurso-regional-de-minicuento.html' title='Primer Concurso Regional de Minicuento -Zona Caribe - “Antonio Mora Vélez”'/><author><name>TALLER DE ESCRITURA CREATIVA PAGINAS DE AGUA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07758999953209390024</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='31' src='http://2.bp.blogspot.com/_QFJBCx5ImXA/SWznYtYNTAI/AAAAAAAAAQI/D66tS9GPwAg/S220/TALLERPAGINASDEAGUA.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3973655090997291327.post-681003799432008660</id><published>2009-03-01T11:07:00.000-08:00</published><updated>2009-03-01T11:11:25.246-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='CONVOCATORIAS'/><title type='text'>Concurso Nacional Metropolitano de Cuento</title><content type='html'>&lt;table align="center" border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" width="750"&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class="Agenda20077FondoBG" valign="top" width="80%"&gt;&lt;table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" width="100%"&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class="Agenda2007BC"&gt;&lt;table id="table__17182" border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" width="100%"&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class="Agenda2007BD"&gt;&lt;table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" width="100%"&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class="Agenda2007T1"&gt;&lt;a class="Agenda2007T1LINK" id="i__Navegador_Agenda_2007_1_menuid_36237" href="http://www.mineducacion.gov.co/cvn/1665/multipropertyvalues-29050-36237.html"&gt;Junio&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;!--end-box--&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td colspan="1" class="Agenda20077FondoBG" valign="top"&gt;&lt;!--begin-box:ArticuloCompleto_Agenda2007:Agenda2007:17145--&gt;&lt;!--loc('* Artículo Completo')--&gt;&lt;table id="table__17145" border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" width="100%"&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class="Agenda2007BD"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;UNIVERSIDAD METROPOLITANA - EXTENSION CULTURAL (Barranquilla)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Universidad Metropolitana a través de su Extensión Cultural convoca al XXX Concurso Nacional Metropolitano de Cuento, de acuerdo a las siguientes BASES:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1.- Pueden participar en este certamen escritores jóvenes, noveles, de nacionalidad colombiana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2.- Los concursantes deben enviar un cuento inédito, en hoja mecanografiada a doble espacio, tamaño carta, en original y dos copias, a la siguiente dirección: Extensión Cultural, Universidad Metropolitana, Apartado Aéreo No. 50576, Barranquilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3.- El cuento debe ser firmado con un seudónimo y en sobre cerrado, aparte, estarán el título del cuento y el nombre correspondiente al seudónimo, una breve ficha biográfica del autor, número de documento de identidad, teléfono y dirección.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4.- La cuantía de este premio, es de $1'000.000.oo (Un millón de pesos m/l). Esfuerzo que la Universidad Metropolitana mantiene como una aportación al estímulo del valor literario y el oficio de escribir entre los jóvenes del territorio nacional. Por esta causa el premio no será declarado desierto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5.- El concurso queda abierto a partir de la fecha y su plazo de admisión cerrará el 30 de diciembre del año 2008.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6.- El fallo será dado a conocer en acto especial, en la Universidad Metropolitana de Barranquilla, el 20 de febrero del año 2009.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7.- La integración del jurado será dada a conocer oportunamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;8.- De acuerdo a la propuesta hecha a nivel nacional por el Vicerrector de la Universidad Metropolitana, integrante del jurado y publicada en el Magazín de El Espectador con fecha 20 de abril de 1980, tendiente a inmunizar, de las posibles manipulaciones en el otorgamiento de los premios, se establece que el paquete del material concursante y el acta interna de las sesiones de los fallos del jurado sean accesibles a la consulta y evaluación personal o entidades cualificadas (Críticos Literarios, Profesores de Literatura solventes y talleres de literatura de prestigio).&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3973655090997291327-681003799432008660?l=paginasdeaguachat.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/feeds/681003799432008660/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3973655090997291327&amp;postID=681003799432008660&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/681003799432008660'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/681003799432008660'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/2009/03/concurso-nacional-metropolitano-de.html' title='Concurso Nacional Metropolitano de Cuento'/><author><name>TALLER DE ESCRITURA CREATIVA PAGINAS DE AGUA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07758999953209390024</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='31' src='http://2.bp.blogspot.com/_QFJBCx5ImXA/SWznYtYNTAI/AAAAAAAAAQI/D66tS9GPwAg/S220/TALLERPAGINASDEAGUA.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3973655090997291327.post-4676102239826492062</id><published>2009-03-01T10:16:00.000-08:00</published><updated>2009-03-01T10:18:39.609-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='CONVOCATORIAS'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='LA UNIVERSIDAD DE SAN BUENAVENTURA CALI'/><title type='text'>V Concurso Literario Bonaventuriano de Poesía y Cuento Corto 2009</title><content type='html'>&lt;h3 style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span class="enddat"&gt;&lt;p&gt;cierre&lt;/p&gt;     &lt;p&gt;&lt;span class="edat"&gt;20&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;     &lt;p&gt;&lt;span class="edatm"&gt;03&lt;/span&gt; /09&lt;/p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/h3&gt;     &lt;p&gt;&lt;em&gt;LA UNIVERSIDAD DE SAN BUENAVENTURA CALI, CON LA COLABORACIÓN DE LA CÁTEDRA IBEROAMERICANA ITINERANTE DE NARRACIÓN ORAL ESCÉNICA (CIINOE) CONVOCA AL V CONCURSO LITERARIO BONAVENTURIANO DE POESÍA Y CUENTO CORTO 2009.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;     &lt;h4&gt;BASES: &lt;/h4&gt;     &lt;p&gt;Primera.– Participantes. &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;1. Podrán participar escritores de cualquier nacionalidad, residentes en Colombia o en cualquier otro país. &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;Segunda.– Obras. &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;2.1. Las obras deberán estar escritas en lengua castellana, ser originales e inéditas, no podrán haber sido premiadas en otros concursos y deberán responder a uno de los siguientes géneros: Poesía, Cuento. &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;2.2. Cada participante podrá concursar en el género de Poesía presentando una o más obras con un mínimo de 100 y un máximo de 250 versos en total. En el caso de participar en el género de Cuento podrá hacerlo con uno o hasta cinco cuentos cortos, teniendo en cuenta que la extensión de cada cuento no exceda dos folios. Se deberá utilizar una fuente de 12 puntos y no más de 35 líneas por cada página. &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;2.3 Las obras que no se ajusten a esos requisitos serán descartadas. &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;Tercera.– Presentación. &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;3. Los originales de las obras se presentarán únicamente en formato digital. podrán enviar sus trabajos a la dirección electrónica: concursoliterario@usbcali.edu.co &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;En el asunto del mail colocará: cuento o poesía, en correspondencia con el género en que participe. Si participa en ambos géneros deberá enviar un correo con las poesías y otro diferente con los cuentos. En un archivo adjunto enviará las obras firmadas con seudónimo y en otro archivo, en el mismo correo, sus datos personales: dirección, teléfono, correo electrónico, breve currículo. &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;Cuarta.– Lugar de presentación y plazo de admisión. &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;4.1. La mera presentación de las obras implica la aceptación por parte de los participantes de los términos y condiciones de la presente convocatoria. &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;4.2. Una vez concluido el concurso los organizadores procederán a eliminar todos los archivos de las obras que no resulten premiadas o recomendadas para su publicación. &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;4.3. Para cualquier duda o consulta sobre la interpretación de las bases, los participantes deben dirigirse a la Universidad de San Buenaventura Cali, Departamento de Bienestar Institucional, Área Artística y Cultural. &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;4.4. O llamar a los teléfonos (57) (2) 3182282-3182283. O al correo electrónico: &lt;a href="mailto:pmlopez@usbcali.edu.co"&gt;pmlopez@usbcali.edu.co &lt;/a&gt;&lt;/p&gt;     &lt;p&gt;4.5. El plazo de presentación de las obras finalizará el día 20 de Marzo de 2009. &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;Quinta.– Premios . &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;5.1.En cada Género, se premiará una obra ganadora con 1.000 000 de pesos colombianos. Se otorgarán otros premios no respaldados por metálico y tantas menciones como el jurado recomiende. &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;5.2. La Universidad de San Buenaventura Cali procederá a la edición de las obras premiadas y también aquellas que sean recomendadas por el jurado en formato digital que será difundido a través de la internet. &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;5.3. La Universidad de San Buenaventura Cali se reserva el derecho de publicar, en primera edición, la obra premiada o aquellas recomendadas por el jurado con el número de ejemplares que estime adecuado y sin que la publicación devengue derecho alguno a favor del autor. &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;5.4. Así mismo, en caso de que se decida publicar las obras en formato físico, cada autor recibirá los ejemplares gratuitos que le corresponden (diez para los premios y menciones en cada género y tres para cada uno de los otros autores publicados). &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;Sexta.– Jurado . &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;6.1. Se constituirá un jurado integrado por escritores nacionales e internacionales de reconocido prestigio en los géneros convocados por el concurso. &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;6.2. En la concesión del premio el jurado tendrá en cuenta los valores artísticos, la originalidad y la creatividad propios de cada género literario. &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;6.3. El fallo del jurado será inapelable y se dará a conocer a través de los medios masivos de comunicación y en acto público al que serán convocados todos los participantes el 24 de abril de 2009. &lt;/p&gt;     &lt;p&gt; &lt;/p&gt;     &lt;h3&gt;Información de archivo &lt;/h3&gt;     &lt;h4&gt;Fallo del III Concurso Literario Bonaventuriano&lt;/h4&gt;     &lt;p&gt;SE REALIZA ACTO DE PREMIACIÓN DEL III CONCURSO LITERARIO BONAVENTURIANO DE POESÍA Y CUENTO 2007.&lt;/p&gt;     &lt;p&gt;CON LA PARTICIPACIÓN DE 473 ESCRITORES DE 18 PAÍSES (ARGENTINA, URUGUAY, BRASIL, CHILE, BOLIVIA, PERÚ, ECUADOR, VENEZUELA, PANAMÁ, GUATEMALA, MÉXICO, ESTADOS UNIDOS, INGLATERRA, FRANCIA, ESPAÑA, PORTUGAL, ISRAEL Y COLOMBIA)&lt;/p&gt;     &lt;p&gt;LOS TRABAJOS PRESENTADOS EN LOS GÉNEROS DE POESÍA Y CUENTO, SE DESTACARON POR SU CALIDAD LITERARIA, POR EL DOMINIO DEL LENGUAJE POÉTICO Y NARRATIVO Y POR SU ORIGINALIDAD, DANDO CUENTA DEL TALENTO DEL LOS ESCRITORES PARTICIPANTES.&lt;/p&gt;     &lt;p&gt;LA CEREMONÍA SE TRANSMITIÓ A TRAVÉS DE LA T.V. VÍA INTERNET A TODOS LOS PARTICIPANTES, QUIENES DESDE SUS RESPECTIVOS PAÍSES DISFRUTARON DE LA VELADA CULTURAL A CARGO DEL DESTACADO GUITARRISTA JOHN ANDERSON GONZALES Y LA BAILARINA Y COREÓGRAFA CLAUDIA MALLARINO QUE ESTENÓ PARA LA OCASIÓN LA OBRA : "MEMORIAS PARA DANZAR A MACHADO".&lt;/p&gt;     &lt;p&gt;EL JURADO, INTEGRADO POR EL Dr. CARLOS ROSSO ACUÑA, GABRIEL JAIME ALZATE Y PEDRO MARIO LÓPEZ, OTORGÓ LAS SIGUIENTES DISTINCIONES:&lt;/p&gt;     &lt;p&gt;&lt;strong&gt;Otorgar un PRIMER PREMIO en Poesía a:&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;     &lt;p&gt;&lt;strong&gt;"AL INICIO DE LOS ARREBOLES" de ADELA GUERRERO COLLAZOS &lt;/strong&gt; (&lt;strong&gt;COLOMBIA)&lt;/strong&gt; Por la calidad formal y el valor poético de su obra presentada a concurso.&lt;/p&gt;     &lt;p&gt;&lt;strong&gt;Otorgar un Segundo Premio en Poesía a:&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;     &lt;p&gt;&lt;strong&gt;"LAS MANOS DE &lt;/strong&gt;&lt;strong&gt;LA NOCHE &lt;/strong&gt;&lt;strong&gt;" &lt;/strong&gt; de &lt;strong&gt;JOSÉ ZULETA ORTÍZ &lt;/strong&gt; (&lt;strong&gt;COLOMBIA)&lt;/strong&gt; Por la calidad de los poemas presentados al certamen.&lt;/p&gt;     &lt;p&gt;&lt;strong&gt;Otorgar un Tercer Premio en Poesía a: &lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;     &lt;p&gt;&lt;strong&gt;"BUSCAR &lt;/strong&gt;&lt;strong&gt;LA SILLA &lt;/strong&gt;&lt;strong&gt;" de MARÍA DEL CARMEN EXPÓSITO (ARGENTINA&lt;/strong&gt;) Por la originalidad de sus versos y el adecuado manejo del lenguaje poético en torno a un objeto tan obvio y cotidiano como la silla. &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;&lt;strong&gt;Otorga Menciones en poesía a:&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;     &lt;ul&gt;&lt;li&gt;&lt;strong&gt;JOHN JAIRO SALDARRIAGA LONDOÑO. (COLOMBIA) Por su obra: "ANTECEDENTES DE UN ARRUMACO". &lt;/strong&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;     &lt;ul&gt;&lt;li&gt;&lt;strong&gt;JAVIER MEDEROS ZUAZNABAR. (CUBA) Por su obra: "CONVERSACIÓN BAJO &lt;/strong&gt;&lt;strong&gt;LA SOMBRA &lt;/strong&gt;&lt;strong&gt;" &lt;/strong&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;     &lt;p&gt;&lt;strong&gt;EN EL GÉNERO DE CUENTO &lt;/strong&gt;: &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;&lt;strong&gt;El Jurado otorga el PRIMER PREMIO a: &lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;     &lt;p&gt;&lt;strong&gt;"AMOR TAJADO" de JOHN ALEX CASTILLO VALENCIA.&lt;/strong&gt; (&lt;strong&gt;COLOMBIA&lt;/strong&gt;) Por su excelente aprovechamiento de los recursos expresivos del género y el empleo de una novedosa estructura narrativa &lt;/p&gt;     &lt;p&gt;&lt;strong&gt;Otorga SEGUNDO Premio en cuento a: &lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;     &lt;p&gt;&lt;strong&gt;"TIEMPO DEL PARAISO" de JULIO CESAR BERMUDEZ RESTREPO (COLOMBIA). &lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;     &lt;p&gt;&lt;strong&gt;Otorga un tercer premio en cuento a: &lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;     &lt;p&gt;&lt;strong&gt;"A LOS HIJOS SE LES ACEPTA COMO VENGAN" de JULIAN ENRIQUEZ QUINTERO (COLOMBIA) &lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;     &lt;p&gt;&lt;strong&gt;OTORGA MENCIONES EN CUENTO A: &lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;     &lt;p&gt;•  &lt;strong&gt;"CARTA A UNA NUBE" de OSCAR MONTERO DE BLAS. (ESPAÑA) &lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;     &lt;p&gt;•  &lt;strong&gt;"CONTESTADOR" de GONZALO J. GOICOA DE &lt;/strong&gt;&lt;strong&gt;LA SERNA. &lt;/strong&gt;&lt;strong&gt; (ARGENTINA) &lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;     &lt;p&gt;•  &lt;strong&gt;"NO ES PURO CUENTO" de KAREN BODENSIEK. (COLOMBIA) &lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;     &lt;p&gt; Los premios y menciones otorgadas por el jurado serán publicados en la página institucional: &lt;a href="http://www.usb.edu.co/"&gt;www.usb.edu.co &lt;/a&gt; &lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3973655090997291327-4676102239826492062?l=paginasdeaguachat.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/feeds/4676102239826492062/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3973655090997291327&amp;postID=4676102239826492062&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/4676102239826492062'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/4676102239826492062'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/2009/03/v-concurso-literario-bonaventuriano-de.html' title='V Concurso Literario Bonaventuriano de Poesía y Cuento Corto 2009'/><author><name>TALLER DE ESCRITURA CREATIVA PAGINAS DE AGUA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07758999953209390024</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='31' src='http://2.bp.blogspot.com/_QFJBCx5ImXA/SWznYtYNTAI/AAAAAAAAAQI/D66tS9GPwAg/S220/TALLERPAGINASDEAGUA.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3973655090997291327.post-6355930802609287082</id><published>2008-06-14T05:55:00.001-07:00</published><updated>2008-06-26T01:08:46.656-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Franz Kafka'/><title type='text'>El viejo manuscrito</title><content type='html'>&lt;span style="font-size:85%;color:#800000;"&gt;[Cuento: Texto completo]&lt;/span&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#800000;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;                        &lt;span style="font-size:7;"&gt;&lt;b&gt;  &lt;/b&gt;&lt;/span&gt; &lt;p align="justify"&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;Podría decirse que el sistema de  defensa de nuestra patria adolece de serios defectos. Hasta el momento no nos  hemos ocupado de ellos sino de nuestros deberes cotidianos; pero algunos  acontecimientos recientes nos inquietan.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p align="justify"&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;Soy zapatero remendón; mi negocio da a  la plaza del palacio imperial. Al amanecer, apenas abro mis ventanas, ya veo  soldados armados, apostados en todas las bocacalles que dan a la plaza. Pero no  son soldados nuestros; son, evidentemente, nómades del Norte. De algún modo que  no llego a comprender, han llegado hasta la capital, que, sin embargo, está  bastante lejos de las fronteras. De todas maneras, allí están; su número parece  aumentar cada día.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p align="justify"&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;Como es su costumbre, acampan al aire  libre y rechazan las casas. Se entretienen en afilar las espadas, en aguzar las  flechas, en realizar ejercicios ecuestres. Han convertido esta plaza tranquila y  siempre pulcra en una verdadera pocilga. Muchas veces intentamos salir de  nuestros negocios y hacer una recorrida para limpiar por lo menos la basura más  gruesa; pero esas salidas se tornan cada vez más escasas, porque es un trabajo  inútil y corremos, además, el riesgo de hacernos aplastar por sus caballos  salvajes o de que nos hieran con sus látigos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p align="justify"&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;Es imposible hablar con los nómades. No  conocen nuestro idioma y casi no tienen idioma propio. Entre ellos se entienden  como se entienden los grajos. Todo el tiempo se escucha ese graznar de grajos.  Nuestras costumbres y nuestras instituciones les resultan tan incomprensibles  como carentes de interés. Por lo mismo, ni siquiera intentan comprender nuestro  lenguaje de señas. Uno puede dislocarse la mandíbula y las muñecas de tanto  hacer ademanes; no entienden nada y nunca entenderán. Con frecuencia hacen  muecas; en esas ocasiones ponen los ojos en blanco y les sale espuma por la  boca, pero con eso nada quieren decir ni tampoco causan terror alguno; lo hacen  por costumbre. Si necesitan algo, lo roban. No puede afirmarse que utilicen la  violencia. Simplemente se apoderan de las cosas; uno se hace a un lado y se las  cede.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p align="justify"&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;También de mi tienda se han llevado  excelentes mercancías. Pero no puedo quejarme cuando veo, por ejemplo, lo que  ocurre con el carnicero. Apenas llega su mercadería, los nómades se la llevan y  la comen de inmediato. También sus caballos devoran carne; a menudo se ve a un  jinete junto a su caballo comiendo del mismo trozo de carne, cada cual de una  punta. El carnicero es miedoso y no se atreve a suspender los pedidos de carne.  Pero nosotros comprendemos su situación y hacemos colectas para mantenerlo. Si  los nómades se encontraran sin carne, nadie sabe lo que se les ocurriría hacer;  por otra parte, quien sabe lo que se les ocurriría hacer comiendo carne todos  los días.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p align="justify"&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;Hace poco, el carnicero pensó que  podría ahorrarse, al menos, el trabajo de descuartizar, y una mañana trajo un  buey vivo. Pero no se atreverá a hacerlo nuevamente. Yo me pasé toda una hora  echado en el suelo, en el fondo de mi tienda, tapado con toda mi ropa, mantas y  almohadas, para no oír los mugidos de ese buey, mientras los nómades se  abalanzaban desde todos lados sobre él y le arrancaban con los dientes trozos de  carne viva. No me atreví a salir hasta mucho después de que el ruido cesara;  como ebrios en torno de un tonel de vino, estaban tendidos por el agotamiento,  alrededor de los restos del buey.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p align="justify"&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;Precisamente en esa ocasión me pareció  ver al emperador en persona asomado por una de las ventanas del palacio; casi  nunca sale a las habitaciones exteriores y vive siempre en el jardín más  interior, pero esa vez lo vi, o por lo menos me pareció verlo, ante una de las  ventanas, contemplando cabizbajo lo que ocurría frente a su palacio.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p align="justify"&gt;&lt;span style="color:#800000;"&gt;-¿En qué terminará esto? -nos  preguntamos todos-. ¿Hasta cuando soportaremos esta carga y este tormento? El  palacio imperial ha traído a los nómadas, pero no sabe cómo hacer para  repelerlos. El portal permanece cerrado; los guardias, que antes solían entrar y  salir marchando festivamente, ahora están siempre encerrados detrás de las rejas  de las ventanas. La salvación de la patria sólo depende de nosotros, artesanos y  comerciantes; pero no estamos preparados para semejante empresa; tampoco nos  hemos jactado nunca de ser capaces de cumplirla. Hay cierta confusión, y esa  confusión será nuestra ruina.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3973655090997291327-6355930802609287082?l=paginasdeaguachat.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/feeds/6355930802609287082/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3973655090997291327&amp;postID=6355930802609287082&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/6355930802609287082'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3973655090997291327/posts/default/6355930802609287082'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paginasdeaguachat.blogspot.com/2008/06/el-viejo-manuscrito.html' title='El viejo manuscrito'/><author><name>TALLER DE ESCRITURA CREATIVA PAGINAS DE AGUA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07758999953209390024</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='31' src='http://2.bp.blogspot.com/_QFJBCx5ImXA/SWznYtYNTAI/AAAAAAAAAQI/D66tS9GPwAg/S220/TALLERPAGINASDEAGUA.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
